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Carta de batalla

Simón Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi

El pasado 11 de junio se cumplieron tres meses del fallecimiento de Simón Alberto Consalvi, historiador, político, escritor y político. En esta edición le rendimos homenaje con textos de Diego Arroyo Gil, María Fernanda Palacios y Manuel Alberto Donís Ríos

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Desde el avión, viendo el amanecer –una franja de intensa luz anaranjada de la que surgen y se elevan el resplandor y la transparencia del alba–, vuelve uno a creer en los dioses antiguos. Allí están, cada cual en lo suyo, diligentes del Olimpo, observando unas veces con indiferencia, otras con irritación, otras con aprobación e incluso con dulzura las vidas de los hombres.

Simón Alberto Consalvi murió hace tres meses, un lunes, y apenas cuatro días después, el viernes, murió Miguel, padre de mis hermanos Marinur y Nadia, George y Amir. Nadie muere la víspera, se dice, pero estas muertes trajeron consigo la sensación de que pudieron haber ocurrido después, de que sucedieron antes de que todavía se cumpliera algún deseo de la felicidad. ¡Cuánto tan vivo en uno apuesta sin consultarnos por la fuga del destino! A veces se nos va de las manos un amor, otras nos abandona la que parecía ser la palabra del reencuentro o del perdón, otras más no logramos ser enfáticos y firmes durante un momento en que debíamos serlo. Ciertas mañanas, cuando nos vestimos para ir a la oficina, sin darnos cuenta nos saltamos una hebilla del pantalón, hacemos correr el cinturón sobre ella y la dejamos sola, extraviada, huérfana, y pasamos el día con un detalle mínimo que indica nuestro desencuentro con la armonía. Hay momentos en que la vida es errar y perder, y con la imagen de la hebilla quiero decir que cuando uno pierde, sobre todo cuando pierde por la astucia de una muerte inesperada, algo visible en uno se desplaza de su sitio. Cuando se cumple delante de nuestra mirada algún dictamen de la naturaleza, se aturde en nosotros hasta la apariencia de la belleza. Siempre me ha parecido revelador que, cuando hay luto en el hogar, los judíos cubran los espejos.

Y sin embargo no puedo decir ahora que tras la muerte del doctor Consalvi no haya encontrado tranquilidad y consuelo. Vivió 85 extraordinarios años y se apagó de pronto, como una vela, sin dolores extravagantes. Estaba en su casa, se levantó de su escritorio –donde, como pudo observar su sobrina Katyna Henríquez, estaba escribiendo sobre Venezuela– dio unos cuantos pasos de camino a su cuarto y cayó, sin más. Fue un gesto limpio y franco. Un zurcido perfecto.

Miguel también falleció de repente, pero en cambio con él la muerte fue injusta, una mano traidora que apuró la copa muy pronto. Tenía 60 años y en el horizonte el sueño de los nietos y una vejez tranquila. El corazón se rebela furioso contra la absurdidad, me digo a mí mismo y les digo a su esposa y a sus hijos, pero asimismo insisto en convocar para el futuro, cuando acabe el duelo, una reconciliación con la normalidad del vivir, con las esperanzas que nos persuaden de acudir cada vez que sea posible a la prosperidad.

Miguel nació en Alepo, una ciudad hoy en ruinas, empantanada como está en el feroz estercolero de la guerra. Llegó a Venezuela cuando contaba 12 años, a mediados de la década de los sesenta. Su único patrimonio era la ropa que llevaba puesta. Como árabe bueno, como el trabajador incansable que era, en 50 años construyó una familia y acumuló una herencia discreta y respetable. Aunque era sirio y reivindicaba día a día el afecto que sentía por su país –lo asistían el sabor de la comida, el humo y el aroma del arguile, alguna que otra palabra evocadora, el constante tarareo de una canción inolvidable–, en ese medio siglo Miguel se convirtió en un venezolano cabal y amador del lugar donde conoció a su esposa y donde nacieron y se educaron sus hijos, ellos en cuyo español sin acento sin embargo pervive el gusto de una lengua lejana y rica que será siempre suya.

Tal vez no hace falta decirlo: a diferencia de Simón Alberto Consalvi, Miguel era conocido únicamente en su ámbito. No obstante, si he querido recordarlo aquí es porque me gusta pensar que fue precisamente gracias a la generación a la que perteneció el doctor Consalvi que hombres como Miguel pudieron gozar de su feliz y saludable anonimato. Cuando, en 1965, Miguel desembarcó en nuestro país para hallar aquí un lugar donde echar raíces, don Simón se entregaba ya con fervor al arado de la tierra democrática. Si Miguel y tantos otros venezolanos tuvieron la oportunidad de llegar a ser gente media y honorable, común y corriente, creyente del presente y del porvenir, ello se debió a los que, como Consalvi, asumieron a su vez el compromiso de encargarse, en nombre de todos, de los asuntos públicos de la nación. No, el poder no siempre ha sido en Venezuela el victimario de la vida regular de los hombres. También ha sido su amigo y su colaborador, y en ese sentido se puede afirmar sin espacio para dudas que la nación posee tradiciones políticas buenas y modélicas, y que ellas pueden servir de escudo para hacer frente a las tentaciones de la autocracia que cada cierto tiempo despiertan trayendo consigo el agua oscura de la pesadilla.

La única ocasión en que el doctor Consalvi y Miguel estuvieron cerca fue en julio o agosto de 2012. Era la primera vez que se veían –en caso de que lo hayan hecho de veras, dado que coincidieron en una actividad que estaba abierta al público y había más gente– y ninguno podía sospechar que también sería la última. Si llegaron a intercambiar alguna palabra, nadie la conoce. Si no, de todos modos ahora me agrada darme cuenta de que, al menos durante un breve instante, dos Venezuelas idénticas, honradas ambas, la una pública y la otra privada, la una conocida y la otra apenas sospechada, compartieron el mismo espacio.

La renovación, la reedición, la representación a escala más amplia de esta ajustada miniatura, ¿no es hoy la mayor aspiración venezolana? Porque, aun asediada por la más espesa oscuridad, sigue insistiendo la primera ascua de la vida: el impulso de salir al mundo en busca de tanta plenitud, de tanto respiro como la libertad permita.

Volviendo al viaje, a la sensación de una presencia clara en el amanecer, a la muerte de los deudos y al estremecimiento que ella causa en la belleza, no olvido que, en Las bodas de Cadmo y Harmonía, Roberto Calasso nos enseña que la vida olímpica se sustentaba en la apariencia estética. Entre Ananqué –la necesidad o fatalidad– y Eros, los antiguos “prefieren someterse a Eros”, escribe Calasso, pues “si sólo manda Ananqué, la vida se vuelve rígida y sacerdotal”. Aunque sabían que todos vamos a morir, o más bien porque sabían que todos vamos a morir, los hijos de la Hélade arrojaron “sobre la oscuridad del cielo” una “franja coloreada”. Era la Vía Láctea, cuyo correspondiente inmediato es el cinturón de Afrodita, allí donde, según Homero, residen todos los encantos: “Allí está la ternura, el deseo, las palabras susurrantes, la seducción que ha robado el intelecto incluso a aquellos que son de pensamiento firme”.

Casi se diría que vivimos en la pasión de esta entrañable literatura para trampear la dura literalidad del fin. Es nuestra mejor batalla. Por supuesto, no faltan los aguafiestas que dicen que se trata de una pasión inútil. Para el desconfiado la pasión está para consumirse en vez de para consumarse. Pero uno se puede poner del lado de los que confían, de los persuadidos, de los cómplices de esa apariencia a la que se refiere Calasso, de los que ven las cosas de otra manera. Ponerse a la vera de hombres como Claudio Magris, por ejemplo, que ha dicho que el viajero viaja para “distraerse del monótono latido que marca el tiempo en sus venas”, ya que todo viaje “es una resistencia a la privación, porque no se viaja para llegar sino para viajar y entre los retrasos brilla el puro presente”.

El reloj anuncia que faltan todavía unas cuantas horas de vuelo. A pesar de que pronto amanecerá por completo y de que la mayoría de los pasajeros se están despertando, el capitán mantiene el interior del avión en la placidez de la noche. Es para agradecérselo. Si acercas los ojos a la ventanilla, como no te perturba ningún incómodo reflejo, verás todavía un poco más el invento más luminoso de Grecia, las miles de estrellas que te llaman a vivir.