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Carlos Noguera (1943)*

Carlos Noguera | Archivo

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Nació en Tinaquillo, Cojedes. Narrador. Ensayista. Psicólogo. Profesor universitario. Podría decirse que Historias de la calle Lincoln (1971), Inventando los días (1979) y Juegos bajo la luna (1994) son ventanas narrativas por las que el lector se asoma a territorios multiformes, con estructuras cambiantes y voces diversas, pero elaboradas todas desde una conciencia estética común: la recodifi-cación novelística de un momento histórico venezolano despojado de simulacros idealistas y, también, fatalistas. Una invención que es también una versión, muy personal, de una época, y sobre todo, de una sociedad inmersa en un proceso que significó, para muchos, el declive de un ideal, y la caída estrepitosa de, quizá, los últimos sueños colectivos que tuvo la juventud venezolana del siglo XX.

Caracas, capital paradigmática de esa decadencia nacional, es también la capital de sus obras, epicentro contextual en el que sus personajes se mueven y conmueven, unas veces voluntariamente y otras, arrastrados por el vendaval político, bohemio o amoroso. Pero hay que decir que esta urbe caraqueña que describe Noguera no es un inventario de lugares, épocas o personajes históricos. Estos aparecen, es cierto, pero no de modo costumbrista, realista o historicista. Por el contrario, los ambientes, hechos y seres novelescos han sido explícitamente concebidos como imágenes ficticias de un mundo elaborado a partir de un lenguaje que construye estéticamente el relato, y no el retrato, de un momento histórico determinado.

Los personajes de sus obras han sido dotados además de una doble condición: seres autónomos e independientes y, al mismo tiempo, sometidos y fragmentados, según sea el ángulo prismático que posibiliten las múltiples miradas narrativas. Así, la mayoría de los personajes novelescos suele ser descrita y observada por un narrador que articula, crea, tacha y discute durante el proceso creativo; el juego metaliterario se convierte de esta manera en el correlato novelesco de la relativización del absolutismo ideológico (y estético), dando lugar a perspectivas movibles que se pliegan unas con otras, confundiéndose en el cuerpo narrativo que las textualiza. Complejo universo de relaciones discursivas que internaliza, en su textura formal, la movible y heterogénea situación ideológica de aquellos años. El lector se encuentra así frente a dos planos narrativos: la historia en la que se desenvuelven las vidas y vicisitudes de los personajes y, complementariamente, la mirada que la hace y rehace, agazapada detrás o debajo de ese relato aparentemente uniforme. Doble lectura que funde, intersubjetivamente, dos ámbitos ficticios: el arte que condensa la vida, y la conciencia crítica que reflexiona en torno a la creación. Una manera también de pulverizar las verdades monolíticas, mediante el cuerpo heterogéneo y dialógico del discurso novelesco.

Se podría decir que, pese a la certidumbre de vivir una época que ha sustituido los sueños utópicos por las ambiciones particulares, hay que admitir también que la literatura, como en el caso de las novelas de Noguera, continúa ofreciendo la posibilidad de soñar junto con ella la esperanza que gran parte de la sociedad actual aún se niega a creer como proyecto colectivo. Y, sin embargo, no es nada fácil ese retorno a la ilusión, esa reivindicación de la esperanza. Como escribiera Nietzsche: “cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti”. Noguera expresa el desgarramiento y, muchas veces, las pérdidas irreparables que exige el aprendizaje profundo de las llagas anímicas, íntimas y colectivas. Y además, sin ninguna pretensión moralizadora. Porque de existir alguna preocupación ética en sus novelas, esta solo deviene la forma estética que la contiene y suscita. Sus obras son ante todo la revelación novelesca de una época contradictoria, crítica y confusa. Conjugar y combinar la rigurosidad de las versiones históricas con la libertad inventiva de la literatura, es lo que le confiere a la obra de Noguera su doble dimensión estética y social. La comprensión de lo vivido, desde la invención novelesca, contribuye ciertamente a atenuar el sufrimiento, a matizar las nostalgias y a restituir la facultad de soñar. De la obra narrativa de Noguera se podría decir lo mismo que Albert Camus escribiera sobre el género novelesco en general: “Aunque la novela no diga sino la nostalgia, la desesperación, la inconclusión, crea, no obstante, la forma y la salvación. Nombrar la desesperación es superarla”.

Ha sido acreedor de una serie de distinciones, entre ellas: Premio XXIV Concurso de Cuentos del diario El Nacional con Altagracia; Premio Nacional de Literatura del CONAC (1969), Premio Nacional de Novela Monte Ávila Editores (1971) con su obra Historias de la calle Lincoln; Premio Nacional de Novela Guillermo Meneses (1977), Premio Nacional de Narrativa de la II Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas (1973) con Juegos bajo la luna; finalista en el Premio Internacional Rómulo Gallegos (1995).

*Entrada del “Diccionario General de la Literatura Venezolana”. Monte Ávila Editores Latinoamericana.  Caracas, 2013.