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Caracas: ver o no ver

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Caracas resulta invisible y muda para una buena parte de sus habitantes. De la ciudad hablan sólo los viejos, y con nostalgia; también la observan y hablan de ella con interés los que no son de Caracas, y también algunos apasionados, que se ganan la vida con el tema. Esas son las premisas de esta nota que se suma, con conciencia de sus límites, al homenaje que los caraqueños rinden, en estos días, a la capital, con motivo de su aniversario

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Caracas invisible

La idea metafórica de una ciudad invisible puede comprenderse a partir de aquel comentario que una vez le hizo José Ignacio Cabrujas a Milagros Socorro cuando le hablaba de su niñez en Catia: “Yo transcurría por todos esos paisajes atormentado, no podía decir que era bello, no sería honesto conmigo mismo, o no lo sería con aquel niño que cruzaba el paisaje sin notarlo”.

Se entiende que un niño de 12 o 13 años, inocente, que descubre el mundo viéndose a sí mismo y tratando de entender sus relaciones con los demás, no suele ver el paisaje que le rodea. No tiene aún, ese niño, una idea de “la ciudad”. 
Pasa lo mismo a los poetas que, ensimismados, sólo ven lo que está adentro. Es lo mismo que le pasaba a Vicente Gerbasi en aquellas selvas de Canoabo que atravesaba en un burrito negro desde que era muy pequeño. Es después, muchos años después, con nostalgia, cuando Gerbasi lo nota y habla entonces de su cabalgadura y dice: “Para mi ese burrito era esa bella bicicleta, esa bella moto”. De la misma manera que, después de su viaje a Florencia, descubre que cuando vio por primera vez a Puerto Cabello le pareció “una ciudad más bella que Roma, más bella que París, más bella que Londres, más bella que Nueva York”.
Esa ciudad, naturalmente invisible a la visión de un niño o de un hombre ensimismado, también puede serlo para un grupo de ciudadanos cuya mirada es interferida o enceguecida por el condicionamiento ideológico como diría Rodolfo Izaguirre. Nuestro perceptivo crítico y amoroso cronista ha sostenido en diversas ocasiones, por ejemplo, que el cine venezolano, tanto el de ficción como el documental, ha sido incapaz de “ver” a la ciudad.

Ha sostenido Izaguirre que en nuestro cine “la ciudad es apenas una simple referencia, una locación, es decir, un accidente geográfico o un simple decorado para que los jóvenes delincuentes de las barriadas marginales cometan sus fechorías”.

Su idea se expresa contundentemente cuando escribe: “Insensible y ajeno a ella, así se comporta; así pasa y trata el cine a la ciudad. El peso ideológico que, por lo general, marcó al cine venezolano a partir de los años sesenta impidió al cineasta una mirada hacia el universo secreto, interior y al alma no sólo de sus personajes sino de la ciudad y del propio país”.
 
La ciudad muda

Desde otros ámbitos, algunos jóvenes intelectuales, dotados con los instrumentos modernos del análisis semiológico y la reflexión filosófica, vienen señalando una suerte de mudez, de silencio crónico, que se cierne sobre los sistemas de representación de la ciudad. Parecen decir que no se trata solo de la mirada de sus habitantes, sino que la ciudad tiene dificultades para mostrarse.
Colette Capriles, por ejemplo, siguiendo a Barthes o a Jean Pierre Vernant, que no ven a la ciudad como un espacio físico sino como un espacio discursivo, comparte la idea de que: “La ciudad es una retórica –un sistema de significación– porque el ciudadano es aquel que habla”. Retoma el concepto clásico que define la polis a partir de la ciudadanía y cita a Foucault para establecer que la ciudad –con sus dispositivos, mecanismos y procedimientos– es la fábrica moderna del ciudadano.

Y es desde esa perspectiva que señala: “El caraqueño navega entonces entre los despojos de los sucesivos naufragios de los intentos modernizadores, que tienen en común la misma estrategia: creer, con toda ingenuidad –o tal vez, con toda perversidad, porque hay un goce profundo en todo estos–, que una ciudad se construye con ladrillos y concreto, y no con usos y costumbres”.
Tras inventariar el fracaso de esos numerosos proyectos modernizadores y diagnosticar a la ciudad como un espacio desarticulado y fragmentario, carente de protocolos y ritos para organizar su tiempo y su espacio, propone: “A mí se me ocurre que a Caracas lo que hay que hacerle es semantizarla (sic), es decir, reconocerla o marcarla en el campo de la palabra”.
En perfecta sintonía con esta idea, expresada por Capriles hace unos diez años, el arquitecto Federico Vegas encuentra que el Helicoide de la Roca Tarpeya es nuestra Torre de Babel, un proyecto modernizador que no encuentra y su significado, y escribe hace unos días en Prodavinci: “Por décadas los arquitectos le han rendido culto a su destino errante, proponiendo siempre rematarla con un uso distinto a lo imaginado por los arquitectos precedentes. Se ha tratado de hacer comercios, oficinas, museos, ministerios, cuarteles, y –la mejor propuesta– un cementerio. Hoy es famosa como una prisión inexplicable, indescriptible”.
 
La montaña sustituye a la ciudad

En la misma ruta conceptual parece navegar el pensamiento de otro joven crítico de arte, Luis Pérez Oramas, cuando nos hace ver que El Ávila es, a fin de cuentas, la figura principal de la pintura de la ciudad y por tanto también su emblema. La pintura de la ciudad, la de relatos y anécdotas, la de los encuentros humanos, ha cedido el paso al vasto silencio de la montaña.
Para dar cuenta cabal de esta curiosa transferencia simbólica entre la montaña y la ciudad, escribe Pérez Oramas: “allí, en su mole inhabitada de abras y vertientes, oblicuas y ángulos, laderas y quebradas los pintores han producido la cifra simbólica de una ciudad irreductible a la representación, resistente a la imagen, testaruda al arte. Y la ciudad encontraría entonces, en el Ávila, a su símbolo escarpado, a su margen, a lo que no siendo ciudad paradójicamente puede al fin representarla”.

Ambos ensayistas diagnostican representación imposible. Para Colette Capriles se trata de “El silencio de la ciudad”, para Luis Pérez Oramas es “La vasta soledad”, ambos ensayos fueron publicados en el número 50 de la Revista Bigott.
Pero entonces, ¿si los demasiado jóvenes o los ensimismados no suelen ver el paisaje que les rodea?, ¿si los prejuicios y la ideología empañaron los lentes de los cineastas?, ¿si la gente estudiosa detecta dificultades en la semantización y en la representación simbólica de Caracas?, ¿quiénes entonces, y cómo, han estado mirando a la ciudad?

 
Unas miradas desde el exterior

Hace unos años los caraqueños que iban a los restaurantes solían culminar sus jornadas pidiendo un postre. Los mesoneros de casi la totalidad de los establecimientos les ofrecían tres tortas ya tradicionales: sacripantina, saint honoré y profiteroles. Una costumbre de décadas. Hasta que un día, a mediados de los ochenta, Ben Ami Fihman escribió en El Nacional una inolvidable nota llamada “Tres tristes postres”, que volcó la mirada de todos hasta un hábito que se nos mostraba invisible, y contribuyó decididamente a cambiar la historia de los postres caraqueños.

Las crónicas gastronómicas de la época, un grupo singular de chefs de cocina que llegaron en una época de bonanza, y el insólito libro de Scannone le dieron a Caracas un sitio nuevo en la historia mundial de la cocina. Se diversificó la oferta, se esmeraron los métodos, los materiales y las recetas, se creó una suerte de star system entre los cocineros, se abrieron decenas de escuelas, y los diarios y revistas ya no pudieron vivir sin secciones gastronómicas. Tal vez a esto se refería Colette Capriles cuando asocia “semantización” a la consolidación de rituales y protocolos. 

Pero interesa a los efectos de esta nota llamar la atención al hecho de que “la mirada” que contribuye a la metabolización del cambio proviene, en este caso, “del exterior”. La amorosa visión italiana de Scannone, los periplos de Fihman por París y Nueva York, les colocaron ante revelaciones y tradiciones formidables donde los caraqueños simplemente teníamos tres tristes postres. No podría decirse que era indiferencia, sino más bien un cierto estado de mudez que sólo podía ser rota, en este caso, por la voz que viene de afuera.
Esto ya nos había pasado. Pasó en todas aquellas ocasiones en las que nuestros ciudadanos, artistas, profesionales o académicos, viajaron al exterior y luego regresaron para ver de otra manera nuestra vida y nuestro paisaje. No fue sólo Carlos Raúl Villanueva, quien produjo la hendidura más poderosa en la imagen de la ciudad, sino todo el constructivismo, y toda la formidable influencia de nuestros becarios, y la de decenas de inmigrantes acogidos por la ciudad, quienes han influido muy poderosamente en el modelaje de sus maneras y de su apariencia.
 
Desde el interior 

Como aparentemente los caraqueños tenían dificultad para mirarse a sí mismos, para describirse y representarse, no fue difícil para la gente del interior, que llegaba masivamente a Caracas tras la muerte de Gómez, asumir el papel de grandes observadores y de grandes voces. Muerto el dictador, quien no quería mucho a Caracas ni a sus sofisticados habitantes, se inició el proceso de urbanización que traería oleadas de interioranos hacia la capital, con sus costumbres, sus gallos, sus mañas y sus miradas de asombro. La Caracas moderna tiene un poco más de medio siglo y a sus sistemas de representación confluyeron por igual los citadinos como los provincianos.
Román Chalbaud, uno de los más importantes de nuestros dramaturgos, y una de las visiones más singulares y emblemáticas sobre Caracas, llegó de Mérida, en pleno terremoto en 1938. Tenía apenas 7 años y le acompañaba una mirada especial hacia las negritas del carnaval, hacia los policías y la gente humilde que merodeaba los cines de Capuchinos o de San Agustín. Todas esas cosas que eran distintas a las de su pueblo, y que no asombraban tanto a los caraqueños,  le marcaron la infancia y la adolescencia. 
Lo mismo ocurrió con Salvador Garmendia que llegó de Barquisimeto especialmente dotado para percibir el mundillo suburbano de la capital y para fundar una percepción, una mirada peculiar, sobre los habitantes y los pequeños seres, que no tenían entonces los caraqueños. También estaba Guillermo Meneses que había venido de Porlamar para sacudir a la ciudad con sus relatos poéticos o Andrés Mariño Palacios, maracucho, quien había iniciado la separación narrativa de lo rural, que hasta entonces habitaba en los cuentos y en las novelas. Los caraqueños de los cuarenta y cincuenta escribían de otra manera, y la ciudad y sus costumbres no eran exactamente la fuente de su asombro. Los más ilustrados estaban absortos, descubriendo los pastizales del llano, del folklore, o de las corrientes universales de la cultura.
Entre los grandes interioranos vinieron Oswaldo Trejo de Los Andes, José Balza de Tucupita, y Adriano González León de Valera, a escribir sobre una ciudad que se ocultaba a sus habitantes nativos. Los grupos literarios, Sardio, Tabla Redonda y el Techo de la Ballena, y más tarde la famosa República del Este, estaban llenos de trujillanos, merideños, guayaneses, larenses, guariqueños y orientales. Fueron ellos los que escribieron sobre putas importadas y prostíbulos, sobre Sabana Grande y la guerrilla urbana, alentaban la bohemia surrealista como en las grandes ciudades, fundaron la necrópolis, se entremezclaban con policías y políticos, los temas de una capital. 
Sin embargo, en muchos de sus textos convivieron los semáforos de la urbe con las reminiscencias de los caballos, las totumas y los conucos. Muchos de aquellos escritores regresaron espiritual e intelectualmente, más tarde, a sus regiones originarias y redescubrieron la Guayana, la sequía caroreña, la humedad del Delta, y la llanura apureña.
Las décadas de urbanización que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, habían convertido a Caracas en un modelo que se extendió hacia el interior. En una acción sincronizada con los medios de comunicación, y con las universidades, la capital extendió un manto cultural sobre el resto del país que abolió las diferencias entre campo y ciudad y que diluye hoy las demasiadas diferencias entre un narrador de Lara y otro del Zulia o de Caracas. A la tradición narrativa moderna liberada por Pancho Massiani se han sumado, desde todos los rincones, tres décadas de formidables narradores, dramaturgos y poetas que incluyen a la ciudad como escenario y, en ocasiones, como protagonista: de William Osuna y Eugenio Montejo a Leonardo Padrón, de José Balza, Héctor Torres, Gisela Kozak, Ana Teresa Torres y José Pulido a Willie McKey entre tantísimos otros, cuya mención escapa a los, límites y propósitos de esta nota (que por eso se disculpa).
 
Los nostálgicos y los profesionales

Las otras miradas que se explayan amorosamente y explícitamente sobre la ciudad son las de los nostálgicos, las de aquellos que por su edad se han llenado de recuerdos y ausencias, y las de un formidable grupo de periodistas, sociólogos, artistas, arquitectos y escritores que han colocado el tema de Caracas en centro de su actividad.

Lo que más alienta y vivifica la desesperación de la nostalgia es la provisionalidad de Caracas. Tal vez fue Cabrujas quien con mayor “encabritamiento” ha expresado la vocación destructiva que tiende a acabar con la ciudad: “Siempre he pensado –declaró más de una vez con profundo despecho– que Caracas es una ciudad en la que no puede existir ningún recuerdo. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica. En algún momento de mi vida me he horrorizado ante esa situación; hoy no. Hoy pienso que es una legitimidad, y así como hay pueblos que construyen, hay otros que destruyen…”.
La desaparición incesante de sus edificios, de sus esquinas y monumentos, excitó la memoria de escritores que, como Garmendia, se solazaban en rememorar en sus crónicas la elegancia del viejo pasaje Capitolio, los viejos monumentos funerarios, la aparición de las primeras quintas y las costumbres que le acompañaron durante medio siglo. La nostalgia habita en las conversaciones de las casas caraqueñas en las que aún hay abuelos y gente que vio nacer la nueva ciudad. Pero es la desaparición de las huellas materiales lo que exalta esas palabras de la rememoración.

Habría que decir que no es sólo la edad la que mueve esa mirada nostálgica cuando tropezamos con el trabajo de Rafael Arraiz Lucca, quien viene trabajando desde muy joven los temas apasionados de la expresión de la ciudad, tanto en el campo de la literatura como en el de las ideas, y que sintetiza entre otros en el desgarramiento de la provisionalidad en su Casa de Ciudad: “Al fin termino de entender/ que yo amo esta ciudad hasta la rabia: es tierra y abono para la nostalgia./ Benditos constructores que no dejan ni una casa,/ amadísimos urbanistas paisajistas/ que siempre cambian los bancos de las plazas…”.

Profesionales de la escritura y del urbanismo han venido haciendo, como Arraiz Lucca, un trabajo permanente para orientar la mirada hacia el paisaje urbano. Mencionemos a Leopoldo Provenzali y Juan Pedro Posani, a Marco Negrón y los Tenreiro, a Federico Vegas y al desaparecido William Niño, a Thamara Hannot y a Fina Weitz, apenas unos pocos de un grupo bastante más amplio de arquitectos que viene educando la mirada sobre la ciudad. Y que en su mayoría ha expresado con estupor la dolorosa afrenta con la que el proyecto constructivo del Gobierno actual ha herido a la ciudad. Odio a la modernidad, adulación al ruralismo, ignorancia y poder desmedido han conducido al paisaje a un esperpento que aún está por ser estudiado.

Desde la reflexión cultural, es imprescindible señalar que es la Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas, que impulsa el sociólogo Tulio Hernández, el esfuerzo más disciplinado que se realiza desde el interior de la ciudad para comprenderla y visualizarla. En torno a esta institución se ha reunido desde mecenazgos invaluables como el de Herman Sifontes, aportes intelectuales y profesionales de arquitectos como los que hemos ya citado, e instituciones culturales de las Alcaldía Mayor y de Chacao, entre otros.

Una docena de páginas en Facebook, Una sampablera por Caracas, Por tu comunidad, Caracas, Caracas en retrospectiva, Caracas en sus paparazis, e igual número de organizaciones y fundaciones dedican horas cada día a “ver” a la ciudad y su montaña. Recientemente un grupo de artistas convocados por Ricardo Benaim se preparan para ofrecer una espectacular mirada de la ciudad a través del proyecto multimedia Caracas horizontal

De la misma manera que una vez Fihman nos puso frente a aquellos tres tristes postres, estos arquitectos, artistas y profesionales han asaltado los medios de divulgación y los centros de acción pública para dirigirse en alta voz a los habitantes de la ciudad. Desde Las Adjuntas hasta Guarenas, se extiende una formidable energía urbana que reclama ser vista y escuchada. Desde 1947, desde la reurbanización del Silencio y los inicios de la Ciudad Universitaria, hasta las grandes moles comerciales del siglo XXI, Caracas merece y demanda una mirada que se sobreponga a todos los obstáculos.

Ver o no ver, ese es uno de nuestros dilemas.