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En el aeropuerto de La Carlota, van a contruir un gran parque para Caracas | Ernesto Morgado

En el aeropuerto de La Carlota, van a contruir un gran parque para Caracas | Ernesto Morgado

Subrayar con vehemencia la necesidad del Parque La Carlota resultaba tema obligado, perentorio, imperativo después del anuncio esa semana acerca de la construcción de una fábrica de celulares –el más aberrante– entre otros usos, en los terrenos de la Base Área Francisco de Miranda

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“¡Ay, ay, ay!, aupar, alabar, arbolar, ágora AHORA... —pió el pajarito— mi abadía —añadió con las alas abatidas, sin abdicar”. Fue la frase que escribí tras escuchar el programa radial La ciudad deseada el domingo 11 de marzo por La Cultural de Caracas. Subrayar con vehemencia la necesidad del Parque La Carlota resultaba tema obligado, perentorio, imperativo después del anuncio esa semana acerca de la construcción de una fábrica de celulares –el más aberrante– entre otros usos, en los terrenos de la Base Área Francisco de Miranda. No me corresponde repetir las ideas ni los argumentos bien fundamentados que expusieron con convicción los conductores del programa. Merecen ser escuchados. Si en estos días de poco ánimo retomo el teclado es porque creo en la bondad de los árboles y deseo un gran parque para mi ciudad: un lugar sagrado –abierto al cielo– en el corazón de este valle.

En el salón de mi casa hay una gran batea de madera en la que coloco libros alusivos a árboles, plantas, jardines, arquitectura vegetal... Referidos al tema tengo varios libros infantiles, uno de ellos un cuento: Mama Miti, (1) de Claire A Nivola. “Madre de árboles”, en swahili, mama miti, es el nombre afectivo
que le dieron a Wangari Maathai. Ella fue la primera mujer africana en recibir el premio Nobel de la Paz. Le fue otorgado en el año 2004 por haber sabido establecer el vínculo entre el desarrollo de su pueblo y la riqueza del medio ambiente natural de su país, Kenya.

La historia narra como Wangari Maathai enseñó a las mujeres de muchos poblados en Kenya a hacer semilleros y plantar árboles a fin de recuperar la tierra erosionada. A pesar de la escasez de agua y los intentos fallidos de hacer brotar las semillas, no se dejó abatir. Perseveró. Con el movimiento creado por Wangari, Green Belt, más de treinta millones de árboles han sido plantados en Kenya. Este movimiento, fundado en 1977, les devolvió confianza en ellos mismos a numerosos nativos, muchos analfabetas, que sí supieron cómo arbolar su tierra, enriquecerla para la agricultura y la producción de alimento. “Más que plantar árboles”, decía Wangari, “se trata de incitar a la gente a hacerse cargo de su medio ambiente, de su vida y su futuro.”

En 1989, la organización se opuso al proyecto del gobierno para la construcción de un edificio de sesenta y dos pisos en el parque d’Uhuru en Nairobi. Wangari fue perseguida y acosada por funcionarios, escondida y refugiada por sus amigos, sin embargo, el rascacielos en medio del parque nunca se levantó.

Entre el mes de marzo y julio de 2011, el Museo de Arquitectura y Patrimonio de París presentó una exposición titulada La Ville Fertile. Treinta proyectos
abordaban la problemática de la ciudad contemporánea confrontada a su desarrollo sustentable y la variante de lo “vivo” en la ciudad, la permanencia de la naturaleza en el medio reconstruido por el hombre. “El planeta se cubre de ciudades tentáculos y de densos nudos urbanos. Si los terrenos naturales, cercados y parcelados desaparecen, la Natura leza invade el imaginario colectivo. El la representa un objeto de deseo, promesa de lujo y esperanza
a la vez”.

Los proyectos presentaban soluciones ingeniosas para rescatar franjas de tierra, áreas para resembrar naturaleza y posibilidad de esparcimiento, dentro y en la periferia de ciudades como Nueva York, Munich, París, Buenos Aires, Bordeux y Beirut. Aquí en el trópico, pareciera que nuestra Caracas no tiene esos problemas. A ella se le considera una ciudad “verde” por excelencia. Así permanece –verde– gracias a la nobleza de su montaña aguantadora

e inamovible, bañada por la generosidad inagotable de su clima y bendita por la benevolencia persistente de sus vientos. La misma naturaleza ha protegido al valle del maltrato de sus propios habitantes. De nosotros. A Caracas, se podría presumir, no hay que pensar en hacerla fértil, ella naturalmente lo es. Pujan las matas por doquier. Sin embargo, ¿acaso ello nos exime de pensar en ciudad? ¿Acaso la fragilidad y la obstinación de la naturaleza –ese Ávila que nos cobija y reconforta– nos debería permitir no pensar en hacer a Caracas más vivible, aún más verde, más humana? Convertir, hoy día, los terrenos de la base área en un parque const ituye una oportunidad singular para pensar y actuar con visión de ciudad. En buscar alternativas para conectarla en su eje norte-sur y articularla en su eje este -oeste, otorgarle usos recreativos que invitena los ciudadanos y a la vez se entrelacen con coherencia en el tejido urbano que circunda el área. Constituye una ocurrencia puntual en espacio para planificar a futuro, en desarrollar posibilidades peatonales y vehiculares, en ofrecer actividades y marcos de esparcimiento a tantos niños, jóvenes, adultos y ancianos hacinados entre bloque y concreto. El proyecto que finalmente se inicie en esta área conlleva y engulle una ocasión irrepetible: la de mejorar exponencialmente la calidad de vida de todos los habitantes de Caracas.

Oportunidad la define el diccionario como coyuntura, conveniencia de tiempo y lugar. En este país de tantas oportunidades perdidas, y en mi deseo que el Parque La Carlota no sea otra más, quisiera citar un texto de Federico Vegas, “La infantería urbana”. (2) Comenta sobre los orígenes de las palabras “Posibilidad” y “Necesidad”, dice: “En sus orígenes latinos, necesidad está referida a fatalidad, a lo inevitable; y posibilidad a poder. Esto tiene sentido si vemos cómo lo necesario y lo posible se comportan. Lo necesario tiende a aumentar mientras no se le soluciona, lo posible a disminuir hasta desaparecer si no se le aprovecha.” Si aplicamos esta idea a la creación del Parque La Carlota, convertir de forma meditada y planificada este terreno privilegiado en bisagra verde, articuladora, conectora e integradora en el corazón de Caracas, va más allá de satisfacer necesidades de esparcimiento en metros cuadrados de parque por habitante. Implica asir, agarrar con temple, la oportunidad de trasmutar hasta el último centímetro cuadrado en una búsqueda de soluciones para un verdadero enriquecimiento de la ciudad. “Lo necesario tiende a aumentar mientras no se le soluciona”.

Un traducir las inversiones del Estado en una honesta redistribución de la riqueza petrolera, en bien-estar social. Un mejor vivir para todos los ciudadanos pasa también por la conquista de, en cantidad y calidad, de espacios y alternativas para el tiempo de ocio. En tener donde echarse a mirar al cielo abierto, vincularse con lo fundamental, jugar, conversar, caminar, dibujar sueños con las nubes y no sólo sentir la opresión aplastante del bloque real de la cotidianidad. El acierto de aprovechar –no desperdiciar– esta irrebatible ocasión, sin dejarla desaparecer, corresponde a aquellos que detentan el poder.

Ellos tienen la posibilidad. Son los llamados a dirigir y orquestar el concurso de todos los ciudadanos, usuarios y profesionales, para sembrar este terreno de mejor calidad de vida. De árboles de paz. O serán ellos, y también nosotros, los responsables de ver desaparecer la posibilidad. El lugar lo reclama
y el tiempo lo exige. Se agota. La naturaleza se renueva, pero acusa cansancio y fatiga. Es hora de irrigar este valle con ideas y acciones por parte del hombre que hagan de Caracas una ciudad realmente fértil.