• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Capote a pesar de los ladridos

Truman Capote

Truman Capote

“Para Capote escritor, la escritura estuvo más cercana a la tortura y la autoflagelación. Siempre se quejó de la tiranía de la escritura. Las pocas páginas de lo que sería su última novela (Plegarias atendidas) fueron un suplicio”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Algunos escritores se convierten, para quienes intentamos dotar a las palabras cotidianas de cierta luz metafórica, en una especie de montaña que es imprescindible escalar sin sogas ni otros artilugios, al igual que esos escaladores de montañas que van subiendo en solitario sólo con sus manos y pies, buscando una saliente, una grieta para dar otro paso con solo dos caminos a conciencia: la cima o la muerte. Quizá exagero, pero muchas veces la buena escritura tiene dos caminos: la cima de la excelencia con las palabras o el abismo mortal del fracaso. Sin duda que si un escalador de montañas cae, demolerá todos los huesos de su cuerpo; si un escritor se va hacia el abismo quizás pulverice sólo los huesos de su alma.

Truman Capote es uno de esos escritores que es necesario escalar. Nunca encontró placer en escribir. Se exigía a fondo. Tampoco al parecer trató de sentirse cómodo en sus logros como escritor. Intentó bailar a su propio ritmo (era un excelente bailarín de claqué) y preocupado de crear nuevos pasos.

Su escritura fue maliciosa en todo sentido, pero trató de convertir la realidad en una arcilla moldeable más allá de los patrones establecidos. Redimensionó la realidad a través de ese meritorio arte de la literatura. Fue explorador sutil de lo humano en sus distintos escenarios de frivolidad y violencia para retratar, lo más nítido posible, esa sociedad donde hombres y mujeres son marionetas de sus instintos primarios. En él lo narrativo tenía ese sabor inigualable de un chisme contado con toda la intuición y el arte que la mejor literatura exige.

Uno de los libros de Truman Capote que recopila sus artículos periodísticos, crónicas y algunos de sus ensayos se titula Los perros ladran. En el prólogo explica como surgió el título. Al parecer se encontraba en Sicilia en plena primavera conversando con “un hombre muy viejo de rasgos mongólicos” que no era otro que André Gide. El cartero que pasaba por allí lo reconoció y le llevó la correspondencia. En una de las cartas venía el recorte de un periódico con una crítica que no favorecía en nada a Capote. Enseguida se molestó y comenzó a despotricar de los críticos o como él mismo escribió: “Tras oír mis quejas acerca del texto, y de la malsana naturaleza de los críticos en general, el gran maestro francés se encorvó, bajó los hombres como un viejo sabio… ¿digamos buitre?, y dijo: ‘Bah. Recuerde el viejo proverbio árabe: Los perros ladran, pero la caravana avanza’.”

En lo personal creo que el Capote de los ensayos, las crónicas y los reportajes periodísticos es el del estilo más acabado e impecable. A pesar de su maestría estilística nunca fue considerado un autor destacado e importante y casi nunca se le incluyó en el ranking de los grandes de la literatura norteamericana. Quizá lo tuvieron como un autor subido en la noria de la feria de vanidades del mundillo intelectual, su vida tenía ese sabor inconfundible de show circense. Lo escrito por Rodrigo Fresán nivela cualquier conjetura al respecto: “Entre las muchas cosas terribles que le pueden suceder a un escritor hay dos particularmente espeluznantes y de las que –viaje de ida sin billete de vuelta– no hay recuperación posible: una es dejar de ser persona para convertirse en personaje de la propia obra; la otra es sentir que la propia vida es la mejor obra posible y que entonces ya no tiene mucho sentido seguir escribiendo. A Truman Capote le sucedieron esas dos cosas. Y después se murió”.

Capote terminó como personaje, pero la obra en la que actuaba no fue una comedia ligera, más bien fue una tragedia con fogonazos de humor mordaz e inteligente. Quiso ser un escritor de fuelle, un creador de indiscutibles aportes, pero el personaje le fue ganando la batalla. Además después de escribir “A sangre fría”, su obra magna, algo se quebró dentro de él, algo en su ser más íntimo se rompió en muchos pedazos y ya no pudo unir las partes para acometer otra obra de envergadura. Al final las ganas de escribir fueron sustituidas por los vicios de siempre: alcohol, drogas, sexo, etc. Se convirtió poco a poco en un ser autodestructivo y depresivo, escribía por inercia y como buscando un respiro de tanta asfixia mundana.

Hay un hecho en su vida que parece clave. En una oportunidad el escritor japonés Yukio Mishima visitó Nueva York y Truman Capote compartió con él varios días con sus noches. Capote organizó una fiesta con Geishas genuinas y travestis de pronóstico reservado. Mishima estaba eufórico. A Capote le daba un poco de miedo y enseguida supo que era un ser peligroso para sí mismo y los demás. Capote vio en sus ojos una sombra de lo siniestro escribiendo su destino. Pero la sorpresa de Capote sería mayúscula cuando al despedirlo el escritor japonés le dijo: “Nosotros somos como almas gemelas, en el fondo, muy en el fondo somos iguales”. Aquellas palabras del escritor japonés le inquietaron y le sorprendieron. Capote se consideró siempre un niño terrible, pero apegado al hedonismo y a un amor desmedido por la vida y todos sus placeres.

Mishima se suicidó de la forma más sangrienta posible: se hizo seppuku, que es algo así como un suicidio de honor que consiste en abrirse el vientre, de izquierda a derecha con una pequeña y filosa daga al tiempo que otra persona procede a la decapitación en los estertores de la muerte. Por su parte, Capote, un día de agosto del año 1984, llenó sus vísceras con güisqui y diferentes fármacos para esperar con lentitud esa luz límpida, quizá la misma luz que a su modo Mishima buscó siempre.

Para Capote escritor, la escritura estuvo más cercana a la tortura y la autoflagelación. Siempre se quejó de la tiranía de la escritura. Las pocas páginas de lo que sería su última novela (Plegarias atendidas) fueron un suplicio. El Capote personaje gozaba con la fama del escritor, además su abierta homosexualidad, su personalidad desinhibida, su filosa lengua, su mordaz inteligencia y su disposición de terapeuta para escuchar con paciencia a cualquier alma desdichada le abrieron las puertas en todos lados. Sin mencionar que era un organizador de fiestas de estruendoso glamour. Los ricos y famosos del cine se disputaban su compañía. Al Capote personaje todo ese mundo de oro real y sentimiento falso le subyugaba. En cambio para el escritor todos sus conocidos y amigos no eran más que seres irreales, criaturas vaporosas que el capturaba en su red de palabras. Sus semblanzas y retratos poseen la fuerza de un chisme aderezado con metáforas insuperables, esa fue sin duda su magia: dominar las palabras a tal punto de crear con ellas un visión del mundo mordaz, poético sin caer el patetismo ni en ese barroco malabarismo de la literatura tratando de escamotearlo todo. Capote escribía sin pomposidad, pero con un cuidado y esmero de cristalina musicalidad. En su prosa todas las palabras engranan de manera perfecta.

A pesar de los ninguneos y de los ladridos es hoy un escritor en mayúscula, tuvo suficiente cabeza para crear páginas memorables y esta  frase podría definirlo a la perfección: “Antes de negar con la cabeza, asegúrate de que la tienes”.