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Brujerías palatinas

María Fernanda Palacios, 1987 / Archivo El Nacional

María Fernanda Palacios, 1987 / Vasco Szinetar

Investigadora literaria, poeta, ensayista y docente, María Fernanda Palacios, es una de las escritoras más influyentes de las letras venezolanas. Nacida el 26 de octubre de 1945, es merecedora del más alto reconocimiento dos intelectuales y colegas de la literatura en nuestro país. Ha publicado los poemas Por alto/ por bajo (1974) y Y todo será cuento un día (2011), las obras de investigación Sabor y saber de la lengua (1987), Ifigenia: Mitología de la doncella criolla (2001) y fue editora de las Obras Completas de Teresa de la Parra. Esta semana nuestro Dossier hace un homenaje a su enorme talento en una celebración especial con textos de Rafael Castillo Zapata, Sandra Caula, Roberto Martínez Bachrich, Diego Arroyo, Álvaro Mata, Samuel González Séijas y Corina Michelena

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Si el escritor es un brujo es porque escribir es un devenir.

Deleuze & Guttari

 

1

Tratamos de perseguir al duende para provocarlo y que nos obligue a forcejear con él para escribir algo digno de María Fernanda Palacios, y de pronto el azar nos pone por delante a García Lorca y a Lezama Lima, dos autores que son predilección rotunda de nuestra maestra. ¿No deberíamos tomar la punta del hilo que sobresale de repente de esa madeja de sensaciones que se enredan en el gusto palatino por los dos poetas? De tantas cosas como nos ha insinuado y enseñado esta maestra nuestra, ¿no van por el camino de García Lorca y por el camino de Lezama Lima muchas de las más sustanciosas y sabrosas de ellas? ¿Cómo picar aquí y dar una estocada buena?

 

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“Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que éstas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto”.

 

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Este párrafo precioso me estaba esperando providente en medio de una conferencia de García Lorca. Este párrafo es un punctum en mi lectura, una estocada, una punzada que me clava en un repentino perplejo que ilumina. Me viene como anillo al dedo para bucear en el remolino de la poesía hablada de una clase palatina.

 

4

García Lorca habla de la poesía hablada, pero bien pudiera haberse referido a la conferencia que él mismo estaba dando: pura e inevitable, en él, poesía hablada, rebosante y resonante de duende.

 

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Poesía hablada, podríamos decir nosotros, puede que sea lo que ocurre a veces en una clase: ciertas clases de la Palacios pudieran ser evocadas, ciertamente, como poesía hablada, discurso que necesita de “un cuerpo vivo que interprete”.

 

6

El conferencista, o el maestro que imparte y comparte una clase, también interpretan lo que dicen con el cuerpo vivo, con el cuerpo vivo de la carne y de la sangre y con el cuerpo vivo del lenguaje, de la palabra dicha, de la palabra entonada, paladeada con el regusto de su fraseo. Porque una conferencia puede ser un canto, un cante, como las del propio García Lorca o las de Lezama Lima, rebosantes de duende. Como las clases de la Palacios.

 

7

El poder hipnótico, el poder hechicero de una clase de María Fernanda Palacios tiene que ver, sin duda, con el peso de lo tonal: lo que pesa y hace peso en las palabras dichas y las dispone y predispone para resonar provocando revelaciones sensibles repentinas es, precisamente, el tono, el modo como están dichas, su fraseo, su regodeo vocal, su entonación, su son de duende.

 

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En esa palabra dicha, en ese discurso hablado, las “formas nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto”. Esta última frase que corona perfectamente un párrafo perfecto es otra forma sintética y oblicua de referirse a la potencia germinal de la palabra hilvanada en el aire de la ocasión, del instante cargado de promesas impredecibles e imprevistas donde tiene lugar la ocurrencia, el golpe de suerte de la ideación y de la imaginería que provoca un chispazo revelador que luego se coagula como verdad hallada, como regalo, como don, como gracia. En la conversación, en la conferencia, en la dictadura de una clase (que son formas de interpretación entonada, en acto), efectivamente las “formas nacen y mueren de modo perpetuo”, porque “alzan sus contornos sobre un presente exacto”, el presente vivo de la propia dicción, de la propia enunciación, del dictado dado. Es la potencia de lo intempestivo: el impromptu que estalla y cristaliza como el Witz romántico, relampagueante y exacto.

 

9

Lezama está lleno de estas iluminaciones repentinas: sus ocurrencias tienen duende porque no tienen nada que ver con una preparación previa o una provocación voluntaria, sino porque llegan de improviso, como algo no buscado, ni siquiera presentido, y que “sube por dentro desde la planta de los pies”. Uno tiene que imaginarse a Lezama moviendo los pies (y por supuesto las manos) mientras conversa, acompañando con un roce rítmico en la tierra la espiral danzante que sus palabras dibujan en el aire mientras habla, mientras canta, a fin de cuentas, su poética perorata, su hechizante parrafada dada.

 

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Porque escribe y habla con los pies sumergidos en lo telúrico, pero sin hundirse en las arenas movedizas de la sangre, Lezama nunca habla en el aire –nunca está en las nubes, vamos– y siempre da en el blanco con una estocada verbal que nos asombra: “El gozo del ciempiés es la encrucijada”. Tal es el gozo que provoca esta ocurrencia, que nos hace hasta reír. Cuando las palabras vienen empapadas o empujadas por el duende encarnan en sentencias necesariamente dichosas: son expresiones de una inteligencia que ríe, aun cuando se instruya en los más oscuros y dolorosos fondos de la vida. En esto Lezama es, como nunca, más nietzscheano: un filósofo que ríe.

 

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Con la Palacios, en clase, me acuerdo, uno siempre se ríe: su inteligencia está imantada por la gracia, atravesada de duende. Y así es como se aprende lo que se aprende con ella. No de otra manera. Así es como enseña lo que enseña: diciendo con todo el cuerpo, maestra que ríe, maestra que danza, contagiándonos su alegría.

 

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“El ensayo es justamente ‘ensayo’, porque no se presenta con la sistematicidad de un tratado o un análisis, ni con la neutralidad de un informe científico o una obra de divulgación, ni con la autoridad de una teoría o una ley. El ensayo tiene en su origen, siempre, algo discreto, algo pasajero; su perspectiva es siempre limitada, algo subjetiva […]”.

 

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Con estas palabras, la Palacios nos invita a pensar de nuevo el ensayo en relación con el pensamiento ligado a la intempestiva determinación de la ocasión, el precioso kairós de lo que viene al pelo en el momento justo a la punta de la lengua y da su estocada magnífica en el discurso.

 

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Ya que no tenemos a mano una transcripción de las clases de la Palacios, es posible que estas reflexiones suyas acerca del ensayo puedan darnos una idea, al menos, de lo que ella misma piensa de la escena pedagógica cuando habla de la singularidades didácticas del género.

 

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Cuando dice, por ejemplo, que es conveniente recordar que “el ensayo educa de una manera muy peculiar”. Esa peculiaridad, dice, radica en el hecho de que “muestra el vaivén, el movimiento mismo del pensamiento”. La escena de la conversación, la escena de la conferencia, la escena de la poesía hablada (como decía García Lorca), la escena de la clase, constituyen, todas, escenas donde el pensamiento se mueve, donde el pensamiento es pura movilidad, pura potencialidad sin definición decisiva; donde el flujo mismo de las palabras dichas arrastra contenidos que emergen intempestivamente y se declaran de improviso, como revelaciones repentinas en la marcha de una disertación que avanza sin saber muy bien hacia donde se dirige, por su propio carácter conjetural, especulativo y tentativo. Tentacular, la palabra dicha en la conversación amistosa o en la conversación pedagógica es una palabra que tantea, que va tanteando en busca de sentidos: la conversación pedagógica es realmente rica y productiva no cuando repite cosas sabidas y orienta su deriva hacia un sentido que ya conoce de antemano, sino cuando se entrega a la potencia de azar de su propio devenir, de eso que la Palacios llama vaivén, de ese ir de verso en verso del versar que es con-versar, versar con otros, frente a los otros, y que convierte a la conversación pedagógica, ciertamente, en un ensayo en acto, por así decirlo, en un ensayo –un tratar, un tantear- que se va armando en el aire, sobre la marcha, a merced de lo impredecible.

 

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“Conviene entonces recordar que el ensayo educa de una manera muy peculiar, educa porque muestra el vaivén, el movimiento mismo del pensamiento. En lugar de ideas construidas, en lugar de la corpulencia del pensamiento conceptual, el ensayista es maestro de la debilidad y sabe pasar con suavidad sobre su objeto, sin agotar nunca ni el tema ni al lector”.

 

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En una clase, en efecto, nunca se agota un tema, a menos que uno llegue ya agotado a darla, o vaya con el tema agotado de antemano, ya gastado y acotado, cenizado, como diría Lezama Lima, con un conocimiento sabido y consabido, resabiado. La clase dichosa, la clase generosa, la clase que brinda fruto y cataliza efervescencias creadoras entre todos los que participan de su juego, es la clase que se asume, de antemano, in-finita, interminable; la clase que, en principio, a decir verdad, presiente que no va para ninguna parte, porque nadie que intente pensar poiéticamente sabe a dónde lo van a llevar, por así decirlo, los pensamientos; o mejor, a dónde lo van a llevar las palabras con que piensa que piensa y que en verdad lo piensan mientras va pensando. Porque sólo cuando somos, en efecto, de este modo radical, sujetos de la palabra, sujetos de palabra, sujetos sujetados a su devenir inabordable, nos ponemos en condiciones de dar con una revelación iluminadora que se convierta en auténtica sabiduría. Y las clases de la Palacios, ciertamente, son así: portentosos ensayos que se escriben en el aire de una atmósfera donde todo se confabula para que aparezca el duende, para que estallen las lezamianas palabras endemoniadas que son las únicas que nos asoman al único conocimiento que vale la pena, el conocimiento de lo misterioso que nos deja eternamente insatisfechos, en ascuas, empujados a seguir en la deriva, ensayando, tanteando, especulando, por siempre jamás.

 

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“En lugar de ideas construidas, en lugar de la corpulencia del pensamiento conceptual, el ensayista es maestro de la debilidad y sabe pasar con suavidad sobre su objeto, sin agotar nunca ni al tema ni al lector. Por eso el ensayista recurre a los aledaños del pensamiento: la intuición, la curiosidad, la impresión, el gusto, incluso la estupidez, tienen su parte y ayudan a mitigar los excesos de la razón”.

 

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El maestro como ensayista, he aquí una posible caracterización. El maestro tocado por la inquietud de lo súbito, el maestro intempestivo que se deja llevar por la deriva de las palabras en su fluencia y confluencia, es un maestro que ensaya, un maestro que ama perderse por lo que la Palacios llama bellamente los aledaños del pensamiento. El maestro que ensaya saberes está tentado por la fuerza de esta ondulante periferia: intuitivo, curioso, impresionable, gustoso y hasta estúpido, se deja llevar por las infinitas solicitaciones de estos bordes que bordean ese más allá que excede a la razón instrumental con sus ínfulas de dominio riguroso. El maestro ensayista sabe que no domina nada. Y se deja llevar por su desamparo, sin que por esto pierda la razón, o se pierda para ella (la Palacios ha dicho claramente: mitigar, no abolir, ni renunciar, ni claudicar a favor de un inútil e incómodo arrebato). Lo que ese maestro propone y presupone es la experiencia de otra razón, de otro razonar, de otro modo de lidiar con las palabras, con el saber que su sabor desprende.

 

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Y es precisamente por esto, dice la Palacios, porque el ensayista se aviene con esos aledaños que “ayudan a mitigar los excesos de la razón”, que sus ensayos no sirven, porque la función del ensayo, dice ella, “no es la de servir causa o disciplina alguna; al contrario, el verdadero ensayo es una zancadilla al pensamiento positivo y riguroso; en lugar de anudar conocimientos, los libera; en lugar de asegurar las cosas, las desasegura. No afirma ni responde, sino que incita e interroga”.

 

21

¿Se aprecia en este último párrafo como el ensayo es una muestra de lo que ocurre en la conversación cuando el propio río del habla hace venir a su corriente una imagen inesperada, una ocurrencia reveladora, una invención verbal, eso que Benveniste llamó individuos lingüísticos o, más rigurosamente, términos aferentes que de pronto invaden un discurso con el relámpago de lo inaudito, de lo nunca oído, de lo que no se sabe hasta que se lo dice porque una palabra con su sabor lo hace saber?

 

22

¿De dónde sale si no de repente la palabra zancadilla? ¿De dónde sale si no sin avisar ese intempestivo desasegurar que nos llena la boca con su sobreabundancia aliterada? Así vienen a la punta de la lengua las ideas como ocurrencias en medio de la deriva de una conversa lezamiana. Así vienen a la punta de la lengua las imágenes verbales misteriosas en el transcurso de una conferencia de García Lorca. Y así vienen a la punta de la lengua las afiniciones (que no definiciones) que saltan como peces de un agua caudalosa en la clase de ensayo que ensaya la Palacios, como en la clase que ensaya con clase como ensayo.

 

23

Y con tanto talante de ensayista da la Palacios sus clases, con ese dejo escéptico del que se aplica a sí mismo todo el tiempo el dardo sagaz de la ironía, que ella misma pone en duda la condición misma de su profesión, es decir, de su profesar. Hasta esto llega en su indagación sobre las miserias y fulgores del ensayo venezolano: “Entre nosotros sigue dominando el pensamiento asertivo sobre el giro dubitativo; la sentencia y la conclusión, sobre la pregunta y la exploración. La mayoría se dirige al terreno del ‘ensayo’ con esquemas y herramientas más propias de un ingeniero de caminos que de un explorador. Pero el ensayista, como se sabe, está más cerca del explorador y del aventurero que del profesor”. Cuando la Palacios dice esto último lo dice sin darse cuenta de que ella misma, como profesora, desmiente toda convención profesoral corriente, porque si ella profesa, lo hace sólo como ensayista confesa, es decir sin intolerancia y sin arrogancia, entregada por completo “al tanteo lúdico y a la humildad intelectual del verdadero ensayo”.

 

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“El ensayista se acerca a su objeto a través de imágenes e intuiciones, las ideas van surgiendo después; ya que al comienzo el ensayista sólo tantea su camino hasta hacerse un camino a través de su objeto”. Y con esto queda dicho todo lo que pudiera querer decir la Palacios cuando habla contra el método.

 

25

Pero con esto queda dicho, además, todo lo que nos puede querer decir para entender cómo funciona el ensayo de una clase, de una clase suya como ensayo, de una clase que es tanteo a través de imágenes e intuiciones donde las ideas siempre vienen, es decir, advienen, están por venir, y, por lo tanto, no están dadas de antemano, no se va a reafirmarlas como si ya se las tuviera y se las retuviera y contuviera, sujetadas, ya sabidas, sino a tentarlas y a intentarlas, a hacerlas venir sin esperarlas, que es el modo como en realidad llegan ellas –reveladas– cuando tienen verdadero peso y trascendencia, cuando tienen duende y cuando portan y transportan su demonio, regalándonos su brujería.