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Entre brujas medievales y brujas modernas

En homenaje al 200º aniversario de los cuentos, la editorial Taschen publicó The Fairy Tales of the Brothers Grimm con 27 relatos. Contuvo una cuidada selección del material gráfico de algunos de los ilustradores más famosos de las décadas de entre 1850 y 1950. Esta compilación también incluyó siluetas extraídas de publicaciones originales desde 1870 a 1920

En homenaje al 200º aniversario de los cuentos, la editorial Taschen publicó "The Fairy Tales of the Brothers Grimm" con 27 relatos. Contuvo una cuidada selección del material gráfico de algunos de los ilustradores más famosos de entre 1850 y 1950. Esta compilación también incluyó siluetas extraídas de publicaciones originales

Pavorosas hechiceras, niños escapando del mal y encarnando valentía, terroríficas madrastras, son algunos personajes que se encuentran en el mundo de los Hermanos Grimm. En 1812, Wilhelm y Jacob publicaron la primera versión de los "Cuentos de la infancia y del hogar", una minuciosa recopilación de relatos que en Alemania se difundían por tradición oral. El tono macabro de algunos de estos cuentos hizo que la censura fuera la batuta que más tarde dirigiera otras versiones: hoy suavizadas, conforman un lugar común para nuestro imaginario moderno. "Papel Literario" presenta al lector este dossier dominical en donde estos cuentos canónicos vienen a ser rememorados en ensayos de Frank Calviño, Narcisa García, Nelson Rivera y Grisel Arveláez en los cuales se retoman las versiones Grimm para ocasionalmente vislumbrar aquellos finales míticos

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Es poco probable que una madre nacida en plena modernidad cuente a su hija algún relato en donde hubiera una mamá tan mala, ¡pero tan mala! que por celos hacia la belleza de la hija le deseara la muerte –es aún más inimaginable escucharlo de la boca de una burguesa–. Es poco probable que un padre, también burgués, cuente a su hijo que érase una vez un papá tan pobre, ¡pero tan pobre y además pusilánime! que planeó junto a su “mujer” –una que desfila entre la madre y la madrastra– abandonar a sus hijos en el bosque porque no tenían dinero para darles de comer. Imaginemos la historia de una princesa encerrada en un castillo, llega el guapo príncipe a liberarla, se enamoran y, producto de los ardores de ese amor, tienen hijos. Estos son argumentos más cercanos a los relatos populares recopilados por los Hermanos Grimm que a las versiones más contemporáneas.

En 1812 Wilhelm y Jacob Grimm, los mayores de nueve hermanos, publicaron los Cuentos de la infancia y del hogar (Kinder- undHausmärchen). Su edición definitiva data de 1859 y el propósito de estos filólogos no era más que reunir todo aquello que fuera símbolo del espíritu alemán. Y aunque la academia no termina por reconocerlos como cuentos morales, ofrecen la posibilidad de hacer pedagogía con el uso de la fabulación.

Y es que no debemos olvidar que no es por completo la imaginación de los Hermanos Grimm la que está escribiendo sino la de un pueblo. Un pueblo que no termina de deslastrarse de la tradición medieval: escenarios del norte de Europa en donde el bosque es otro gran personaje –y mejor aún si está encantado–. Es la familia numerosa reunida alrededor de una fogata la que está narrando: fantasías inspiradas en el ambiente –por ejemplo, palomas blancas que conducen el camino, o cuervos que sacan los ojos–, profusión de sensaciones –el terror de imaginar el infanticidio–, sentimientos y desenlaces felices, pero otros muy desdichados. Al punto que se dice que Jacob y Wilhelm quedaban boquiabiertos cuando escuchaban estas truculentas historias puesto que estas personas no albergaban el deseo de disfrazar la crueldad.

Sabiendo de antemano que los Cuentos no necesariamente estaban destinados al público infantil sino en ocasiones al adulto –y evaluando los niveles de violencia de cada relato–, es posible disfrutar la presencia de lo siniestro y erizarnos la piel con lo macabro. Por ejemplo, cuando las diferencias entre buenos y malos son tajantes podemos guarecer una profunda sed de venganza, como puede darse en “Cenicienta”. En esta historia las hermanastras –todos sabemos– son terriblemente insoportables; por ser tan malvadas, son fabulosamente sancionadas: en el relato de 1895, no conforme con que cada envidiosa chica había tenido heridas en sus pies –una se cortó un dedo para poder calzar la zapatilla y la otra se cortó el talón persiguiendo el mismo fin–, al final de la historia cada villana obtuvo un castigo mayor: sus ojos fueron arrancados por los cuervos. Estas narraciones están manifestando que el mal podría tener un castigo: cada acto conlleva a una consecuencia. Otro ejemplo: al final de la historia, la madrastra de Blancanieves es obligada a bailar con zapatos de hierro sobre el fuego hasta caer muerta con los pies quemados.

Primeros cuentos realmente pavorosos


El verdadero pavor no se consigue en “Cenicienta”, ni en “Blancanieves”, sino en historias más oscuras, menos conocidas, más de suburbios, como lo son “El extraño músico” o “Cuento de lo que fue a aprender lo que era el miedo”.

En vida los Hermanos Grimm se vieron obligados a suavizar sus versiones y a eliminar otras verdaderamente escabrosas. Eran académicos, y detrás de ese afán científico cobijaban el deseo de rescatar estas historias de folklore para registrarlas en papel. La primera antología se publicó de manera abrupta: la tirada fue de solo 900 ejemplares en una edición sin ilustraciones, tenía un apéndice muy académico y la crítica juzgaba, por sobre todo, el sentido truculento de ciertas historias. Por ejemplo, el cuento “Los niños que jugaban al carnicero” corresponde con lo censurado y necesariamente eliminado. La trama es la siguiente: un padre está sacrificando a un cerdo, y mientras sus hijos lo están mirando. Estos, niños a fin de cuentas, tienen la necesidad de imitar, así que comienzan a jugar a ser carniceros. En medio de ese “entretenimiento” un niño asesina al otro. La madre, al ver la escena de horror, llora a su hijo muerto, pero al mismo tiempo pierde a otro que se ahoga en el baño. Historia horrenda, cruel, sin posibilidad de edulcorarse. Resulta difícil y siniestro ver reflejadas las grietas del mal y los bordes de lo siniestro en las figuras del padre y de la madre.

Versiones rosas

El siglo XXI posee suficientes fuentes de donde extraer lo escabroso y la violencia: el cine, los medios de comunicación, el entorno mismo. En nuestro alrededor si queremos ver violencia la encontramos…y muy rápido. Sin embargo, cuando entramos en el mundo del relato de antes de dormir, finales tan rosas como ratones y hadas llevando a Cenicienta en una calabaza gigante resulta un edulcoramiento curioso, un versus difícil de ignorar frente al final más primigenio de “Cenicienta” en donde los cuervos quitan ojos a las villanas. La contemporaneidad nos ha bombardeado en ocasiones con finales vacíos, aburridos y superfluos, a excepción de las geniales Blancanieves y los siete enanitos,  de 1937 y La bella durmiente, de 1950.

Estas versiones suavizadas tienden a ser aún más peligrosas que las macabras pues no motivan a pensar e inculcan que la felicidad es para siempre…siempre que venga de la mano del amor…del amor de un príncipe azul. Pero más allá de ello creo que lo esencial es que el registro de cada historia perdure en nuestras memorias, que tendamos a identificarnos o, al menos, sintamos el mismo nivel de agonía cuando el hada hechicera quiera matar al personaje protagónico, o respiremos cuando logren superar el maleficio. El reabrir estos finales clásicos permite una emoción distinta, que perdura y trasciende el tiempo. Si sabemos elegir entre las recopilaciones de los Hermanos Grimm podemos encontrar relatos entretenidos y realmente inolvidables.