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Bruce Chatwin: piezas para un posible ensamblaje

Bruce Chatwin

Bruce Chatwin

La biografía escrita por Nicholas Shakespeare es un abultado edificio que se despliega hacia todos sus lados

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Algo había en Bruce Chatwin que incitaba a quienes le conocían a interpretarlo. No era un inglés peculiar que se describe con unos pocos adjetivos. Su caso era complejo. Como si fuese una llamativa y enigmática figura que, al tiempo que brillaba, se ocultaba. Como si detrás de la luz, una parte de él, una esencia, una parte sustantiva, se retirara, se replegara para no ser visto.

Y justo porque sus amigos y conocidos sentían que había algo en él que insistía en escapar, se producía el efecto contrario: lo escrutaban. Chatwin, aun cuando siempre necesitó aislarse para escribir, no dejó nunca de llevar una intensa y apretada vida social. Nadie parecía quedar intacto a su paso. Generaba pasiones telúricas: magnetizaba o repelía. Y así fue hasta su muerte por SIDA en el año de 1989: un hombre que siempre daba que hablar. 

Uno dice: “A veces pienso que no era una persona: era un enjambre”. Otra: “Todo lo que hacía, lo hacía con gran estruendo, y eso genera una respuesta”. Otra: “Su meticulosidad es un disfraz”. Otra: “Cuando cedía a su homosexualidad, sentía repugnancia de sí mismo, lo que explica el resto de su vida, que fue una huida de la realidad: rumbo a Edimburgo, rumbo a la Patagonia, siempre estaba huyendo. Yo pensaba que se había convertido en algo parecido a Orestes después del asesinato de Egisto, perseguido por las furias”. Otro: “Di casi lo que quieras sobre Bruce Chatwin y lo contrario también es cierto”.

La biografía escrita por Nicholas Shakespeare es un abultado edificio que se despliega hacia todos sus lados (Shakespeare, además de biógrafo es un narrador que ha recibido algunos de los más importantes premios literarios que se otorgan en lengua inglesa). La abrumadora tarea de investigación debe haber sido poca cosa en comparación con la disciplina y concentración que debe haber exigido seleccionar y ordenar los materiales disponibles: centenares y centenares de cartas de Chatwin, de su esposa Elizabeth y de innumerables corresponsales, a los que sumó testimonios de gente que trabajó con él, documentos de diverso carácter, artículos de prensa, ensayos, recuerdos e interpretaciones sobre Bruce Chatwin, diseminados por ciudades y continentes, de personas que le conocieron, que tenían cada una su propia caracterización y una llamativa disposición a compartir y a teorizar lo que habían vivido. Y así, dependiendo del lugar, del momento y de las circunstancias, como si fuese un sujeto en permanente mutación, Shakespeare agrega datos y datos, quizás para retar al lector a construir su propio ensamblaje de Chatwin.

 
Poliédrico, polimórfico

  Grandulón, rubio de penetrantes ojos azules, la cabeza cuadrada: fue un típico niño nacido durante la guerra: la madre lo protegía, mientras el padre combatía contra los alemanes. En su infancia y en su adolescencia están diseminadas presencias que más tarde adquirirán un mayor temple: la vitrina donde la familia guardaba antigüedades y rarezas provenientes de lugares exóticos; los relatos viajeros de sus propios antepasados (un Chatwin ya había estado en la Patagonia); las evidencias de una personalidad que se tensaba entre su egotismo y su recurrente refugiarse en sí mismo. No fue un estudiante destacado. Los informes escolares de los años que pasó en el internado hablan de un adolescente dedicado a sus propios asuntos. Sentado en la última fila del aula, leía a Burkhardt, Burton, Chejov y Flaubert, mientras transcurrían las lecciones. Pero no disimulaba que la escuela no era más que un trámite. No llegó a ser un intelectual, en el sentido de individuo que disfruta de las ideas.

A los 18 años viaja a Londres, lo que resultará decisivo en su vida. Comienza a trabajar en Sotheby´s. En poco tiempo, dotado de un ojo y un sentido estético excepcional, pero también de una intuición y una vocación para el faroleo, Chatwin se convierte en un apreciado catalogador de arte antiguo, pero también en un experto en las grandes figuras del impresionismo. Es una etapa primordial: viaja, aprende a velocidad incontrolada, conoce a su esposa, su vocación visual se llena de argumentos, se inicia en el coleccionismo de objetos, se codea con aristócratas y mujeres ricas, cultiva un cierto esnobismo que parecía inseparable de su creciente confianza en sí mismo. Aunque alguna vez renegó de aquellos tres años en Sotheby´s, también dijo lo opuesto: “Mientras estuve allí, toda mi existencia se convirtió, en los mejores momentos, en una especie de búsqueda del tesoro y acabar o no encontrándolo es, imagino, mi manera de investigar una historia”.

Intentar dar cuenta aquí, aunque sea en gruesos trazos, del periplo de Bruce Chatwin (1940-1989) es vano. Sólo el objetivo de hacer un recuento de sus viajes por países, ciudades y lugares impensables, ocuparía páginas enteras (un sentimiento inherente a esta lectura: que el conocimiento común de la geografía del mundo es simplemente precario). Pero hay más: antes de convertirse en el autor de En la Patagonia, quiso ser un académico, por lo que ingresó a la Universidad de Edimburgo. Luego, cuando aquella experiencia terminó por llenarle de agobio, saltó de allí y se convirtió en un exitoso redactor del Sunday Times, que le enseñó algunas disciplinas de la escritura y le permitió conocer el aplauso de los lectores. En un corto período de tiempo Chatwin había sido tasador, crítico de arte, periodista, coleccionista, marchante, viajero excepcional, etnógrafo a medias, un poco geólogo, un poco arqueólogo, estudioso del nomadismo y muchas cosas más.

 
El escritor

Escribir era para Chatwin una lucha. Una lucha compleja, de la que no siempre salió victorioso. Lo que fue un proyecto de ambiciones desproporcionadas, la redacción de un tratado sobre el nomadismo, adquirió la forma de una pesadilla que se prolongó por meses y meses (“Hay partes con las que estoy satisfecho, y partes que son un desastre”). Perdía el hilo. Viajaba para aumentar el caudal de su investigación, como si en ella pudiese encontrar la energía con la que hilvanaría la masa de datos acumulados. En medio de todo aquello, la complejidad de su relación con su esposa, su egoísmo estructural, su constante desplazarse en la búsqueda de un lugar donde poder escribir, sus conductas inexplicables (como caminar por un bosque completamente desnudo), eran todos elementos que no apostaban a que el escritor encontraría el lugar desde el cual dar un salto.

Hasta que un día, en un gesto casi irresponsable, envió un telegrama o una carta al Sunday Times (hay versiones al respecto) informando que se marchaba a la Patagonia. A su regreso era un hombre obsesionado por un tema. Más allá de la cuestión de cuánto hay de realidad y cuánto de su invención, como dice el biógrafo, Chatwin sacó a la Patagonia de las tinieblas. El éxito fue arrollador. En la Patagonia desató elogios, incluso entre escritores y críticos que sentían desagrado por Chatwin. Desde el momento de su lanzamiento, en 1977, fueron muchos los que afirmaron que se trataba de una obra maestra de la literatura de viajes.

En los siguientes doce años, sus libros fueron recibidos con curiosidad y, a menudo, alguna controversia. Tenía seguidores y detractores. En la fase final de su vida, se reconcilió con Elizabeth, que le cuidó mientras su salud se deterioraba de modo irreversible. Cuando falleció a los 48 años, dejó tras de sí, no solo un libro que se valora como una de las joyas del siglo XX, sino también la incomodidad entre sus familiares y amigos de no haber reconocido nunca que la enfermedad que le mató en tan poco tiempo, no era consecuencia de la picada de un murciélago, sino ese mal de la época que conocemos como SIDA.
 
FICHA DEL LIBRO

Bruce Chatwin
Nicholas Shakespeare
Muchnik Editores
España, 2000