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Bohumil Hrabal, la timidez desproporcionada

Bohumil Hrabal | Foto: Cortesía

Bohumil Hrabal | Foto: Cortesía

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Monika Zgustova derriba la leyenda y nos devuelve a un Bohumil Hrabal, en buena medida, propio y resultado de su observación directa. Más el producto de omisiones que de afirmaciones, a lo largo del tiempo se ha construido un imaginario: Hrabal como una especie de peculiar obrero, sujeto periférico, bohemio tentado por los bajos fondos, que además escribía novelas (debo advertir que yo mismo repliqué este entuerto hace algunos años, cuando escribí un comentario de Trenes rigurosamente vigilados). Hasta el mismísimo Vaclav Havel contribuyó a esta distorsión durante una conferencia: “No se trata pues, de un escritor-observador que se mezcla con la gente con la intención de escribir sobre ellos, no es un autor de novelas sociales, ni tampoco un autor que, ostentando lo que le distingue del resto de las personas corrientes, niega con su vida la vida de aquellos sobre los que escribe; de modo que no se trata de un autor maldito que busca a propósito el peligro y las situaciones límite, para comprobar la veracidad de su arte”.

Fue hijo natural: nació el 28 de marzo de 1914. Este hecho lo marcó: de niño y de adulto fue siempre asustadizo. Su madre era una mujer bella y distante (era parte de un grupo de teatro de aficionados). Cuando ella se casó, el esposo acogió a Bohumil. Tuvo un hermano, Slávek, que fue su amigo hasta el final. De pequeño, sus abuelos maternos fueron una presencia determinante. Se escapaba de su casa. Husmeaba. Lo escuchaba todo, desde el margen. Detestaba el colegio. Le temía. Fue un alumno mediocre, incapaz de aprender. No atendía a sus maestros, sumergido en sus ensueños. Pero ello no lo liberaba: al contrario, siempre experimentó una profunda vergüenza. Su timidez era desproporcionaba. Donde quiera que fuera, se sentía fuera de lugar. Le gustaba andar solo. Caminar entre los árboles o por la orilla del río. Amaba el agua y los animales.

En 1920, la familia se trasladó a Nymburk (a 45 kilómetros de Praga). Allí Hrabal pasaría los siguientes 25 años de su vida. Su padrastro fue encargado de una fábrica de cerveza. Vagaba por las calles, escudriñaba los entresijos de la fábrica, escuchaba a los trabajadores, leía con devoción. Siempre soñando, siempre conectado-desconectado a cuanto lo rodeaba, como si le fuese imposible estar de forma plena en un sitio, en el colegio, en la universidad y en los diversos trabajos que tuvo, porque su mente estaba siempre en otra parte.

 

Tantear, ensayar

Era un universitario cuando comenzó a trabajar. No lo hizo por apremio económico sino por la idea que tenía de sí mismo: debía probarse, experimentarse. Una fuente de desconcierto sobre la personalidad de Hrabal son las anécdotas de su histrionismo: el tímido radical tenía algo de exhibicionista. Se ponía sombreros llamativos o ropas extravagantes. Se hizo un conocedor de cada taberna. A lo largo de su vida fue un consuetudinario bebedor de cervezas. Su vínculo con las cervecerías venía de la infancia: en una moto, el padrastro le llevaba con él en sus visitas a los clientes. Un hermano del padrastro, el tío Pepín, fue una figura entrañable en la vida de Hrabal: un extravagante poblado de anécdotas, un parlanchín fantasioso, un hombre que, a su modo, irradiaba una cierta sabiduría que su sobrino escuchaba cautivado.

El tímido, que se rapaba el pelo o se presentaba en smoking a un examen (donde era siempre reprobado), protagonizaba escándalos escolares. Inventaba escenas o actos de sabotaje que enfurecían a sus maestros. Lo que nadie sospechaba, advierte Zgustova, es que Habral sufría con todo aquello. Padecía y escrutaba hechos y personas. Huía de las mujeres que le gustaban. En su visión de hijo natural, el amor era un revuelto de pecado y fortuna. Un día, comenzó a leer a Ungaretti. Iba a la universidad y trabajaba de lunes a viernes. Sábados y domingos, en el silencio de la fábrica de cerveza, escribía poemas en la máquina Underwood de su padrastro. En aquellos primeros tanteos (sus primeros collages) volcaba sus sensaciones y naufragios íntimos. En la universidad se entregó a los libros. Leyó a Baudelaire, Rimbaud y Apollinaire, así como a Schopenhauer, Séneca, Plinio y a decenas de filósofos y literatos como Isaac Bábel, que sería el rey indiscutido del panteón de Hrabal. Viajaba dentro y fuera de su país. Pasaba días enteros, sumergido en galerías y museos. Cuando los nazis ocuparon Bohemia y Moravia, en 1938, se alegró de que sus estudios de leyes hayan sido interrumpidos. Fue cuando inició su periplo por los más estrambóticos empleos. Primero fue escribiente de una cooperativa ferroviaria; a continuación, obrero ferroviario (a partir de un episodio real, escribirá más adelante Trenes rigurosamente vigilados).

Leyó a los poetas malditos y a los surrealistas. Con el poeta Karel Marysko, redactó el Manifiesto del Neopoetismo, en 1945. Su poesía había adquirido una tonalidad provocadora. Al terminar la guerra, debió regresar a la universidad. No había llegado a odiar a los alemanes. Entre 1945 y 1946, durante un año fue miembro del Partido Comunista. Trabajó como agente de seguros. Luego fue alistado: durante unos meses entrenó como artillero. Entre 1947 y 1948, fue vendedor de juguetes, medicamentos, artículos de quincalla y fuegos artificiales.  Viajaba y se “embadurnaba” de las conversaciones y de cuanto registraba. Se enamoraba, pero sus relaciones no duraban. A la edad de 35, el Doctor en Derecho, poeta sin libro publicado, desempleado, concluyó que no podía seguir en la cómoda casa de sus padres ubicada en la fábrica de cervezas: decidió separarse de la enorme biblioteca, de los deliciosos platos que preparaba su madre y de una bodega de vinos única en Nymburk.

 

Otro hombre

Pasó a vivir en un barrio de Praga; tomó un trabajo como obrero metalúrgico; cambió su modo de escribir. Para usar el baño común, tenía que atravesar un patio. Hrabal estaba fascinado: nuevas personas a las que conocer (entre ellos, muchos gitanos), nuevas tabernas. Allí haría amistad con Vladimir Boudnik, que con el tiempo se convertiría en un reconocido artista checo. Mientras, los comunistas perseguían a los artistas. Se prohibían los libros, se encarcelaba a los escritores. Entre sus compañeros obreros había profesores universitarios, empresarios, científicos, banqueros, profesionales de distinto tipo, que fueron sometidos a trabajos forzados como castigo a sus ideas. Aquella paleta de mentalidades, le maravillaba. De todo aprendía. Constataba a Schopenhauer: “La vida de cada cual es una verdadera tragedia, aunque en sus detalles parece una comedia”. En su pensamiento –porque Hrabal era un pensador– se fraguaba lo que más adelante llamaría ‘realismo total’: “el arte de extraer de un metro cuadrado el mundo entero”. Escribía como vivía.

Más adelante, entre octubre de 1954 y febrero de 1959, trabajó en una recicladora de papel: ahí se hizo de una biblioteca extraída de los volúmenes que rescataba de los desechos. Leía a Rabelais, a Lao-Tse, a Schulz, a Kasek, a Kafka y a Joyce (que era uno de sus dioses tutelares). Reflexionaba en Manet, Dalí y Pollock. En 1955 conoce a Eliska Plevová, quien provenía de una familia de alta burguesía checa, a quienes los comunistas despojaron de sus bienes y persiguieron. Se casó con ella en diciembre de 1956. Más adelante, en 1970 se compraron una vivienda en Kersko, en un bosque en las afueras de Praga. Ahí Hrabal escuchaba a Smetana, Dvorak y Mahler, entre otros, y lloraba en silencio. En 1959, tres escritores se dirigen a la Asociación de Escritores Checoslovacos pidiendo que se le concediera a Hrabal un trabajo más acorde con su condición de escritor. Luego de un mejoramiento de sus condiciones, tuvo que dejar el trabajo. Lo siguiente fue que se convirtió en tramoyista de un teatro. En 1963, con 49 años, fue publicado su primer libro, una colección de narraciones llamada Una perla en el fondo del río.

 

Los años de apogeo

Una perla en el fondo del río recibió dos premios. De seguidas publicó Cuentos de los parlanchines y Lecciones de baile para adultos y adelantados. De repente, Hrabal adquirió una enorme popularidad. Se hacían colas para comprar sus libros. Lo invitaban a tertulias que lo agobiaban. Los elogios llovían. En 1965 apareció Trenes rigurosamente vigilados, novela escrita (“peinada”) con el objetivo de conectar con muchos lectores. Se hablaba de él como de una “verdadera revelación”. De inmediato se hizo una versión cinematográfica (que en 1967 obtendría un Premio Oscar a la Mejor Película Extranjera), y una teatral. Vino la publicación de los relatos agrupados en La taberna, nuevas reediciones, una edición titulada “Hrabal presenta”, con narraciones de otros autores que, por supuesto, arrancaban con Kafka, además de una larga cadena de simposios, debates, programas de radio y televisión y tantas otras actividades donde se hablaba de él, pero también se construía un mito. En 1968, como reacción a este torrente de versiones, publicó Fábulas y leyendas, montaje fabricado a partir de las tantas cosas que se afirmaban de su vida, su obra y su personalidad. Viaja mucho: decenas de capitales de Europa. Va a New York, donde queda hechizado ante la obra de Jackson Pollock.

En 1966 muere su padre (su padrastro). En 1967, su tío Pepín. En 1969, Boudnik se suicida (algunos años después publica Tierno bárbaro, que lo retrata). Ese mismo año, la censura impide la exhibición de una película basada en dos de sus cuentos. Dos libros suyos, Las flores nacientes y Deberes fueron enviados desde la imprenta a la planta procesadora de papel (allí, Eliska recogió y salvó algunos ejemplares). Le prohibieron publicar. Sus libros fueron retirados de las bibliotecas. El comunismo volvía a endurecerse. Entonces terminaron los buenos tiempos para Hrabal. Se alejó de Praga y de sus tertulias. Con su mujer, se refugió en su casa del bosque.

 

El solitario de la cabaña

Relee. Pasea por el bosque. Se deprime, pero ello agrega nuevos conocimientos de sí mismo. Sigue escribiendo, entre otras, una novela sobre su madre, Personajes en un paisaje de la infancia; una continuación dedicada al tío Pepín, La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo, y más adelante, Yo serví al rey de Inglaterra (1973) y Una soledad demasiado ruidosa (1976), novelas que, en el criterio de muchos, son sus obras maestras.

En enero de 1975 ocurrió un episodio que Hrabal lamentaría el resto de su vida: aceptó dar una entrevista a una publicación comunista, en la que justificaba al régimen. Desesperado por seguir publicando, el silencio impuesto quebró su voluntad. Hubo reacción: miles de lectores rompieron con Hrabal. Ivan Klima escribió un artículo condenatorio, “El doble Hrabal”. Pero ello no limpió el terreno para Hrabal. Algunas de sus obras anteriores fueron publicadas, mientras otras eran prohibidas. La tercera parte de su trilogía autobiográfica, Terrenos yermos, se publicó fuera de Checoslovaquia, y dentro en forma de ‘samizdat’.

En 1987 murió Sladek, su hermano menor. Unos meses después, murió Eliska, su esposa. En 1988, muere Karel Marysko, quizás el más entrañable de sus amigos. En 1989, circula de forma clandestina, una recopilación de textos y reflexiones, con el revelador título de ¿Quién soy yo? Vive con sus gatos. Va a Praga a beber cervezas. Lee y relee. El 3 de febrero de 1997, al tercer día de su hospitalización, Bohumil Hrabal se lanzó del quinto piso de su habitación.

 

 

Los frutos amargos del jardín de las delicias.

Vida y obra de Bohumil Hrabal

Monika Zgustova

Editorial Galaxia Gutenberg

España, 2014.