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Baile de máscaras

Jacqueline Goldberg y Lucho Rodríguez son los autores / Foto cortesía Forum Media

Jacqueline Goldberg y Lucho Rodríguez son los autores / Foto cortesía Forum Media

Estas palabras fueron leídas en la presentación del libro “¿Qué ves cuando te ven?” en la librería El Buscón el pasado 21 de abril

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La lectura del libro ¿Qué ves cuando te ven?, con ilustraciones de Lucho Rodríguez y poemas de Jacqueline Goldberg, me ha hecho pensar en tres nociones o conceptos que se agrupan en sus páginas sin que necesariamente nos demos cuenta de ello. La primera es Empresa y pudiera tener como apellido editorial. Esto es, la empresa editorial, sí, y más específicamente la empresa editorial venezolana, de cuyo patrimonio o historia todos hemos formado parte. Hasta hace pocos años, ganábamos premios en Leipzig, en Boloña; teníamos los mejores diseñadores, formados en el Instituto Neumann; contábamos con las mejores imprentas, con avances tecnológicos de primer mundo.

Era un mundo de esplendor, de sana competencia, con revistas prestigiosas, catálogos de arte que daban envidia, afiches que circulaban por el mundo, editoriales emergentes y un organismo rector que reunía a la industria editorial para distinguirla o premiarla. Llegaban escritores colombianos, investigadores argentinos o artistas brasileños a nuestro país y literalmente enloquecían. Éramos el modelo, la referencia, el mascarón de proa que surcaba los mares de la industria gráfica.

Es bueno recordar esto, y más hoy, porque se nos olvida que venimos desde esas cúspides, aunque ahora nos veamos como mendigos. Siempre ha sido más fácil destruir que construir, y esa construcción de nuestra industria gráfica llegó con nuestro modernismo arquitectónico, con el urbanismo que planificaba nuestras ciudades, con el ordenamiento territorial, con la ingeniería que dibujaba viaductos en el aire y trazaba puentes sobre los lagos.

Era un movimiento orgánico, que comenzaba en las escuelas, se esmeraba en especializaciones y luego profesionalizaba a los individuos con los más altos estándares. Pues bien, este libro –su factura, su colorido, su prestancia, sus cuidados– me hace pensar en la industria editorial que hemos tenido, en ese patrimonio bibliográfico de las últimas décadas del siglo XX, que aspiró a mucho y construyó catedrales donde antes solo había praderas. Este libro recoge ese legado, lo retiene y nos lo devuelve como imagen especular. Nos dice: así hemos sido, con esto hemos soñado, de estos fuegos hemos venido. Un ejercicio de reconstitución, un ensayo de recuperación que encierra una proclama: no tenemos que dejar de ser lo que hemos sido.

La segunda noción salta a la vista y tiene que ver con la Máscara, que es a lo que este libro se entrega bajo las minuciosas y coloridas ilustraciones de Lucho Rodríguez. Máscaras de muchas culturas, reinterpretadas o rehechas, silueteadas o alteradas, siguiendo lo que el mismo enmascaramiento propone: ser dejando de ser.

Desde las culturas más primitivas, la máscara cristalizó un deseo insoslayable de la condición humana: el de alteridad, el de ser lo que no soy, o el de aspirar a ser otro: pájaro, serpiente, ánima silvestre, dragón, oso. En mi rostro dibujo plumas para ser pájaro, cuernos para ser demonio, gotas de agua para ser lluvia. La analogía “esto es aquello”, que según Octavio Paz es la oración con la que reza de la poesía moderna, esconde finalmente la necesidad de cambiar de condición, de aspirar a ser corriente de agua, de fundirme en los astros.

“El poeta es un fingidor”, nos recordaba Fernando Pessoa, y la verdad es que no nos engañaba, pues quien escribe es en verdad otro ser, u otro hablante, u otro narrador. Un escritor puede firmar sus obras, pero nunca reconocer quién habla en lo que escribe, pues en cualquier torrente verbal siempre nadan más almas de las que uno supone. Quien se escucha al escribir oye la voz de los muertos, pero también la de los vivos, que se aglomeran con el solo propósito de trascender. La máscara que durante siglos se ha puesto un indio niska de Canadá para venerar a sus ancestros no difiere mucho de la alteridad que se inventa Flaubert para convertirse en Madame Bovary.

La tercera y última noción sería la de la Poesía, sin más, y aquí habría que alabar el extraordinario trabajo de acompañamiento o intervención que ha hecho Jacqueline Goldberg, que nunca es tarea fácil. Me la imagino recorriendo estas máscaras, descubriendo detalles, viendo lo que nadie ve. Hay frases o versos de este libro que se explican por sí mismos.

Viendo una máscara de los indios niska se pregunta: “¿Cuántos osos habrá atrapado esta máscara?” Detallando otra máscara de los indios hopi exclama: “Y así la muñeca ser tarde de lluvia”. Ante una figura chamánica del valle del Magdalena apunta: “Incontables son los rayos que desprende el sol en su hambre de párpados”. Y me quedo con esa última frase, “hambre de párpados”, para reconocer lo que siempre he sabido: que Jacqueline Goldberg es una notable poeta venezolana, de las más importantes de su generación, y que su obra no cesa de crecer en hallazgos, diversidad, temas, enfoques, asociaciones y voces.

Una finura verbal, una hondura de sentimientos, una vocería que es plural. O un verso que es quiebre, o una frase que es quebranto, o una palabra que es ahogo. Confluyen en esta poesía y la nutren conceptos como herencia, legado, origen, cuerpo, familia, feminidad, maternidad, enfermedad, ironía, mordacidad y también una que otra insolación, de las que se pescan en 

Miami Beach. Esta visión multifocal, multiabarcante, de una poeta original, proverbial, es el último, o quién sabe si principal regalo que este libro nos puede ofrecer al tratar de fundir las nociones que he  tratado de describir: el empeño por la forma, la máscara como el comodín de la alteridad y la poesía en tanto orificio para pasar a otro mundo, donde ya podemos quitarnos las máscaras con la más escueta de nuestras desnudeces.