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“Avril se aventuró a mostrar crudamente a los habitantes y la situación en la provincia”

“Avril se aventuró a mostrar crudamente a los habitantes  y la situación en la provincia” / Archivo

“Avril se aventuró a mostrar crudamente a los habitantes y la situación en la provincia” / Archivo

La publicación de Claudia Pignataro Henrique Avril: los rostros del desolvido, recibió el premio de la VIII Edición del Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (mención ensayo)

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Claudia Pignataro es licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello. Trabajó como productora creativa en Televen y es fotógrafa profesional. Su publicación Henrique Avril: los rostros del desolvido, recibió el premio de la VIII Edición del Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores Latinoamericana (mención ensayo). El libro estudia el proceso criollista de invención de la identidad venezolana a través del análisis riguroso de la revista El Cojo Ilustrado, que se publicó en el siglo XIX y comienzos del XX, enfocándose en uno de los fotógrafos, Henrique Avril, quien se destacó por aventurarse a revelar el lado más rural y crudo de la realidad de la época.

La construcción de nuestra identidad

—¿Qué es el criollismo?

—Un movimiento que tenía el objetivo de hacer que los lectores tuvieran una idea de lo que era la nación, a partir de ciertos símbolos como el territorio, lengua, raza o, más allá de eso, personajes y costumbres.

—¿Por qué comenzó en esa época y cuál fue el rol de El Cojo Ilustrado en el movimiento?

—Estamos hablando de la época de la posguerra. Habían pasado unos años de adormecimiento cultural y una vez que termina la Guerra Federal, se está formando una república. El tema de que la nación se estaba formando requería de la exaltación de un territorio, de una lengua y de un conjunto de habitantes. El mecanismo fue ese: mostrar las costumbres, los paisajes, los indígenas, etc. El Cojo Ilustrado fue la publicación que aglutinó todos los pensares de la época. Su valor cultural e histórico es invaluable. Muestra desde cómo eran las señoritas de sociedad hasta como lucían algunas calles de la capital y de la provincia. El Cojo Ilustrado es una fuente tan rica de los acontecimientos de la época que yo lo llamaría la biblia venezolana. Luego de El Cojo Ilustrado yo pienso que no hay un periódico o suplemento que materialice de forma tan rica nuestra identidad

—Habla de un criollismo tanto fotográfico como literario. ¿De qué manera están ligadas ambas disciplinas y cómo se diferenciaron en el reflejo del criollismo?

—Están ligadas porque la fotografía te abre un millón de posibilidades a la hora de emitir un discurso literario o ensayístico y viceversa. El criollismo se mostró tanto en la fotografía como en la poesía, el ensayo, la prosa, el cuento. Claro, no es lo mismo leer un cuento que ver una fotografía porque en un cuento el autor tiene el poder de que un montón de detalles y adjetivos lleven al lector hacia donde él lo quiere dirigir. En cambio la fotografía, a pesar del poder que tiene la imagen, tiene sus propias fronteras. En El Cojo Ilustrado los cuentos son los retratos de Henrique Avril hechos palabras. O bien son las fotografías de Henrique Avril, imágenes de los discursos literarios de los autores del momento, como Rómulo Gallegos o Blanco Fombona.

—¿Qué conseguían los lectores en El Cojo Ilustrado?

—Desde una noticia hasta cuentos. Tenía mucha parte escrita, pero también contaba con un repertorio de imágenes invaluable. Hay que recalcar que para la época había mucho analfabetismo, entonces, lo que representaba la imagen era más poderoso que el poder de la palabra. La gente se hacia una imagen de lo que era el país más que nada viendo fotos.

—¿Las fotos venían con historias?

—Sí. Y eso tenía una implicación ideológica, porque no es lo mismo tener una fotografía sin título a tenerla con un sentido o un significado. Los textos eran parte indispensable de la construcción de las imágenes.

—¿Por qué se enfocó en Henrique Avril?

—Porque es el único de esa generación de fotógrafos que muestra la realidad desde un punto de vista más documental. Muestra esa parte no tan benévola que, para su momento, era bastante de avanzada. Mientras que los demás se encasillaron en mostrar los signos de progreso, Henrique Avril fue más allá y se aventuró a mostrar crudamente a los habitantes y la situación en la provincia.

—¿Lo definiría como un artista o como un reportero?

—Tú ves una fotografía de Henrique Avril y hay arte allí pero creo que él no tenía el interés de ser artista, sino de trascender como un corresponsal que transmitía postales bastante cercanas a la realidad. Yo creo que aunque para la época no se estilaba decir reportero, ya que eso vino después, él es mucho más reporteril y documental que artístico.

—¿Por qué los indígenas y campesinos eran importantes, según él, en nuestra identidad?

—Ya aquí estaríamos jugando a la suposición. reo que él se interesó por la periferia porque él vivía en las afueras de la capital. Que él haya pensado que mostrar todo esto ayudaba a formar la identidad nacional no podemos saberlo. Pero pienso que él quería que su trabajo trascendiera por ese aporte humano.

—¿Por qué eligió ese título para su investigación? ¿Qué connotación tiene para usted la palabra desolvido?

—Aunque de hecho es una palabra que no existe, yo veo el desolvido precisamente como lo contrario al olvido. Las fotografías de Henrique Avril, en definitiva, te dejan una sensación de querer recordar todos esos rostros. Son como una reivindicación de los provincianos, de una manera que difícilmente los lectores olvidaron. Se encargó de inmortalizar a esos rostros anónimos que, de repente, no habrían tenido cabida en el lente de otro fotógrafo.

—Habla de un ideario nacional en el que El Cojo Ilustrado es una parte importante de este. ¿Piensa que los periódicos de hoy en día serían también parte de ese ideario?

—Claro. Los periódicos tienen un peso ideológico increíble en la nación. La identidad se juega mucho con la ideología. En definitiva una publicación, sobre todo hoy día que hay menos analfabetismo que en el siglo XIX, tiene un poder en el ideario nacional impresionante. El imaginario siempre se está construyendo, desde el XIX hasta nuestros días. De hecho, mucho de lo que nosotros pensamos sobre lo que somos se lo debemos al El Cojo Ilustrado y a todo ese poder que le dieron a los héroes nacionales, al panteón, al himno, a la bandera. Conforme pasaron los años eso que nos hace venezolanos se ha ido extendiendo; por ejemplo, ahora soy venezolano por El Ávila, soy venezolano por la corrupción, etc. Y esa extensión de nuestra identidad se debe en gran parte a lo que leemos y a lo que se publica en los periódicos.

—¿Considera que cada grupo con diferente situación económica o ideología política, tiene una identidad distinta?

—Creo que la identidad, a pesar de que siempre se habla de ella como parte de un colectivo, es en gran parte personal. Es decir, desde el principio siempre estuvo aunada al tema de que “quiero que veas esto y te identifiques”, entonces se llamaba a un colectivo; mientras más personas se creyeran el cuento de que toda Venezuela era progreso, mejor. Pero, hoy más que nunca, diría que la identidad es personal, porque, por ejemplo, hablas con una persona de tu generación y te dice que no se siente venezolano, pero hablas con otra y te dice que se sí se siente profundamente. Existe el tema de la migración, de la educación y de las ideas que hacen que nuestra identidad dependa de nuestro propio background.

—¿Tenía la revista, repercusiones políticas?

—Claro. Porque fue una publicación enciclopédica que funcionó bajo la mirada de gobiernos. No sé hasta qué punto había censura, pero sí estaba el interés de que se mostrara lo que estaba haciendo el gobierno. Por eso tantos fotógrafos se enfocaron en mostrar la Venezuela del progreso. Era como el lugar común de El Cojo Ilustrado. Si haces un estudio de sus páginas podrías poner 80% de imágenes y textos de todo lo bueno y un 20% de una mirada un poco más documental como la de Avril.

FICHA DEL LIBRO

Henrique Avril: los rostros del desolvido

Claudia Pignataro

Monte Ávila Editores Latinoamericana

Caracas, 2011