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El Ávila de María Elena Ramos

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Palabras leídas en la librería El Buscón de Caracas, en marzo del año pasado

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“El culto al Ávila forma parte del culto a la ciudad. La neurosis de la gran urbe alcanza caminos de fuga en la contemplación del cerro. El monte pareciera poseer los caminos de la paz. Quien se incorpora a la vida de Caracas no adquiere signos dela caraqueñidad hasta que aprende a interpretar las luces del cerro majestuoso”.

Quien esto afirma es Mario Briceño-Iragorry, uno de los tantos intelectuales andinos quese asentaron en Caracas e hicieron de esta ciudad un lugar natal tan propio como Trujillo, La Gritao Tovar,ciudades que al igual que Caracasnacieron y han vivido cobijadas desde siempre por la presencia protectorade grandesy hermosas montañas.

Lo llamativo de este texto, escrito a mediados del siglo XX,es que Briceño-Iragorryhabla yadela “neurosis de la gran urbe”y de la montaña como “camino de paz”.Pero lo que mejor explicay lo que será una verdadhasta el presente,cuando María Elena Ramos entra en escena, es la sentencia de que nadieadquiere “los signos dela caraqueñidad”hasta que aprende a leerlos códigos secretos, las luces de la montaña.Briceño-Iragorry,en condición de inmigrante interior, nos está diciendo:si no entiendes la montaña, si no te acercas a su hechizo y sus encantos,no puedes entender ni amara la ciudad.

Eso, supongo yo, fuelo que entendió hace mucho tiempoMaría Elena Ramos cuando, lo dice ella en el prólogo, por petición de esa gran editorial que es Playco, se propuso este trabajo titánico de comenzar la larga y rigurosa investigación que ha dado vidaa este libro monumental El Ávila en la mirada de todos.¿Qué hace María ElenaRamos?Pues intentarleerlas luces del cerro majestuoso a través del más adecuado instrumento para develar enigmas, subrayar bellezas y desentrañar el sentido profundo de la naturaleza y la creación humana, los lenguajes del arte.

Con ese propósitoMaría Elena Ramos inició y concluyó esta empresa, un tanto ambiciosa, dereunir y darle sentido a una notable muestra de lasmanerascomo los artistas,venezolanos o visitantes extranjeros, se han dedicado por siglos a recrearla presencia de esa pared vegetal que aun mismo tiempo une y separa el valle de Caracas con el infinito azul del mar Caribe.

La clave para entender este portento impreso que esta noche presentamos nos la adelanta su autora desde la Introducción cuando se pregunta: “¿Cómo se va transfigurando el Ávila en su pase desde la naturaleza hasta el arte?”Y ella misma se responde: “Cuando a esta forma natural…el arte nos la hace ver de otra manera, como un detenimiento,como una penetración en el espesor de los lugares que la geografía ofrece haciéndonos reparar en algún espacio del universo que estaba allí –en el objeto vegetal mismo, en la constitución de las rocas, en el ambiente que nos envuelve– pero que no había sido suficientemente tomado en cuenta en el trato humano cotidiano con esos elementos”.

Pero hay otra manera, agrega nuestra autora, como nuestra montaña sagrada se trasforma en arte. Y es la que ocurrecuando la montaña se convierte en pretexto y el artistapone sobre ella nuevos valores y expectativas,desdeelpurogoceestético dedisfrutar una vista –mirándola primero, recreándola después–, hastalaadjudicación o, permítanme agregar,la transferencia al paisaje, de los propios estadosdeánimo, convirtiéndola en lugar para transmitir valores extrartísticos, utopías, ideas morales, religiosas o nacionales.

Ambas maneras las resume muy bien María Elena Ramosaplicándoles a los artistas del Ávila la sabiduría de Paul Valéry que ella misma cita. “Cada artista, nos dice Valéry, tiene sus particulares relaciones con lo visible. Unos se dedican a restituir lo que perciben tan fielmente como pueden. Otros desean hacernos sentir lo que sienten ellos ante la naturaleza, y pintarse al pintarla. Otros para quienes la naturaleza es diccionario, beben en ese compendio elementos de composición”.

Esasmaneras de relacionarse entre el artista y la naturaleza, en este caso entre los artistas y nuestra montaña,se suceden,solapan, entrecruzany se complementan en esta galería visualque reúne desdeNuestra señora de Caracas, una pintura anónima,fechada en1766,considerada como lamásantiguaimagenconocida delaciudad,enlaque por supuestoelÁvila está presente,en este caso como telón defondo; hasta trabajos másrecientes como los deMiguelAmat, Avislase llama, una serie de fotografíasdel 2002 donde la montaña se deconstruye en islas, o en Ella,una fotografía de Muu Blanco hecha en el 2008 en la que el Ávila se vuelve sugestiva y sensual figura femenina.

Es un largo itinerario deun poco más de dos siglo. Pero, atención,no estamosante un tratado de historia de la fotografía de un lugar, ni una interpretación linealmente cronológica. Nisiquiera anteun intento de clasificar por géneros, escuelas estéticas o soportes materiales, las obras que han dialogado con la montaña durante tanto tiempo. Haber compilado y analizado este corpus artístico es de por sí una proeza. Pero el gran aporte autoral,laguía de lectura e interpretación quenosofreceestelibro,esque la organización e interpretaciónde lasobras reunidas están hechaa manera de un viaje, a la vez exterior e interior,que nos ayuda a entender cómo ha sido recreada la montaña a partir dellugar desdedonde se le mira o desde donde se mira a sí mismo el artista que mira. Y cuando decimos lugar, no nos estamos refiriendo solo a espacio físico sino a espacio subjetivo, estético, anímico.   

María Elena Ramos confiesa en la Introducción que en el GuarairaRepano, como la llamaban los pueblos originarios, existe algo de ilimitado, de inabarcable en su totalidad, lapercepción que tenemos de la montaña es siempre incompleta. Inconclusas nuestras aproximaciones. En consecuencia, la tarea que se propone con su libro no es otra quela de ayudar al lector ahacerse una percepción lo más completa posible de la montañaayudándole a mirarla desde muchas perspectivas.

Escomo un guión cinematográfico. En el viaje exterior nos muestra primero a los artistas que la miran “Como viniendo desde el mar”, los que se encuentrancon el frente marino que generalmente incluye LaGuaira y el mar, enla que podemos encontrarla mirada generalmente deslumbrada del viajero extranjero que arribaalcontinente como esa alucinante imagen de Dutton, que pareciera sacada de una página de Verne o la obra de Reverón contemplando,como si fuera también un viajero,la Casa Guipuzcoana.

Luego le sigue el “Tránsito entre mar y valle”, los registros, interpretaciones de cuanto existe y ha ocurrido en el interior de la montaña hecha camino, lugar de tránsito,espacio de contemplación.Allí podemosdisfrutar desde la clásica estampa de“Calle de La Guaira” de Bellerman, a finalesdel siglo XIX,hasta fotografías anónimasdela construcción delferrocarrilguzmancista o impresionantes fotografías aéreas de CharlesBrewer Carías.

La próxima estación es, quizás la más conocida, la que mayor impronta ha dejado en el imaginario colectivo: la de las grandes panorámicas, que la autora adjetiva como “El norte de los artistas”, porque es el frentedel Ávila que sirve de norte y referencia a quienes vivimos en Caracas. En este campo dominan las vistas frontales, con la montaña extensa y entronizada sobre cualquier referencia urbana. Aquí podemos encontrar desde las estampas absolutamente bucólicas de Frederick Verner, pasando por supuesto por las ya clásicas postales de Manuel Cabré.

Para seguir el viaje la autora nos lleva a mirar “Desde lo alto” y nos muestra una delas facetas menos conocidas: cuando la montaña deja de ser objeto de contemplación y se vuelve palco,balcón, lugar desde donde se miran de un lado el mar y el puerto, del otro, la ciudad.Miradas realistas de las ruinas del Fuerte de San Rafael, por ejemplo, en las fotografías deAlejandro Toro, o atisbos de ciudad adivinándose entre la maleza de la fresca montaña de Adrián Pujol.

Y al fin llegamos al“Ávila adentro”, ni mirada desde lejos, ni lugar desde donde se mira, ahora laautora reúne a los artistas y piezasque han mostrado ese cofre taumatúrgico donde conviven castillos coloniales como lospintadosporBellerman, piezas colosales de la modernidad como el Hotel Humboldt y el Teleférico,fotografiadas por Carlos Ayesta,con bosques húmedos ocascadas inmaculadascuyos detalleshan sido minuciosamente dibujados por Nicolás de Ferdinandovo recreados por Teresa Casanova.

Entoncescomienzaelviaje interior. Siguiendo la fórmula deValéry, cuando el artista al pintar sepinta así mismo y obtiene fuentes delacomposición. Llega primero “La forma y sus desvanecimientos”. Ahora lamontaña se hace tenue,como en elhermosoóleo de Luisa Palacios tituladoLuz carboniada; invención pura como Ausencia de un centro reencontrado dePanchoQuilici; espacio lunar, como en la fascinante foto de Carlos Herrera,Paisajecon nubes;segmentación arbitraria,como enlas sucesivas obras de José Campos Biscardi, tan atado alÁvilacomo Cabré;abstracción deslumbrante, como en ÁvilaHalley de Jorge Pizzani;símbolo nacional,como enProyectopara cubrir una bandera de Margot Romer.

Noquiero dejar de señalar tres elementos importantes de este libro. Primero, el que María Elena Ramoshaya incluido como compañeros de viaje a cuatrootros autores queenriquecen el libro literariamentey le confieren una mirada transdisciplinaria. El prólogo de JoséBalza,uno delos grandes denuestraliteratura, esun esplendido y gozosopaseo por lamaneracomo nuestros cronistas y escritores hanhechodelÁvila unobjeto deculto.Elensayo de nuestro amigo,elurbanista, Marco Negrón, coloca en su justo punto larelación entrelamontaña yla ciudad como espacio urbanosin esquivar sus implicaciones políticas. Pedro Cunill Grau, uno delos grandes estudiosos denuestra geografía,recrea la significación geográficapero también cultural  e histórica delamonumentalidad geológica del Ávila y,para cerrar, Ricardo Gondelles,periodista,escritor y editor, nos lleva depaseo alinterior delamontaña con lagenerosidad de un guía que conoce y valora en detalleaquello quemuestraorgulloso.

Hay frases bellas recogidas en estelibro. Meemociona lade Orlando Araujo cuando dice que “El Ávilaesun toro, unaesfinge,un lomo delagarto azul y verde y amatista, unanimaltanpoderosamente echadoentre elmar y laciudad que por sus coyunturas bajanlos ríos de niebla muy arriba y golpesdeespumamuy abajo”. Megusta la de JoséBalza cuando comienza diciendo: “Este esunlibro que permite vivirmás. Con él la montaña se nos hace personal, propia”.

Quiero terminar diciendo que en este libro confluyen dos delas grades vocaciones que han signado la vida profesional de María Elena Ramos: el amorpor Caracas y la pasión por el arte, en cualquiera de sus manifestaciones. Hace muchos años, cuando me correspondió dirigir la Fundación para las Artes y la Cultura (Fundarte), y María Elenahacía lo mismo en el Museo de Bellas Artes, luego de una reunión, María Elename dijo: “Si algún día se organiza un club de enamorados de la ciudad, me gustaría estar entre sus primeros miembros”.

El club no se hizo, pero María Elena no ha dejado de dar sus testimonios de amor por la ciudad. La hemos visto participando con propuestas estéticas en las semanas aniversarias de Caracas, en los foros realizados a partir del proyecto“Cien ideas para la ciudad”, y ahora se presenta con una caja de festivos colores a entregarle a Caracas, como si de una fiesta infantil se tratara, uno de los más hermosos, delicados, laboriosos, complejos y rigurosos regalos que la ciudad haya recibido jamás, el más acabado libro que se haya hecho alguna vez sobre la relación entre el Ávila, el arte y los artistas.

Quiero terminar esta noche diciendo que de ahora en adelante cuando hablemos de MaríaElena Ramos se nos va a llenar el corazón de Ávilasen cadauna de las versiones que nos ha legado la devociónde losartistas que lo han recreado.Gracias María Elenapor hacerunlibro que “nos permite vivir más”.