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La Autoridad, según J. M. Bochenski.

Joseph Maria Bochenski

Joseph Maria Bochenski

“La primera pregunta que hay que formular, teniendo a la vista los dos espejos cóncavos deformantes de la autoridad, la rebeldía y el exagerado sentido carismático de ejercerla, sería la de establecer la categoría a la que pertenece la autoridad”

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Cuando lo llamaron a filas en 1920 a raíz de la invasión soviética de Polonia,  J. M. Bochenski tenía 18 años, había concluido con honores el bachillerato, era bilingüe en polaco y en alemán, poseía buenos conocimientos de los dos idiomas clásicos latín y griego y todo ello adquirido dentro del monasterio de los padres dominicos de su ciudad natal. El sometimiento a la autoridad militar, ejercida en su caso por un joven suboficial admirable por su capacidad, no solo para hacer cumplir las órdenes, sino para resolver cualquier problema que  confrontara la tropa, puso en la pista al soldado Bochenski de que en la palabra auctoritas latina había componentes que, de momento no acertaba a expresar.  O sea que no era lo mismo la autoridad del que manda que la autoridad del que sabe, como en el caso del suboficial en el que confluían ambas.

La anécdota de su primer encuentro con la autoridad como soldado la contó Bochenski al comienzo del seminario en el que tuve la suerte de participar en el verano del 76. Fueron dos días de intensa y gozosa reflexión sobre la lógica de la autoridad.

La anécdota de todas maneras –como pude constatar después– aparece también en el libro de Bochenski: ¿Qué es la autoridad?

Cuando apareció ese libro, Bochenski había profesado ya en la Orden de los dominicos y hacía honor a las siglas de la Orden, OP, Orden de Predicadores, con la diferencia de que el campo para el que estuvo dotado con el don de la expresión fue el de la filosofía.

Tanto su recuerdo como el libro que sirvió de guión para aquel seminario, me han acompañado hasta hoy; y no solamente por la fascinación del personaje, sino porque ya entonces había anunciado que las grandes crisis por venir tendrían que ver con las de la autoridad.

Personalmente, he sostenido que este vertiginoso cambio de época que se trasluce actualmente en la avalancha de la información, va a ocasionar una situación parecida a la que se produjo en el Renacimiento con la invención de la imprenta, la cual liquidó, entre otras, la concepción de autoridad, divinizada durante la Edad Media. Fue la aparición del homo divinus y el deus humanus mucho más allá de cualquier interpretación lingüística.

¿Sería conveniente en vista de ello hacer un breve repaso del pensamiento de Bochenski en el supuesto de que nos encontramos ante una crisis de la autoridad?

Esta nota tiene ese propósito.

La primera pregunta que hay que formular, teniendo a la vista los dos espejos cóncavos deformantes de la autoridad, la rebeldía y el exagerado sentido carismático de ejercerla, sería la de establecer la categoría a la que pertenece la autoridad. Las cosas se presentan como objetos, como propiedades o como relaciones. Si la autoridad no es un objeto, como lo es la pared de enfrente, la autoridad debería ser entonces o una propiedad o una relación. Naturalmente, la autoridad, más que una propiedad, es una relación terciaria y en tal sentido, sus elementos son el portador de la  autoridad, el sujeto sobre el que se ejerce y el campo de competencia de la misma. Si se concibe la autoridad como una propiedad, el sujeto sobre el que va a recaer va a estar más cerca de la esclavitud que de otra cosa. La esclavitud que no figura hoy como acto público, existe en la explotación laboral, en el trabajo infantil o en la llamada trata de blancas, para citar solo tres casos. Todo ello por arrogarse una propiedad indebida sobre la condición humana.

Por tanto, la autoridad para bien ser, es una RELACIÓN. Claro que una relación, la de un hombre con otro, la del que manda, en este caso, con la de quien está dispuesto a obedecer sobre un determinado asunto, puede ejercerse de dos maneras: mediante órdenes (que implican una manera determinada de comportamiento) o mediante recomendaciones o consejos. Si utilizáramos una desinencia griega para expresar estas dos formas del ejercicio de la autoridad, podríamos hablar de una autoridad deóntica o la que implica deberes y una autoridad epistémica o la del que sabe, la del que reúne una determinada competencia en un campo del conocimiento. La autoridad puede ser, por tanto: deóntica o epistémica.

La autoridad deóntica se basa en la consecución de un fin práctico mediante una orden. El delincuente que me asalta para que le entregue mis pertenencias, me ordena que le de mis cosas bajo amenaza de muerte.

Pero, otras órdenes dependen de lo establecido previamente por un legislador las cuales teóricamente, persiguen el bien de los miembros de una comunidad. Su cumplimiento o no puede acarrear consecuencias. En las órdenes que  debe trasmitir a la tripulación el capitán de un barco para evitar el naufragio, tal vez haya tomado en cuenta la experiencia de algunos de los tripulantes considerados como lobos de mar. Esos  viejos lobos de mar, al ofrecer al capitán, sus recomendaciones han echado mano de una autoridad epistémica,  aprendida en ocasiones parecidas.

Los consejeros, consultores, expertos e incluso ministros  con los que cuentan los hombres de gobierno para evitar la deriva del estado al que representan, deben conformar una mezcla deseada entre la conjunción de quienes ejercen la autoridad deóntica, asistidos con el respaldo de quienes poseen una  autoridad epistémica.

Naturalmente, el éxito de los fines que han de lograrse en uno o en otro caso dependerá de la elección los consejeros o asesores en buena  medida. Si los  consejeros son los apropiados para el gobernante, o los lobos de mar para el capitán del barco en peligro, en ambos casos deberá imponerse la autenticidad: que el gobernante aspire al bienestar de los gobernados y que quienes les ayudan a tomar las decisiones, dispongan de la debida competencia para ello.

Cuentan que Franz Joseph Strauss, quien tanta figuración tuvo en la política alemana de la posguerra, tenía a su servicio a un periodista que escribía todo lo que pensaba Strauss mientras fue presidente de la región de Baviera. Pero sucedía, a su vez, que luego, Strauss pensaba lo que el periodista escribía. O sea, una  vuelta en torno a sí mismo.

Hace unos días, un político catalán recomendaba no enseñar español a los niños catalanes porque el español es un idioma de pobres…

Evidentemente, la situación del fracaso en el ejercicio de la autoridad en estos tiempos bascula entre estos dos ejes: la veleidad –la del atolondrado político catalán recomendando no estudiar español– y la del tautológico consejero alemán. Dicho de otra forma, la situación actual de muchos de los que ejercen la autoridad roza en lo ridículo con no poca frecuencia, o en el engaño, en otras, a merced del desbordante sentido carismático con el que nos tienen acostumbrados a los gobernantes de marras.

 

***

J.M. Bochenski murió a los 93 años. Vivió a plenitud. Sigue siendo considerado como uno de los más connotados especialistas en lógica matemática; fue rector de la Universidad suiza de Friburgo, piloto de aviones, corredor de automóviles de formula 1, gustador de la amistad y de la más noble de las convivencias con los filósofos de su tiempo. Mario Bunge se ha referido al miedo que pasó recorriendo una región de Austria en  un automóvil, conducido por Bochenski, una noche a 150 kilómetros por hora. Juan Nuño, quien hizo un curso completo con Bochenski de lógica matemática, destacó el sentido deportivo con el que Bochenski encaró sus compromisos filosóficos. Bochenski y Nuño fallecieron, por cierto, con diferencia de meses, el mismo año, en 1995.

 

 

Was ist autorität?

Bochenski, J.M:

Herder Verlag,

Freiburg im Breisgau, 1974.