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Auschwitz y el antisemitismo en Europa

Conmemoración del Día Internacional del Recuerdo del Holocausto y el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau | EFE

Conmemoración del Día Internacional del Recuerdo del Holocausto y el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau | EFE

Este artículo fue publicado por “El Imparcial”, España, el 24 de enero de 2015

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Cada 27 de enero se celebra en España el Día Oficial de la Memoria del Holocausto y la Prevención de los Crímenes contra la Humanidad. Este año se ha confirmado la asistencia de Su Majestad el Rey D. Felipe al acto de Estado que se celebrará el próximo martes en el Senado. Su presencia en la primera celebración de este día desde que fue proclamado rey tiene un gran valor simbólico. No hay que minusvalorar el profundo significado de estos gestos. Aún se recuerda la visita de Sus Majestades los Reyes a la sinagoga de Madrid el 1 de abril de 1992 que simbolizó el fin de cinco siglos de exilio y en la que D. Juan Carlos pronunció unas palabras históricas: “Sefarad ya no es una nostalgia sino un hogar”.

La conmemoración de este año tiene lugar pocas semanas después de los trágicos crímenes contra Charlie Hebdo y el mercado kosher que conmocionaron al mundo entero. La manifestación cívica convocada por el presidente de la República Francesa François Hollande y su visita a la Gran Sinagoga de Paris han simbolizado el compromiso contra el terrorismo y el antisemitismo. Manuel Valls pronunció, frente al supermercado donde el yihadista Coulibaly había matado a cuatro personas –a cuatro judíos, ¿por qué no decirlo?– una frase que se ha hecho célebre: “Francia sin los judíos ya no es Francia”. El gran cineasta Claude Lanzmann hizo suyas estas palabras en un artículo de Le Monde para reivindicar un nuevo compromiso en el que resuena la voz de Emil Fackenheim: no dar a Hitler una victoria póstuma.

En los años que precedieron al Holocausto, los intelectuales judíos vieron el fuego que amenazaba con incendiar toda Europa, ese fuego en el que ardían los libros de autores prohibidos. Joseph Roth entonó el réquiem por la alta cultura europea: “Pocos testigos en todo el mundo parecen darse cuenta de lo que significa la quema de libros, la expulsión de los autores judíos y todos los demás desvaríos llevados a cabo por el Tercer Reich para aniquilar el espíritu […] Nosotros, los escritores alemanes de origen judío, en estos días en los que el humo de nuestros libros quemados sube hasta el cielo, hemos de reconocer sobre todo que hemos sido vencidos. Nosotros, que hemos constituido la primera oleada de soldados, que hemos luchado bajo el estandarte del espíritu europeo, hemos de cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconozcamos nuestro fracaso”.

Después de siglos de hostigamiento, discriminación y odio, el camino a Auschwitz estaba trazado. Entonces llegó Hitler con su séquito de profesores e intelectuales que respaldaron sus políticas de exterminio, con sus médicos que certificaron la natural inferioridad del judío, con sus ingenieros que diseñaron los campos y sus generales que invadieron países y peinaron los pueblos y las ciudades hasta encontrar al último hijo de Israel para matarlo.

Hoy pocos parecen darse cuenta, parafraseando a Joseph Roth, del significado profundo del asesinato a manos del salafista Mohamed Merah del rabino Yonatan Sandler, de sus hijos Aryeh y Gabriel y su amiga la niña Miriam Monsonego en marzo de 2012. Pocos parecen ser conscientes de la trascendencia del atentado contra el Museo Judío de Bruselas o de la protección policial y de seguridad privada que necesitan las escuelas, sinagogas y edificios comunitarios judíos hoy en Europa. Los mensajes antisemitas que proliferaron en las redes sociales en mayo del año pasado después de un partido de baloncesto que ganó el Maccabi de Tel Aviv significan algo que Europa no quiere aceptar. Los asesinatos de Charlie Hebdo y del marcado kosher de Porte de Vicennes nos muestran el rostro atroz de la barbarie que hoy amenaza nuestro continente y el conjunto de valores que damos en llamar Occidente.

He aquí la responsabilidad que gravita sobre nuestro continente. El antisemitismo nació y creció en Europa. Aquí se ha mantenido latente para aflorar en distintas ocasiones. Hubo un tiempo en que ser antisemita era una moda. Había publicaciones antisemitas, libros antisemitas y partidos políticos que hacían del odio a los judíos una bandera que reunía multitudes. El camino a Auschwitz nació hace siglos en Europa. Hoy, una vez más, el discurso de odio contra los judíos se nutre del racismo tradicional de los partidos de extrema derecha de nuestro continente y de sus extensiones en Estados Unidos, Hispanoamérica y otros lugares. Ahí tienen a los griegos de Amanecer Dorado o a los grupos juveniles de nazis y neonazis que exhiben esvásticas en los partidos de fútbol de la liga española o los alrededores de los estadios.

Sin embargo, el odio a los judíos no es patrimonio solo de la extrema derecha.

El antisemitismo ha adoptado nuevas formas para seguir manteniendo los mismos odios y la extrema izquierda las ha abrazado con fuerza en Europa: la asociación de los símbolos y las imágenes del antisemitismo tradicional –por ejemplo, el asesinato de niños– a los símbolos del estado de Israel, la comparación de la política del Estado de Israel con la de los nazis, la utilización de un doble rasero para comparar a Israel con otros países o la caracterización del Estado de Israel como un proyecto racista. En estos tópicos y estas consignas, la extrema derecha y la extrema izquierda se encuentran. En el fondo, el viejo discurso antisemita identificaba a los judíos, a la vez, con la revolución y el capitalismo, con la modernidad y el atraso, con la sofisticación y la barbarie. Las estructuras de odio antiguas se han adaptado a los tiempos modernos. Hay gente que para condenar el Holocausto debe justificarse diciendo que eso no equivale a aceptar “lo que hace Israel con los palestinos”, como si esa autojustificación significase algo o como si temiese no tener una plaza en la próxima flotilla a Gaza.

Esta misma retórica antisemita la encontramos en la propaganda islamista y yihadista que se distribuye en las periferias de las ciudades de Europa. Este mismo discurso del odio se difunde a través de internet y alimenta la radicalización y la violencia que terminan llevando al terrorismo. No insistiré en lo que he escrito ya muchas veces. No, no todos los musulmanes son violentos –ni siquiera lo son la mayoría– pero el islamismo y el yihadismo son realidades que no pueden soslayarse. El odio a Europa y a Occidente –una civilización cuyas señas de identidad son, entre otras, la libertad de expresión y la libertad religiosa – se propagan en sitios web y espacios públicos. Parte de ese odio a Europa y a Occidente es el odio a los judíos. Hemos visto en las últimas semanas manifestaciones de apoyo al Estado Islámico. Se unen al imaginario de concentraciones en favor de Hamás o Hizbolá, por poner dos ejemplos, al que ya nos hemos acostumbrado en las ciudades europeas. Por desgracia, hay cierto antisemitismo que goza de buena prensa entre algunos intelectuales que se consideran progresistas. So pretexto de defender la sociedad abierta, equiparan a quienes aceptan sus postulados con quienes quieren destruirla. Una supuesta vocación humanista no puede servir para deconstruir toda forma de humanismo y equiparar civilización y barbarie como si el llamamiento al exterminio de judíos, de cristianos o de cualquier otro –los yazidíes, los kurdos– fuese irrelevante a la hora de juzgar a un grupo político o a un movimiento. Ya hablaremos de eso otro día.

En esta semana, tendremos la ocasión de recordar y renovar los votos en favor de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Recordaremos el sufrimiento del pueblo judío, el pueblo gitano, los homosexuales, los republicanos españoles. Se elevarán voces de condena por lo que los nazis y sus colaboradores hicieron. Habrá, pues, una ocasión para pensar en el antisemitismo en Europa y para plantearse qué hacer.

No podemos engañarnos en esto. Europa debe apostar sin vacilación por defender su sistema de libertades y derechos y sus valores como civilización, esos valores que de nuevo peligran por el antisemitismo de entonces y el de ahora, el viejo y el nuevo, que en el fondo confluyen en el odio de siempre. Si, al día siguiente de las conmemoraciones, nuestras sociedades siguen tolerando las manifestaciones de odio hacia los judíos, Europa terminará fracasando. Si permitimos que el antisemitismo se disfrace de odio contra los israelíes, nuestro continente estará perdido. Si seguimos tolerando los dobles raseros, las equiparaciones de Israel y la Alemania nazi y las demonizaciones, vengan de donde vengan, la memoria del Holocausto será traicionada y nosotros seremos los responsables.

Horacio Vázquez Rial escribió unas palabras que recuerdo ahora: “Hace unos años, yo pensaba que, si caía Israel, el resultado inmediato sería un pogromo planetario, con cosacos y SS de todos los colores en una prolongada matanza, ya no industrial, como en los lager, sino artesanal, hasta acabar con el último judío. Ahora sé que no será así, que no cesará con el último judío, sino con el último lector, el último escritor, el último músico, el último científico, el último hablante. Si Israel cae, la sharia se impondrá en el estilo Pol Pot, con la colaboración de los mismos que miraron con simpatía a los jémeres rojos, víctimas del imperialismo y otras majaderías. Si Israel cae, habrá un Reich de mil años, un terrible retorno a las edades oscuras”.

Europa no está abocada a repetir su historia salvo que la olvide. La barbarie no tiene por qué tener la última palabra. Hay que recordar que los nazis y sus aliados sembraron Europa de muerte y destrucción pero fracasaron en su intento de exterminar al pueblo judío como fracasaron en su deseo de conquistar el mundo. Cuando todo parecía perdido, hubo hombres como Jean Moulin o Jan Karski, católico polaco que dio testimonio del horror de los guetos y las deportaciones, y mujeres como Irena Sendler o Carmen Santaella, una de las dos Justas entre las Naciones que honran el nombre de España. La historia del Holocausto es también la historia de quienes resistieron, de aquellos que, como el hombre rebelde de Camus, se atrevieron a decir “no”.

Francia sin los judíos no sería ya Francia, como Europa sin los judíos no sería ya Europa. El antisemitismo, que hoy crece en Europa alimentado desde los extremos políticos y desde el fanatismo islamista, amenaza la identidad misma de nuestra civilización. Si Europa fracasa, si Europa cede ante las exigencias de los radicales religiosos o políticos, los nazis, sus aliados y sus colaboradores habrán tenido una victoria póstuma.