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Asia, Lejano Oriente Y Melodías Disonantes

Isaac Chocón en el año 2009 | Foto: Henry Delgado

Isaac Chocón en el año 2009 | Foto: Henry Delgado

“Es una pieza que no posee una estructura narrativa clásica; se divide en dos actos estructurados en escenas que pueden alterarse en orden, pues no tienen uno establecido. Además existe un discurso metateatral, esto es la reflexión del dramaturgo sobre su arte y el reconocimiento por parte de los actores de su propia condición en la escena”

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Isaac Chocrón (1931-2011) es mi dramaturgo venezolano favorito, y al saber que su pieza Asia y el Lejano Oriente volvería a las tablas de la mano de Javier Vidal no pude sino emocionarme. Después de verla, sin embargo, recordé las palabras que en una ocasión le dijera Alfred Hitchcock a François Truffaut: De un guión bueno puede salir una mala película, pero de un guión malo es imposible que salga una buena película.

Esta versión para comedia musical de Asia y el Lejano Oriente explica el primer escenario planteado en la afirmación del legendario director: un texto estupendo del difunto maestro Chocrón con una adaptación que atrae la atención por poseer el recurso de la música y el baile, pero que en la práctica resulta algo decepcionante.

Para explicar qué es lo que en mi opinión falla en esta ecuación es necesario separar el texto de su adaptación, pues en este caso resultan ser cosas muy distintas. Asia y el Lejano Oriente fue estrenada en 1966 en el Teatro Municipal de Valencia, bajo la dirección de Román Chalbaud. Es una pieza que no posee una estructura narrativa clásica; se divide en dos actos estructurados en escenas que pueden alterarse en orden, pues no tienen uno establecido. Además existe un discurso metateatral, esto es la reflexión del dramaturgo sobre su arte y el reconocimiento por parte de los actores de su propia condición en la escena. Así lo demuestra Chocrón en la descripción de sus personajes: Todos son actores que están representando esta pieza con aire de vodevil. El público deberá estar siempre consciente de tal condición.

Esta estructura innovadora es el resultado de un experimento de depuración realizado por Chocrón para simplificar su lenguaje dramático y escénico, como apunta el crítico Leonardo Azparren Giménez en su libro Lecturas del Teatro Venezolano. Como resultado de esta experimentación nacen Asia y el Lejano Oriente (1966), Tric-Trac (1967) y Alfabeto para Analfabetos (1973), que comparten características comunes como la simplicidad en los elementos escénicos y ser atemporales, lo cual permite a cada una ser adaptada con facilidad. Esto no ocurre por ejemplo con Simón (1983), que hace referencia a dos personajes históricos concretos en un tiempo y espacio geográfico determinados.

En el caso específico de Asia y el Lejano Oriente la escasez de elementos escénicos permite a los actores ser diez y trescientos a fin de abarcar el mapa, como dicen a coro al comienzo de la pieza. La desnudez de la escena, aspecto en el que Chocrón hace énfasis, permite que ésta se convierta en un parque, un centro electoral o una oficina gubernamental. El único hilo conductor, el principal tema es el grupo de personajes que aquejados por la inseguridad y la inestabilidad económica deciden poner a su país en venta y esperar a que una potencia mundial decida comprar su territorio y resuelva sus problemas.

A diferencia de otras piezas teatrales, los sujetos que viven en Asia y el Lejano Oriente no son personajes sino un juego de roles en el que cada uno se desdobla a medida que transcurre cada escena. De esta forma el que fue ladrón en una puede ser bachiller en la siguiente, y el que fue anfitrión en la tercera escena puede ser el Presidente en el segundo acto. Ninguno presenta un cambio profundo ni se enfrenta a dificultades que lo hagan crecer, como es común en la construcción de un personaje. El rol en cambio es algo temporal, tan temporal como el paso de estos seres por ese país en extinción que es Asia y el Lejano Oriente.

Pero la gran maravilla de este texto es también su mayor desgracia: con 48 años de existencia, sigue siendo el vivo retrato de un país cuyos habitantes no muestran mayor interés en unirse para sacarlo adelante sino en venderlo y recibir el dinero correspondiente a su “parte”. Chocrón supo plasmar en el papel una realidad que más que vivirla nos somete: la burocracia y la desidia de las oficinas gubernamentales, las colas interminables, el discurso eterno de los políticos, próceres olvidados, y ese término abstracto y desgastado que es la Patria: ¿Qué significa ser patriota? ¿Cuán patriota se puede ser en un país que no brinda oportunidades? Esas son las preguntas que plantea Asia a través de sus diez habitantes.

Sin embargo la versión para teatro musical realizada y dirigida por Javier Vidal, si bien es graciosa en varias oportunidades, no rescata completamente la riqueza de situaciones que Chocrón desarrolla originalmente en Asia y el Lejano Oriente, a pesar de contar con un excelente cartel de actores de gran capacidad histriónica y vocal. Y esto se debe a un descuido en el manejo de las escenas clave: algunas no fueron bien ambientadas como el caso de la oficina gubernamental, que se mostró como un estudio de danza. Otras escenas importantísimas fueron suprimidas, cito aquí la sexta escena del primer acto donde Ana y Preciosa discuten sobre el aborto y su similitud con perder la identidad junto con el país en venta, o la tercera escena de la segunda parte donde Ángel y Pepe tienen ese diálogo tan vital sobre la patria vista como un concepto, un recuerdo o una nostalgia.

Criticar no es placentero cuando se tiene que decir algo malo, sobre todo de personas a quienes se admira. Pero es precisamente por eso que debe hacerse el llamado de atención fundamentado, decir qué está mal y explicar por qué, ya que no se puede pretender la debida construcción del teatro venezolano si no se señalan oportunamente sus fallas.

En un futuro, si esta pieza regresa a las tablas y tengo la oportunidad de verla, lo más probable es que explique de nuevo por qué se merece una mención de honor en el teatro venezolano. Espero poder destacar la actuación del elenco, y para ese entonces mi crítica no se enfocará en su adaptación sino en la escogencia errada de un texto sobre un país hipotético cuyos ciudadanos no se parecen en nada a los nuestros.

Pero esa es otra historia. Mientras tanto seguimos viviendo en Asia y el Lejano Oriente: mucha tierra y poca gente.