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Aron y la libertad

Fotografía de Erling Mandelmann, tomada de Internet

Fotografía de Erling Mandelmann, tomada de Internet

Este texto fue publicado el domingo 14 de febrero de 1982 en El Nacional, en la columna “Pizarrón” de Arturo Uslar Pietri

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Viene a Venezuela en corta visita Raymond Aron. Es un ilustre mensajero de la razón y de la libertad intelectual. Con una firmeza e inteligencia extraordinarias ha sido el testigo admonitor y valiente de una de las épocas más convulsas y contradictorias del mundo, desde los años 20 y sus esperanzas frustradas, pasando por la trágica hora del surgimiento del nazismo y de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial hasta esta larga época de tensión, tan conflictiva y peligrosa, en que seguimos sumergidos.

Personifica algunos de los más valiosos rasgos del espíritu francés, el gusto por la claridad y la razón, la pasión de comprender y la libertad intelectual como condición fundamental de pensamiento.

Con esas virtudes ha sido el testigo y el antagonista sereno de las irracionalidades de nuestro tiempo. No ha sido nunca hombre de escuela ni de secta, sino de libre análisis, de duda fecunda, de certidumbres serenas. Su formación es la de los grandes universitarios europeos, a través de la filosofía, la historia, la sociología y la economía. Podría decir sin alarde excesivo, que nada de las ciencias humanas le es ajeno.

Su labor se ha desarrollado tenazmente desde hace más de medio siglo en la cátedra, en la Sorbona y en el College de Francia, como profesor visitante de grandes universidades de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. En el libro, es autor de algunas de las obras más importantes escritas en nuestro tiempo sobre filosofía de la historia, el pensamiento político y la realidad internacional. Pero, además, ha ejercido sin interrupción un periodismo constante y audaz de comentador de la actualidad política nacional e internacional. Sus artículos son un modelo de penetración y poder de síntesis.

Sus cursos en el “College de France” son famosos y terminan, generalmente, por convertirse en libros fundamentales. La línea de su pensamiento político y hasta modelo de su actitud intelectual tiene, entre otros, dos grandes maestros del pasado: Montesquieu y Alexis de Tocqueville. Son acaso los dos más agudos observadores de la realidad política en sus respectivos tiempos. Tuvieron en grado superlativo el don de penetrar más allá de la apariencia de los sucesos y de las instituciones para penetrar en lo esencial y permanente de los motivos y de las realidades. En esa exigente escuela del autor del “Espíritu de las Leyes” y del de “La democracia en América” ha encontrado Aron el modelo del análisis del fenómeno político. También ha estudiado a fondo a Marx. Es tal vez uno de los eruditos que mejor conoce el pensamiento del autor de “El Capital”. Yo he tenido el placer de oírlo en su cátedra analizar el sentido de una tesis económica de Marx con una deslumbrante capacidad de penetración y juicio.

Al fenómeno de la guerra y la paz ha dedicado obras fundamentales. Ha publicado lo que, tal vez, es el más completo estudio sobre el pensamiento de Clausewitz y el fenómeno de la guerra. Su propósito era pensar la guerra y a través de ella la política y la historia, en la forma más lúcida y completa.

Un buscador de la razón tan sereno y decidido no puede menos que ver con prevención y rechazo las tendencias de nuestro tiempo hacia el mesianismo y el profetismo. Es aquí donde se separa abiertamente del marxismo. En ocasiones sus convicciones lo han llevado a alzarse solo contra la tendencia dominante de la inteligencia francesa. Ante su condiscípulo Sartre y la oleada de marxismo adaptado que llegó a dominar la universidad francesa, tuvo el valor de decir sin acritud ni violencia sus convicciones.   

Cuando publicó “El opio de los intelectuales”, para denunciar valientemente la renuncia a la razón y la libertad de crítica que afectaba a la intelectualidad francesa ante el modelo soviético y el catecismo marxista, parecía estar solo. Hoy, 30 años después, la ola ha cambiado de dirección y lo que dicen muchos de los ex–jóvenes rebeldes se parece extraordinariamente a lo que él había tenido el valor de proclamar.

Raymond Aron, en su fecundo otoño, representa de manera ejemplar lo que es un espíritu liberal. En un largo y reciente coloquio que han tenido con él dos jóvenes que fueron sus adversarios, ha dicho: “Lo que hay que temer, por sobre todo, en las sociedades modernas es el sistema del partido único, el totalitarismo”. Y añade, para mayor claridad: “Al definirme por el rechazo del partido único, llego de manera natural a la noción de pluralismo a cierta forma del liberalismo. A diferencia del liberalismo del siglo XIX, el mío no se funda sobre principios abstractos…A medida que estudio las sociedades económicas modernas advierto cuáles son los peligros que derivan de la concentración de todos los poderes en un partido único. Busco entonces aquellas condiciones económicas y sociales que ofrecen una posibilidad de sobrevivencia al pluralismo, es decir al liberalismo, a la vez político e intelectual”.

Esta larga prédica de toda una vida parece corresponder, hoy más que nunca, a los requerimientos de un mundo asustado de sus propias y sangrientas pesadillas mesiánicas, proféticas y totalitarias.