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Aquiles físico y espiritual

Aquiles Nazoa | Archivo

Aquiles Nazoa | Archivo

“Mi libro –dijo Aquiles Nazoa a propósito de ‘Caracas física y espiritual’– más que un libro parece un viejo carro de mudanzas… He aquí que me senté a escribir un libro sobre Caracas y lo que me salió fue un caleidoscopio. A lo largo de su lectura, irá dejando en el alma del lector un reguero de cositas pequeñas y coloridas, de botones deslumbrantes… desechos del tiempo cuyo destino es la diáspora”. En este breve ensayo, Luis Britto García logra expresar un viejo sentimiento que ruboriza al mundo contemporáneo: la impúdica ternura de Aquiles

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La celda del monje se hace amable habitándola: Caracas, comprendiéndola. Solo accederemos a la vida de la ciudad física entendiendo a su biógrafo espiritual.

Aquiles fue un poeta. Es decir, un hombre que asume la sensibilidad como forma de existencia, y todo lo contrario de un importador de modas literarias, un manipulador de jurados o un rapiñador de prebendas. Viven ellos de la poesía: el poeta la vive.

Aquiles fue además poeta popular. Dominó la difícil soltura de comunicar sin degradar la calidad, que resulta de transmitir siempre algo legítimo. Aquiles era en oportunidades complejo pero siempre transparente. A diferencia del populista, que representa al pueblo como amasijo de fealdades, torpezas y carencias, Aquiles siempre lo describió en su armonía entrañable: reléanse “Polo Doliente”, “Galerón con una negra”, “Cholita barrendera”.

Aquiles fue humorista. El humor es inteligencia químicamente pura, lucidez sin pedantería, nihilismo enamorado, capacidad de revelar como evidentes verdades que nos enemistan y a la vez nos reconcilian con la vida. Está el humorista en todo, estando en nada: acompaña toda pasión con la activa solidaridad de la distancia.

Aquiles fue un revolucionario: es decir, entendió la vida como militancia y la estética como rebelión. De allí su poética franciscana, que celebra las cosas y las existencias más sencillas. En las vastas liturgias del poder que la ciudad desarrolla perennemente, Aquiles no aspiró a otra condición, según titula uno de sus libros, que la de Transeúnte sonreído. Transeúnte, peregrino minimalista de las modestas mecas citadinas, ciudadano a pie, sin otro patrimonio que el deambular, veraz baquiano de la ternura.

Aquiles fue un segregado. Madre terrible es la ciudad para el humorista. A menos que se rebaje a bufón, le reserva el horrible destino del paria, a pesar de ser acaso el único que está de su parte. En su caja de regalos están el exilio, la execración, la prisión. Varios carcelazos padeció el sonreído. Uno en los calabozos de López Contreras, por urgir la aplicación de medidas de lucha antipalúdica. Otro por la Seguridad Nacional, de donde partió a un largo exilio en Bolivia. Otro, por decisión propia, cuando el transeúnte liberó a un grupo de niños detenidos en una jaula y se encerró él adentro, inventando así anticipadamente el performance.

Una de sus publicaciones se llamaba El Fósforo: un periódico que en cualquier momento lo raspan. En una entrevista adujo como prueba de que había decaído el humor venezolano el hecho de que “A mí no me han vuelto a encarcelar desde 1956”. También sufrió largos exilios de los medios de comunicación y de los círculos de la cultura exquisita. A quien fue quizás no solo el más alto poeta humorístico sino el más alto poeta de su tiempo, solo se le concedió el Premio Nacional de Prosa tardíamente y como a regañadientes.

Contrastó con esta inquina de la policía física y espiritual la devoción que el pueblo siempre le mostró dondequiera que iba. Sin ser jamás meloso, y sí a veces áspero, el transeúnte encontró en todos los rostros esa sonrisa con la que los labios salen de paseo.

Álbum de barajitas

Sabemos ahora el inaudito curso de sus errancias: cada paso trasponía siglos. Toda conciencia comienza por la del tiempo. Por efectos de su militancia en la utopía, no quiso Aquiles pensar su yo sino confundido con el drama colectivo. A la vuelta de la esquina veía sembrar la ceiba de San Francisco; a media calle cedía el paso a la procesión de Nuestra Señora de la Luz. Quizá ganaba apresurado la acera para contemplar a los estudiantes derribando a Manganzón y Saludante, las estatuas del vanidoso Antonio Guzmán Blanco. Siempre prestaba oídos a la conversación del mendigo con su pan y la del perro callejero con su libertad. A la altura de la plaza Bolívar se detenía para una sosegada tertulia con don Francisco Delpino y Lamas, el Chirulí del Guaire, o ayudaba al duque de Rocanegras y príncipe de Austrasia a desenredar sus fantasiosas genealogías. Para todo había tiempo: el de la vida, que se apura en un sorbo, y el inagotable de la ciudad, que en la caducidad patética de sus gestos por momentos reviste esa profusión que en el campo o en el mar se confunden con la perennidad.

La biografía de una ciudad no es la de sus funcionarios ni la de sus magnates; no está tampoco en las pomposas ceremonias, en las aclamaciones ni en los fastos. La ciudad es apenas marco sensible de la misteriosa trama de complicidades que constituye una comunidad. Como nuestra vida, es estadística de afanes desvanecidos, colección de instantes fallidos, feria incesante de énfasis y locuras que animamos para distraernos del riesgo de la reflexión. Hormiguero sígnico, perora en el ademán de sus arquitecturas de poder y se sosiega en el remilgo de los espacios amables.

Las ciudades antiguas eran elipse que circunscribía los dos centros del templo y del circo, del espectáculo sagrado y del profano. Nunca en Caracas supimos distanciar lo uno de lo otro. Siempre contagiamos de postiza solemnidad lo cotidiano o de trivialidad lo trascendente. En las postales viejas descubrimos antepasados a los que por sus rebuscados atuendos, sus erráticos peinados y sus gestos mayestáticos no podemos imaginar de otra forma que como actores caracterizados para representaciones delirantes.

La ciudad es así escenografía que nos obliga a vivir en plena interpretación de una pieza cuyo principio y final ni siquiera intuimos. En el desmantelamiento de estas escenografías pomposas entre acto y acto queda el resquicio sutil por el que cuela la poesía; acaso único espacio sagrado que nos resta: lo que pasa inadvertido para todos los maquilladores y sólo puede atrapar el ojo del desprevenido. Solo ella compensa la ironía cruel que convoca tantos rostros para hacerlos anónimos.

Caracas allí está

La de la poesía es entonces la leve condición que le iremos descubriendo a la ciudad descrita por el sonreído. Esa Caracas que Aquiles nos describe va abriendo sus zaguanes y sus patios al visitante amoroso, lo acompaña en su distraído pasear por los siglos sin una meta fija, embelesándose por momentos en los pequeños tumultos de la piñata de la ambición, dejándose llevar de un sitio a otro por las seducciones de las vitrinas de las pretensiones baratas y las modas caras. Sólo en compañía del transeúnte advertimos que los edificios tienen rostros que hacen guiños y muecas repitiendo la pretensión cómplice de dueños y constructores. Como en un gran tocador de las señoras se compone la ciudad el rostro con los ridículos afeites de las modas arquitectónicas caducas y los oropeles ya desechados por las metrópolis, sin conceder apenas atención a su único encanto: su mirada.

Caracas allí está: arrodillada en el confesionario de la sonrisa que absuelve todo pecado menos el de la prepotencia.

Buen día, señor Ávila

Pues así como dispensa la complicidad para los mismos secretos, asesta el transeúnte ácidas miradas a todos los dislates que convoca la ostentación. Alienta el saludable reverdecer de los patios, diagnostica la patológica cursilería de los festones de yeso, del abuso de las ingeniosas invenciones que pueden devenir monstruos: el teléfono, la radio, el automóvil. Su crónica jamás soslaya esas minucias que pasan la página de las épocas con mayor rotundidad que la onomástica de las cronologías y las aclamaciones.

Sabemos así del pasmo con el cual los caraqueños como niños maravillados por el descubrimiento del hielo asistieron a la llegada del primer sorbete, del primer daguerrotipo, del primer tranvía, del primer cinematógrafo. A la llegada, nunca a la invención o a la fabricación. Nos arracimamos desde siempre en los muebles de un puerto o los andenes de una estación esperando que otros nos proporcionaran la maravilla, de espaldas a nuestros sabios que asombraron a Humboldt con sus aparatos eléctricos o inventaron aeroplanos en pleno siglo XIX.

Y, sin embargo, Aquiles no es el pasatismo. Nadie como él supo elevar al medio televisivo, que todo lo rebaja. Para nada deplora la demolición de lo insalubre, lo mugriento, lo cursi: pero tampoco celebra el progresismo acéfalo que levanta en su hogar lo esperpéntico, lo ostentoso, lo contaminante, el rascacielos que insulta al mismo tiempo a la estética y a la naturaleza.

Caracas física y espiritual no es un solo libro: es un clima presente en toda la vida y la obra de Aquiles ¿Quién sino él cursó las disciplinas indispensables para novio de la ciudad: muchacho mandadero, botones del hotel Majestic, improvisado guía de museos, aprendiz de carpintero, periodista autodidacto? ¿Quién más tuvo la minuciosidad requerida para reseñar la bitácora de los barcos de papel o la vida privada de las muñecas de trapo? Supo Aquiles tomar estos pulsos y soportar esas heridas. Su talón era Caracas. Tras destruir la ciudad, el automóvil se llevó a su cronista más amado. En vano agasajaron y premiaron las autoridades a tanto figurón pretendiente o pretencioso, sin saber que Caracas terminaría fugándose con su más desamparado huérfano y que desde entonces vivirían felices en el cuento interminable de la memoria.

 

Caracas desvestida por sus pretendientes

Caracas es una ciudad que se presta a ser descrita desde la perspectiva del odio. Los moralistas, con Andrés Bello a la cabeza, censuraron al citadino el abandono de la agricultura de la zona tórrida. Los costumbristas recargaron las tintas de sus acres retratos hasta revelar bajo los adornos del pastel el relleno de la pesadumbre. Arístides Rojas, Pedro Emilio Coll y Enrique Bernardo Núñez narraron con gracia anécdotas que la fijaban como en aisladas instantáneas. Guillermo Meneses le redactó un conciso currículum: la narrativa de la violencia la transcribió con la trepidación del tumulto.

En 1967 cumplía Caracas cuatrocientos años. La burocracia le deparaba una conmemoración y la naturaleza un terremoto. No se sabe cómo sobrevivió la ciudad a ambos. Aquiles Nazoa acudió a la celebración con el más humilde de los presentes en aquella catarata de fastos y ampulosidades: con un libro, Caracas física y espiritual. Fue como una segunda fundación.

Presunción enciclopédica parecería redactar la Historia de una ciudad: demasiado se prestaba al repertorio de citas y al fárrago de conceptos. He dicho siempre que la utopía es la magnificada biografía de un hombre. Una ciudad, como un personaje de novela, puede ser nueva rica, despiadada, truculenta: la villa escrita y descrita y descrita es siempre el retrato de su autor. Nadie sabe si la urbe fue en sí misma importante o desmesurada o profunda: tuvo siempre la talla exacta de quien la transitó. Caracas física y espiritual es la tumultuosa autobiografía sentimental de Aquiles Nazoa.

 

Amor y humor de la ciudad

Por Jesús Sanoja Hernández

A la hora y punto de su trágica muerte, en abril de 1976, escribí una nota para el Anuario Internacional, de Barcelona la de España, que anda perdida entre los secretos de mi papiroteca, y otra, más larga, que incluyó la revista Actual, de Mérida la de Venezuela, junto con una entrevista de Salvador Garmendia –bastante anterior a la desaparición de Aquiles– y otra que Arnaldo Acosta Bello le hizo a Mario Abreu y Jacobo Borges, “para encontrar a Aquiles”, y dos comentarios de Javier Villafañe, y un material de Rafael Pineda intitulado “El humorismo en Venezuela, a propósito de Aquiles Nazoa”. Pineda había prologado en 1950, para la histórica editorial Ávila Gráfica, El ruiseñor del Catuche, y estuvo tan cercano a él como Alarico Gómez, un monaguense guayanizado, cuya obra fue rescatada en buen momento. Alarico murió a los 33 años, y acerca de él y su tempranísima poesía, en 1938, Aquiles dejó correr palabras de admiración en El Verbo Democrático, de Puerto Cabello.

Quise conservar como joya bibliográfica, y no pude, aquella maravillosa colección empastada y con lujo de tipografía y diseño que Aquiles Nazoa concibió para el Círculo Musical, con motivo del cuatricentenario de Caracas, una ciudad que si no existiera como realidad “física y espiritual”, existiría por lo que de ella dejaron, en larga suspensión histórica y humorística, Job Pim, Leo y el mismísimo Nazoa, y en otros niveles Enrique Bernardo Núñez, Arístides Rojas, Mariano Picón Salas, Arturo Uslar y Guillermo Meneses.

En aquella colección de 1967, cuyo bautismo fue interrumpido temporalmente por el terremoto del 29 de julio, dio a conocer Nazoa, precisamente, su Caracas física y espiritual, por fortuna reeditada, más modestamente, por la UCV en uno de los volúmenes dedicados a la prosa del “ruiseñor del Catuche”, y al cual su hermano Aníbal introdujo breve y humorísticamente, afirmando que aquella era una Historia de Caracas libre de “larguísimas citas de autores, tomos y páginas”, obra para ser leída de corrido, “como una buena novela, sin la molesta interrupción de las llamadas y las aclaraciones”.

La Caracas de Nazoa pasa por la fotografía, el alumbrado, el álbum de avisos, la era guzmancista, el souvenir del 900 (este siglo que agoniza y entonces despuntaba), las pequeñas historias (de los helados, de los vehículos, de la radio), y casi culmina con la Caracas del petróleo, capítulo el más polémico de todos. En él cuestiona a fondo el urbanismo cuartelario del perezjimenismo, cuyo máximo exponente fue el Copódromo de El Valle (nombre que se le debió a Picón Salas), cuyo antecedente habría que buscarlo en el patrioterismo del general Gómez cuando quiso transformar “el campo de Carabobo en una utilería de chivera”.

Pero si me diese por elegir el capítulo, o el esbozo maestro, escogería entre todos (y es empresa nada fácil), el dedicado al Duque de Rocanegras, donde simultáneamente al dibujo del singularísimo personaje que fue Vito Modesto Franklin, “criatura insólita de la fantasía y el humorismo de la ciudad”, corre una descripción gozosa de la bohemia y los gustos de nuestros twenties . Y en este punto desearía detenerme para remate de una nota de presentación que recoge menos de milésima parte de lo que debería decir.

A propósito de su fecha de nacimiento (17 de mayo de 1920) me atreví a sostener que “no en vano se nace tal día, tal año, tal década”, pues “la existencia se da en el tiempo, con estos o aquellos materiales. Los de Nazoa fueron tan decisivos que incluso sirvieron a los mayores ensayistas, Picón Salas y Uslar Pietri, para definir el decenio de los veinte como los años de la gran mutación en el país y, muy señaladamente, en Caracas: el petróleo, el whisky, el fox y el one-step, la radio y el tennis, la flapper y el cine, Lindbergh y los ídolos, las primeras noticias acerca de la TV y las posibilidades de los viajes extraterrestres, el urbanismo de imitación, chato y de mal gusto”…

Lo demás y con mayores habilidades y conocimientos discurre en esta misma página, gracias a la prosa de Britto García.

 

*Publicado el 8 de noviembre de 1998