• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Apuntes en matatu I

La aldea tribal y la aldea global, lo ancestral  y lo contemporáneo; lo que fuimos y lo que somos a la vuelta de la esquina. Apuntes y fotografías de un viaje por aldeas, mercados populares y comunidades religiosas de África Oriental

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

1.

Trabajo de voluntario en el orfanato de una comunidad religiosa. Es una aldea anodina al noreste de Nairobi donde aún se cocina con leña. Asisto también a otros dos proyectos: uno entre Samburu y Mombasa y el otro en una aldea masái en la frontera con Tanzania. Allí el progreso tiene facetas extrañas: los más ancianos de la tribu poseen un celular, pero carecen de herramientas para resolver necesidades ancestrales.

La mayoría de los proyectos y planes occidentales se topan con el African Way of Life. Y no pasan de allí. No conocen el terreno. Están pensados para un asteroide, no para África. Los expertos foráneos terminan recetando placebos contenidos de esa enfermedad propia de la contemporaneidad: asistencialismo acompañado de ocurrencias, voluntarismo colmado de buenas intenciones. Primera lección: el mundo occidental y perfecto aquí no sirve de mucho. Indispensable el reajuste del reloj mental; también el del estómago y antojos; todos los relojes que tiene un ser humano repartidos por el cuerpo y los prejuicios.

 

2.

¿Qué es un matatu? Una camioneta de reparto adaptada para transporte de pasajeros. Doce asientos. Pero no se mueve hasta no tener el doble de personas dentro. Y siempre tiene lugar para alguna más.

El matatu puede producir ansiedad o claustrofobia. También pánico, si va atiborrado y a velocidades de Fórmula 1. Una vez agarrádole el punto, sin embargo, el matatu se convierte en un querido e inseparable compañero de carretera. Verlo venir a lo lejos por el camino polvoriento, en medio de un sol de justicia, engendra una sensación de euforia y esperanza... Lo que más tarde puede ocasionar el síndrome matatu de abstención: la ausencia del olor, tacto, calor y sudor de la piel ajena, se hace sentir una vez que África ha quedado atrás. En la redundante comodidad europea el síndrome puede tardar tiempo en desaparecer. Sé de lo que hablo: viajo a diario en matatu. Encima de alguien o alguien encima de mí.

 

3.

El padre Samuel K. es ruandés de origen. Su mansedumbre y buen talante suma feligreses a la parroquia. Es un hombre alto con cara de bueno, de pensamiento sencillo y acciones indispensables. A simple vista el único defecto del padre Samuel es su notable atractivo físico. Que un galán de su formato haya renunciado a los placeres del mundo para auxiliar al próximo más vulnerable en las aldeas del África profunda, resulta ciertamente desconcertante. Y, al mismo tiempo, digno de admiración.

Inició sus estudios en Roma. Pero fue en Salamanca donde se ordenó sacerdote. Habla italiano, francés, español, inglés, latín, griego y unas cuantas lenguas tribales. Hizo estudios teológicos adicionales en París, y algunas de sus costumbres protocolares y litúrgicas recuerdan al obispo ultraconservador francés Marcel Lefebvre, quien también estuvo en África como misionero. Doctrinalmente el padre Samuel parece ser conservador y derechas, cercano a las tesis del Opus Dei. Sin embargo, en el trato con las familias pobres y los huérfanos de la zona da la impresión de ser liberal y de izquierdas, cercano a los postulados de la Teología de la Liberación. Se mueve con soltura en ambos de esos extremos que tensan la cuerda del poder ideológico en la curia vaticana. Puede ser comprensivo ante pecados por encima del estándar, como estricto y sin concesiones en asuntos de carácter trivial. En una de las invocaciones de la tarde un novicio miraba las amplias caderas de una feligresa. El padre Samuel, atento a la integridad vocacional de sus principiantes a cargo, lo llamó aparte. Y lo reprendió sin estridencias. En otra ocasión, no obstante, una monja somalí no puso papa suficiente en la tortilla española y el rapapolvo casi llega al insulto.

El padre Samuel K. parece profesar más devoción al difunto Juan Pablo II y al jubilado Benedicto XVI que al último papa: el argentino liberal, Francisco. O Papa Paco, como suele a llamarle. De hecho, en la iglesia, orfanato y convento-monasterio que tutela (a mitad de camino entre Samburu y Mombasa) no hay una sola foto de Francisco. Numerosas de Juan Pablo y Benedicto. Incluso la madre Teresa de Calcuta, venerada en África como una santa, tiene su rinconcito en el convento. La impresión es que los vientos de cambio que ha traído el Papa Paco desde Sudamérica no lo convierten en santo de la devoción de un África muy religiosa y de perfil en extremo conservador.

 

4.

Tres veces por semana camino hasta el mercado callejero de Kilimanbogo. Diez kilómetros desde la aldea; diez a pie de ida, diez a pie de vuelta. Cuando el tiempo apremia o la mochila rebosa de legumbres, frutas o regalos para los chicos del orfanato, regreso en matatu.

La euforia que ocasiona la visita a un mercado al aire libre ha dado paso a una lid continua con vendedores de frutas y hortalizas. No se trata de dinero. Se trata de algo cuyo valor se mide con parámetros más subjetivos que contables: la pigmentación… el color de piel es responsable de que la inflación se cebe más en mí que en los consumidores locales.

El vendedor entrega el cambio con desgano, como si pensara que al venir de Europa no me ha cobrado lo suficiente. Observo cierto desdén en su gesto, acaso diciendo “Ajá, ¿y ahora quién es el negro?” Las actitudes y estrategias de los africanos en Europa para evitar ser discriminados por tener una piel distinta salen a relucir cuando intento llenar mi mochila con productos recién llegados de la huerta. En el mercado callejero de Kilimanbogo el negro soy yo.

 

5.

No obstante las predicciones optimistas de analistas políticos e internacionalistas, la elección de Barack Obama como mandatario global de genes kenianos no ha hecho más que aguijonear los prejuicios. Los círculos de dominio que desde hace siglos han sostenido que el único paradigma legítimo para el ejercicio del poder político y social es la blanquedad, ahora se sienten seguros en su creencia de histórica superpotencia racial. Las estadísticas y ese ambiente medio socarrón y canalla para referirse a la piel negra de los africanos en muchas partes del mundo, lo confirman.

Mientras las sombrillas y el multimillonario negocio de las cremas blanqueadoras (de firmas principalmente europeas) forman parte ineludible del look de los asiáticos para evitar oscurecerse, en África intentan apaciguar en la cultura global el estigma de su negritud. Con sofisticadas trenzas o permanentes buscan la manera de que su pelo no gravite hacia arriba o los lados como los arbustos o árboles, sino hacia abajo, como a la gente de piel blanca. Y este es apenas uno de los tantos disfraces, a veces medio carnavalescos, de los que los africanos de piel negra echan mano a fin de ser aceptados como personas de un linaje tan superior e importante como cualquier otro. Más de media centuria de lucha de los defensores de la negritud por cambiar un paradigma establecido desde hace siglos por la colonización europea, e instituido como verdad sin falsación desde lo postcolonial, ha sido inútil.

Las investigaciones genéticas y antropológicas nos dispensan, sin embargo, esta ironía: la raza humana desciende del llamado “Adán científico”, africano, de piel oscura. Adán que vivió en las hermosas planicies del Rift Valley, no muy lejos de la aldea keniana donde nació el padre de Barack Obama.

 

6.

A dos semanas de haber arribado y luego de fatigosos tira y afloja con vendedores ambulantes y comerciantes, es hora de tomar cartas en el asunto. Debo encontrar la manera de que mi color de piel no dispare los precios amedrentándome el bolsillo. Con la venia del padre Simon la monja Subira me acompaña al mercado. Va tomando nota de los precios de alimentos y suministros. En otro lugar yo hago lo mismo. Luego intercambiamos y repetimos el procedimiento. He aquí una lista bastante precisa de lo mal que me están yendo las cosas:

Lista de la monja Subira / Mi lista:

Kilo de cebollas: 70 chelines / 120 chelines

Kilo de Tomates: 80 chelines / 150 chelines

Repollo: 40 chelines / 80 chelines

Racimo de uvas: 40 chelines  / 100 chelines

Mano de bananas: 120 chelines / 170 chelines

Piña: 60 chelines / 100 chelines

Papaya: 50 chelines / 100 chelines

Aguacate pequeño: 10 chelines / 25 chelines

Aguacate grande: 20 chelines / 40 chelines

Sandía: 150 chelines / 250 chelines

Coca Cola 1.5 L.: 100 chelines / 180 chelines

Cilantro, el ramo: 20 chelines / 60 chelines

Conexión a internet/minuto: 1 chelín / 2 chelines

Matatu: 20 chelines / 40 chelines

Taxi Tuk Tuk: 400 chelines / 800 chelines

Taxi normal: 800 chelines / 1.200 chelines

 

1 dólar americano: 100.5 chelines kenianos.

 

7.

El África negra –nadie lo habría imaginado– es el último reducto de la misa en latín. Extinta urbi et orbe, reverbera en las capillas de las aldeas. En el orfanato los chicos desde muy pequeños conocen el latín. Lo cruzan con el inglés y también con sus lenguas tribales. Inventan juegos de palabras en latino-swahili mientras afuera ríen las hienas.

La vida de una comunidad religiosa es centrípeta, dirigen constantes plegarias hacia un centro simbólico. Y la periferia abandonada responde con fugas y motetes en lengua latina. Chicos y monjas elevan sus voces en ese idioma de la Roma antigua que lo impuso a la liturgia. Surge la melodía y empiezan a improvisar. Con el latín como basso continuo sofisticados discantos y melismas en inglés o swahili engendran una nueva lengua de tipo espiritual. Sin palabras para adjetivar tanta belleza pienso en el contrapunto de Palestrina o Cristóbal de Morales. Este milagro entre arte y devoción religiosa se repite varias veces a la semana.

Los himnos dan cuenta, además, de la diferencia entre la voz africana y el canto que se escucha en Occidente: la limpidez de sus melodías, que recuerda a la antigua tradición gregoriana. El vibrato, que tanto daño ha hecho al arte de la voz humana, es algo que, por fortuna, no se practica en las aldeas del África Oriental.

 

8.

Onyango-Abraham, un adolescente del orfanato, pregunta sobre la Liga Europea de Futbol de la que muestra estar bien enterado. El futbol no es mi fuerte: “de Maradona algo sé por sus escándalos en Dubai y del FC Barcelona, por las caderas de Shakira”, digo en broma. El chico insiste, no puede creer que alguien viva en Europa y no le interese “el deporte”.

Si hay un estadio para la juventud africana ese estadio es Europa. Viven pendientes de lo que allí ocurre. La necesidad origina grandes oleadas humanas que, sorteando enormes peligros, se dirigen al norte del mundo en busca de oportunidades. Quienes logran superar la zona vegetal del norte ecuatorial, probablemente dejen su cuerpo tirado en un lugar sin nombre del Desierto del Sahara. Otros, los que hayan sobrevivido a las dunas del norte de África y a los traficantes de seres humanos, serán luego elegidos para ahogarse en el Mediterráneo. Los sobrantes, una vez en la tierra de gracia europea, sobrevivirán a duras penas indocumentados o detenidos para su deportación.

Una parte de la emigración joven, sin embargo, no lo hace por el llamado de la necesidad  familiar o el deseo personal de superación, sino por el futbol. Los orfanatos están llenos de estos soñadores. Su ilusión: vivir en un continente donde el negocio del deporte-espectáculo ha llenado la mente africana de falsos trofeos. Los más jóvenes imaginan que al arribar a la frontera estará un entrenador preguntándoles si saben jugar bien al futbol. Otros creen que de vivir en Europa irían a ver todos los partidos de la Liga. Como si desplazarse de Londres a Berlín, de Madrid a Roma, les fuese a costar los pocos chelines que cobra un matatu.

 

9.

Para no seguir riñendo con los vendedores de Kilimanbogo por el precio de frutas y verduras, me he mudado para el Mercado Central de Makongeni; al otro extremo, a doce kilómetros de la aldea. Voy a pie por una amplia sabana salpicada de arbustos donde están los pastores de ovejas y cabras. Unos son masái y otros son kikuyus. De tanto pasar me saludan como a un colega: “Ha wa yu, Mr. Number One?” (Moya = número 1, en idioma swahili). Me cuentan historias en un inglés alimentado con la sintaxis propia de sus lenguas nativas. A cambio les llevo algo de comer o beber. Su día es particularmente duro, deben estar atentos a las cabras y ovejas y, sobre todo, al paladar de las hienas que acechan los rebaños.

En Makongeni las cosas no son distintas; los vendedores de este mercado son harto espabilados a la hora de dar precios aún más elevados. Pero habiendo aprendido la lección en Sekenani, Makutano, Samburu, Narok, Donyo-Sabuk, entre otras aldeas y poblados, la dialéctica crematística de los mercados populares africanos, ha dejado de ser un problema insuperable. Ahora estoy en posición de defender mi presupuesto semanal sin salir más abollado de lo debido.

Con la lista de la monja Subira en mi mochila he logrado ventajas comparativas a la hora de negociar con los vendedores de Makongeni. Y la frecuencia de mis viajes al mercado –tres veces por semana– ha hecho que los precios para mí se acerquen a un nivel similar a los de cualquier ama de casa keniana. Ya me conocen, me ven venir, y esbozan su mejor sonrisa. Esa sonrisa africana de dientes tan blancos y bonitos que provoca comprarlos.

Comercialmente hablando, mi piel ha ido poco a poco cambiando de pigmentación. El progreso es notable, sin duda. Pero aún no he ennegrecido lo suficiente como para hacerme acreedor de una verdadera ganga. La monja Subira expone el asunto con humor y claridad: “Si el sol no lo pone negro más a prisa, en poco tiempo va a tener que pedir fiado”.

 

…Subira significa “paciencia” en lengua swahili.