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Apuntes en matatu y II

La aldea pequeña y la aldea global, lo ancestral  y lo contemporáneo; lo que fuimos y lo que somos a la vuelta de la esquina. Apuntes y fotografías de un viaje por aldeas, mercados populares y comunidades religiosas de África Oriental

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10.

Para haber sido notable deportista de su provincia resulta extraño que Fatuma G. haya terminado siendo monja carmelita. Han pasado algunos años desde aquella decisión. Ahora vive en una comunidad religiosa dispuesta a socorrer al próximo en las aldeas olvidadas por Dios y los gobiernos en una región abandonada del África Oriental.

La ahora Sister Fatuma había sido jugadora de futbol, de balonmano; también de básquet. Una deportista excepcional. De no haber cambiado de vocación, Fatuma era tan buena con cualquier pelota que poco hubiese faltado para integrar el equipo nacional en cualquiera de esas disciplinas. También en la carrera de fondo podría haber llegado lejos. Sus marcas no eran de aficionada. No perdía de vista las competencias de los legendarios corredores kenianos medallistas olímpicos, campeones mundiales. Ni los partidos de básquet de la NBA. Pelé, Maradona, Jordan formaban parte de la constelación de sus dioses paganos. Dos grandes poster del Manchester United y el Real Madrid tutelaban el santuario personal de su habitación antes de que su vocación de carmelita irrumpiera cambiándolo todo.

Monjas del convento añaden detalles que ayudan a completar y corregir este portrait.

Su familia se opuso tenaz a la vocación. Pero el progenitor, que no quería ver su autoridad cuestionada por la desobediencia de su hija, al final no tuvo alternativa que apoyarla casi como si la idea hubiese partido de él y no de ella.

La vida de una chica africana no está regida, sin embargo, por la individualidad o la sencillez; a medida que su juventud avanza se incorporan obstáculos de naturaleza insuperable: meses antes sus padres habían arreglado su casamiento con el hijo de un hombre pudiente del condado. La respuesta de Fatuma fue tajante: no estaba enamorada. Menos de un chico que daba los primeros pasos pinchando discos en fiestas y discotecas para convertirse en DJ. Su padre lanzó un ultimátum: “El casamiento ya se ha pactado, y en esta familia los pactos se respetan”, cuentan las monjas sobre lo que, según ella, dijo él.

Ante el ultimátum paterno Fatuma respondió con un misil: “Me han aceptado como novicia y parto para un convento en tres semanas”. Sus padres se miraban entre sí ante lo que parecía la inconfundible pataleta de una moza africana a la que no le ha gustado el marido elegido por sus progenitores. Como parecían no tomarla en serio Fatuma presentó pruebas de su decisión irreversible: comenzaría medio año de noviciado en una comunidad carmelita que la había aceptado al este de Uganda. Luego de prometer los votos de pobreza, caridad, castidad y obediencia [sin mencionar los extraoficiales: sacrificio, sufrimiento y los involuntarios –como prolongados– ayunos que afectan a las comunidades religiosas africanas] regresaría como monja a socorrer los miles de huérfanos que en África Oriental han dejado la miseria, la prostitución y el HIV. Sus padres estaban alarmados: ¿Qué le dirían a los padres del chico?

Tuvo suerte la familia de la ahora Sister Fatuma: la semana siguiente a su decisión el parloteo general por sus votos religiosos llegó a los oídos del DJ. Y éste le hizo saber a su padre que jamás se casaría con una monja. Parecía aquello una comedia de equívocos (“A play full of funny misunderstandings”, en palabras textuales de Sister Fatuma); pero casos similares en la África provincial terminan casi siempre en drama; en ofensas de honor difíciles de resolver.

Con ambos jóvenes opuestos al compromiso y demasiado modernos para la tradición, final feliz: la deserción matrimonial de Sister Fatuma no pasó del sobresalto de sus padres. El chico estaba encantado de continuar con sus aparatos de remix-rap a todo volumen: en el África negra un DJ soltero y con talento tiene más reconocimiento y respeto que un presidente de la república. Todos felices.

 

11.

Vivir in situ experiencias nuevas o audaces ya no pertenece a los libros de aventuras: una parte del peregrinaje del voluntariado de las ONGs europeas se lleva a cabo en los slums africanos. Considerando la violencia de estos barrios marginales podría inferirse que es una forma nueva del turismo de riesgo. O Volunturismo, tendencia que ha venido a sustituir en África el fuerte recorte de fondos de las instituciones internacionales y ONGs, debido a las crisis mundiales. La ecuación es ésta: a mayor voluntarismo e inexperiencia, menor profesionalidad y efectividad sobre el terreno. Lo que se avanzó en décadas para atenuar la marginalidad de los slums, en los últimos años está dejando notar su estancamiento. En términos económicos todo estancamiento es una realidad social en retroceso.

Kibera, en Nairobi, es uno de tales slums. Se trata, quizá, del suburbio más miserable y violento de toda África. Su fama ha cruzado fronteras. Al barrio sólo puede entrarse de la mano de un baquiano. Y, tal como en el slum de Dharavi (Mumbai, India), ya existen en Kibera guías para hacer el tour por los ranchos como si se tratara de la visita a un museo. Los barrios marginales de este continente se han puesto de moda.

Jóvenes europeos pasan un par de semanas ayudando a las ONGs que trabajan en los barrios pobres. De día transitan por el slum intentando soluciones a problemas que los sobrepasan. De noche regresan a las sábanas limpias de su hotel en Nairobi. Y antes de retornar a su país de origen se gastan cientos de euros en un safari.

Los kilómetros que separan el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta de la capital, es una sucesión apenas interrumpida de chiringuitos. Decenas de kilómetros donde todo se compra y todo se vende. Un capitalismo montaraz donde las familias de los slums negocian con lo que pueden para alimentar a los suyos. La economía informal es la macroeconomía que rige la actividad económica del país. Los índices de bolsa de la capital financiera más importante de África no reflejan el pulso de una sola de sus calles.

 

12.

Gabriel U. (seis años) se salta los protocolos: pregunta sin circunloquios si me gustaría tener su color de piel. Sor Theresa, pendiente de todo, considera pertinente intervenir. Pretende orientar las respuestas ante un tema de carácter controvertido: “El color de piel no tiene ninguna importancia. Menos a los ojos de Dios”. Se agradece su arbitraje, preguntas tales suelen dejar a cualquiera descolocado.

La piel oscura y sus miles de matices no debería ser un tema tabú en estas latitudes. Pero solapadamente está ahí. Se percibe en las elipsis o rodeos para abordar la cuestión. Están conscientes de “el problema”, por así decirlo. De otro modo este niño no habría hecho una pregunta cargada de un contenido tan alejado de sus seis años.

Los prejuicios a enfrentar en su adultez no lo evitarán las frases comedidas o eufemismos de Sor Theresa. Gabriel U. (huérfano de padre desconocido y de prostituta que lo dejó en la puerta) es ahora un “simpático negrito”, pero cuando le toque escuchará referirse a él con calificativos con los que hay que imponerse una saludable autocensura para no sucumbir a los clichés aupados por los prejuicios occidentales.

Pero no se trata de un problema en el que Gabriel U. haya influido de algún modo. Se trata de cómo el centro occidental ha percibido y resuelto conceptualmente la periferia al sur del Sahara.

El término “subsahariano” es un claro prototipo del asunto. Los africanistas de este continente no están de acuerdo con la denominación “África subsahariana”; término acuñado por el eurocentrismo académico postcolonial y del cual estuvo excluida –hasta la llegada de Mandela al poder– la Sudáfrica del Apartheid. La palabra “sub”, por su parte, con su connotación de “debajo” también genera un problema conceptual que va más allá de lo lexicográfico. ¿Debajo de qué?...el término “subsahariano” como categoría antropológica o sociológica carece totalmente de peso teórico, y como entidad de expresión geográfica en estado puro, difícil que pueda sustituir al adjetivo “negro”. Así, lo políticamente correcto usado como herramienta de catalogación en el espacio de las ciencias sociales ha demostrado, una vez más, su fracaso. De allí que en estos apuntes es frecuente encontrar “África negra”, término que los africanistas negros defienden como el adecuado.

 

13.

Thomas W., cooperante alemán, hace una década que va y viene de África Oriental. Visita diversas comunidades que hacen costa con el Lago Victoria en Uganda, Tanzania y Kenia.

Pobreza más desesperanza genera creyentes buenos para los negocios. Un cristianismo improvisado está inundando las aldeas y poblados del África negra. La fe evangélica, sin importar cuál de sus tendencias, se ha convertido en una lavativa para producir dinero. Predicadores espontáneos se apropian de los escasos recursos de los pobres. El gobierno –dice la prensa– ha decidido abrir una investigación.

Las afirmaciones de Thomas W. no son difíciles de comprobar: basta caminar los 20 kilómetros que separan Makongeni de Kilimanbogo para dar cuenta de esta proliferación cercana a la epidemia. En solo un kilómetro puede haber más de veinte capillas de tablas o cinc, cuyos nombres revelan el alcance del negocio que cada secta se ha propuesto rentabilizar. Sin hacer cuenta de las que se encuentran en las ranuras interiores de las carreteras secundarias, o las que florecen los domingos en carpas improvisadas a las afueras de las aldeas y poblados.

Tales predicadores toman inspiración de los pastores televisivos norteamericanos. La millonaria predicadora Joyce Meyer, cuyo rostro reensamblado con cirugías pueden ver los telespectadores cada semana. El también evangelista con cara de chico bueno, Joel Osteen. Y el predicador, caído luego en desgracia “por homosexual y mentiroso”, Ted Haggard, asesor espiritual del presidente Bush junior en la época de mayores violaciones de los derechos humanos en las guerras de Afganistán e Irak. En África tienen miles de imitadores negros que se expresan y visten como ellos. En las ventas callejeras del centro de Nairobi, entre ropa usada, cebollas y tomates, los libros de los telepredicadores norteamericanos de más éxito ya son parte de la dieta familiar.

Otros oradores de menor ambición optan por disfrazarse de apóstoles de utilería: con trajes de colores llamativos, y rap a todo volumen, convocan la atención de los infieles que van de compras. En las plazas y mercados de pueblos y ciudades de toda África Oriental suelen estar. Cuando voy en busca de aguacates, papas o verduras al mercado del pobrísimo caserío de Donyo-Sabuk, al noreste del cordón industrial de Thika, encuentro su espectáculo. Todo un circo.

 

14.

Barack Obama estuvo aquí. Hace tiempo que se ha marchado. Pero sigue presente en radio, periódicos y televisión. Su ascendencia keniana lo convierte en más que un presidente norteamericano. A diario asoma un titular con frases de su discurso que, les parece, aún tienen algo de jugo. La prensa de chismes satiriza sobre la segunda petición de mano hecha a la hija mayor de los Obama. Esta vez no ha sido un abogado de la capital, sino un pastor masái-moran con una oferta aún más elevada: a cambio, el presidente norteamericano recibiría 500 cabezas de ganado para los jardines de la Casa Blanca.

Exigencia de Barack Obama al presidente keniano: “Poner freno a la corrupción”. La oposición parlamentaria de otras etnias culpa al presidente y a su tribu, los kikuyus, de ser los responsables del malandraje nacional. Pero en el ajedrez político local gobierno y oposición juegan sobre un tablero colonizado por la corrupción.

Una profesora del college donde trabajo expone un aspecto poco estudiado en Occidente sobre el grave problema que asola a toda esta región: “Desde sus inicios África ha sido y sigue siendo un territorio de tribus, no de países; país de naciones, no de estado nacional. ¿Cómo puede acabarse con la corrupción que exige Obama si la etnia en el poder sólo se ocupa de los suyos?” La pregunta que sigue daría mucho qué pensar a académicos y estudiosos de este flagelo internacional: “¿Es un acto de corrupción velar por tu propia tribu, por tu propia nación?” “¿No haría Obama, de estar aquí, lo mismo por su propia gente?” Las respuestas a estas interrogantes generan otras de fino hilar. El que nadie las haya respondido de modo satisfactorio revela su complejidad y lo rudo de la situación sobre el terreno.

La lucidez académica de la profesora está influida –hay que añadirlo– por las vicisitudes de la tribu Kamba, minoritaria en el país, y de la que ella forma parte. Los asesores de Barack Obama –cuyo padre pertenecía a la tribu keniana de los Luo– tendrían que haber hablado con esta profesora de college antes de que su presidente abriera la boca.

 

15.

Entender África desde luego que no es fácil. Cada día un matiz nuevo y desconcertante revela la vasta complejidad de sus ciudades, calles y aldeas: hay muchas áfricas dentro de África, muchos países dentro de un mismo país. Cada cual parece tener un reloj mental distinto, y cada una de las horas de tales relojes ser las correctas. Desde que los primeros hombres comenzaran su larga travesía por la historia humana, África ha sido un lugar multicultural, multilingüe, multiciclos. Las civilizaciones originarias que han construido la aldea global y tecnológica de hoy, partieron por oleadas desde las humildes aldeas que descansan en esta zona del planeta.

Al momento de redactar estos apuntes se dirigen hacia el norte de la tierra miles de hombres, mujeres y niños. Se trata, una vez  más, de los legendarios emigrantes africanos. Sus precursores directos realizaron el mismo camino hace miles de años. Alcanzaron Europa, Asia, Oceanía y, más tarde, poblaron las Américas. Tienen, pues, la experiencia ancestral para culminar exitosamente la larga marcha que han comenzado. Nosotros, que también llevamos sus genes, somos la prueba de lo lejos que llegaron. Y no habrá muro, frontera o policía europea que pueda doblegar su voluntad de conquistar y repoblar de nuevo el mundo.