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Papel literario

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Apuntes sobre Guillermo Sucre

Guillermo Sucre / ©Vasco Szinetar

Guillermo Sucre / ©Vasco Szinetar

A continuación fragmentos de “Derivas” (bid & co, 2013). En esta metamórfica bitácora de lecturas, escrita durante el año 2010, Alejandro Sebastiani Verlezza entrevera una reflexión sobre las clases, los poemas y los ensayos de Guillermo Sucre, en ocasión de la reciente y aumentada reedición que El Estilete hizo de “La máscara, la transparencia”

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a MFP

 

Martes, 18 de mayo:

Clase de Camus.

204.

Moderato. Frase. Pausa. Frase, pregunta, silencio. Mirada escrutadora recorre ojos. Risa, manos al aire. Señala, énfasis leve. Cita. Siempre mirando, a cualquiera. Los pupitres callados. Alguien anota. Las olas de calor traspasan las ventanas y sofocan. El ruido del pasillo en el fondo. Allegro moderato. Busca una línea subrayada. Lee, comenta: la oscuridad se mueve hacia la transparencia. Los cuadernos, abanicos, intentan disipar las olas de vapor invisible. Frase larga, bache mío, pérdida de atención. Allegro. Lentes empañados frotándose con una franela. Cita de los carnets. Se abre la puerta. Dos vías: fragmentos del pasado, la vida austera, la mamá de Camus. Calmo. Hombre rebelde, búsqueda del padre. “No tenía una emoción del padre, una memoria del padre, llega al cementerio con cierta indiferencia”. Luego, pasión y compasión. Alguien dice Proust. “El primer hombre tiene mucha memoria afectiva”. Identidad. Rasgos del padre, nunca imagen total, verdadera, profunda. “Camus escribió el primer hombre como una primera educación sentimental”. Frase, pausa. Silencio. Moderato. “Lo que aprendió en la vida no era expresable, era como una cierta sabiduría, pero nada más”. Alguien entra. Se pierde el hilo. Sigue. Pájaros cantan. Allegro. “Una atmósfera sagrada de Tipasa”. Silencio/asombro. El mar, un personaje. Siguen los pájaros. Ruido de bolsas plásticas. Baja el calor. Vivace. Los lápices recorren los cuadernos con rapidez: quieren recuperar las palabras que se fugan en las entrañas del aire. “En la página 29”. Frase. Silencio. “Era un pariente, era mi padre: lo siento”. Comentario, silencio. El sol rascando fragmentos de las tejas. Silencio. Pausa. Tos: fuga del instante. Calmo. Preparación del viaje: miedo, fragilidad. Venden las cosas, superar la asfixia. Aeropuerto. Avión. Sueño del vuelo. Otra lengua. Pez desconocido, ganar ligereza. Interrupción. El sol se abalanza sobre las palmeras, un nido en el techo roto. “La sucesión del ritmo del tiempo”. 4: 35 PM. Alguien entra. Pausa breve, mirada inquieta. Allegro. Lectura. “Una madre desdichada y distraída”. Bolígrafo rodando. “La búsqueda, por supuesto, de su propio pasado”. Se abre un abanico. Voces. “Dice que siente un vacío terrible”. Camus y Epicúreo. “Le dedica un capítulo en el hombre rebelde”. El que tiene un sentido crítico ante los dioses: su retirada, voltearon el rostro, avergonzados de sí mismos, exiliados. “En el fondo, el Epicúreo es escéptico, adusto: no trabaja para la eternidad”. El instante como alternativa y fuga ante la consciencia de lo absurdo, lo relativo de la vida. Calmo. Recoge las hojas, ruido de pupitres.

 

Viernes, 20 de agosto

Después de dar algunas vueltas alrededor de La mirada, me decido a empezar algunas anotaciones sobre Guillermo Sucre y su poemario.

A veces miro sin saberlo, con vaga consciencia del ojo, pero esta mirada me lanza hacia otras regiones: ella percibe con detenimiento, deja que sobrevengan los asombros, medita, se vuelve sobre sí misma:

Lleno de ojos centelleante

Cuando te palpo te veo

Cuando te veo me ciego

Qué somos qué dejaremos de ser

En este oscuro instante del instinto

En este relámpago qué seremos

Noche tras noche

Hasta esa gran pupila que ya no mira

Voz de la mirada, se me antoja decir, concentra imagen, pensamiento y asombro, hay líneas que oscilan entre el aforismo y la gracia de la epifanía, como si un aluvión se agolpara sobre los ojos, llenos y plenos de goce, para desembocar, luego, en poesía de una mirada que medita, contiene, cuando dispara su ráfaga da en el blanco (¿de la imagen, será?), como si unas líneas bastaran para dar forma a un mundo de intuiciones y relampagueos:

Donde los demás no ven

se detiene la mirada que soy.

Sin ilusión, sin presunción.

Dejo el misterio como carnada

de peces de otro mar sagrado

que nunca fue mi reino.

Pierdo fondo, es verdad.

Hace agua la conciencia.

Y lo que digo es cosa de empezar

a decirlo de nuevo.

Cosa de nunca acabar.

Sufro la hipnosis, la refracción,

la dilatación

de otra mirada que ya no soy.

Y de este espejismo surge acaso

mi lenguaje,

el que nadie

sabe al menos que construyo

con desdén.

Anoto intuiciones y las voy meditando.

Hacer llegar las sensaciones que llegan de la lectura, y luego, irlas colocando en una red, escribirlas. Procurar una relación con la poesía, lo más “directa” posible. Solamente estoy yo con el poema, pero me voy borrando, voy haciendo callar el pensamiento, diría Cadenas, para quedar lo más cerca posible y escuchar las emociones y sonidos que me va dando. Intento otra vía de acercamiento a la poesía y voy al mismo lugar: el goce de acercarme a una mirada que no quiere “saber”, se tiene a sí misma y eso le basta para inventarse y hacer entrar en sus pliegues la imagen de lo que fue un nosotros, embelesado –o abalanzado– sobre un paisaje psíquico, memoria de un instante recuperado por el ojo recordando a través de lo que contempla:

Desposeídos. En la penuria del sopor consumimos, sin embargo, el fuego de la estación. El pájaro que fermenta en el orgullo de los mares libera nuestro deseo. Estas aguas lamen tu cuerpo, lo tiznan. Luego irradia en las constelaciones de tu sueño.

Ajena a la mirada que con el tiempo se vuelve convencional y pierde vivacidad, si alguna vez la tuvo, esa que las ideologías imponen, la del poemario de Guillermo Sucre pareciera saberse marginal, no redonda sino fragmentaria (ahí, su particular “redondez”, en la búsqueda de la imagen y una expresión que sea su semejanza); apenas percepción de un instante; el ojo, apenas espejo, mira y anota, se pierde en su juego, no le interesa “poseer” ni adueñarse de un centro, sabe que su lugar es no tenerlo, no lo necesita, solamente quiere sumergirse en los paisajes que transita (y logra habitar interiormente), y a la vez, situarse dentro de unos límites:  

Las notas que tomo en mi memoria

y luego olvido o traslado

torpemente,

desasistido ya

de ese relámpago que enardecía mi infancia,

lo veo llenarme de ruinas, frases

que no logro hilvanar

con hechizo,

                        y así se deslizan,

discurren con crueldad.

Lo extraño: su tenaz compañía,

los gestos, los sueños que hacen

nacer en mí

                        y las furias, las cóleras

que en mí sepultan.

Para decirlo todo: añaden no

la confusión

sino el espejo

transparente

del fracaso.

Donde me miro y reconozco

mi rostro.

***

Por la noche. Llueve, suave.

Las gotas no forman una cortina tupida, son como un murmullo.

Está ahora en el fondo de lo que hago y pienso.

Cómo retomar el acercamiento a una mirada, si es efímera, volátil, huidiza; en constante mutación, es una de las tantas habitaciones que permiten una conexión con el mundo de los sentidos.

 

Cómo regresar a lo que quiero ver, pues la mirada es algo que se muestra, sucede, es una aparición, intermitente lluvia; me refiero a un instante que podría llamarse “privilegiado”: la presencia de algo, un quiebre en el orden corriente de las cosas, un gesto fuera de la rutina, la inflexión que amerita detenimiento, un instante lejano en la memoria que retorna fundido en los ecos de una experiencia con la escritura, dulce espejismo:

Las palabras que no logro inventar

son las que me explican.

Sonido ahogado bajo las grandes lluvias

de mi infancia

y ese horror ese estupor

entre los follajes de la noche.

***

 

Ocurre: mientras intento comentar un libro que me envuelve, hay un momento, o varios, en el que me detengo por completo y me digo que estoy absolutamente alejado de él, por más esfuerzos que haga en acercarme y comprender sus relojes internos, tan sutiles (hora de soltar, entonces…); luego de cierta convivencia con el poemario, tras varios acercamientos y alejamientos, lecturas detenidas y otras más voraces, anotaciones y comentarios, justo cuando me dispongo a la ampliación de las notas que hago en los bordes de las hojas, ahí, luego incluso de escribir un par de cuartillas, me detengo y me digo no, qué hago, el libro va por un lado y yo por otro, no lo comento, solamente me aprovecho, lo robo, arranco su jugo, lo dejo de lado, algo así me pasa con el poemario de Guillermo Sucre; seducido más de una vez por la tentación de la “lectura refleja”, ahora, con cierta distancia, dado el paso atrás, ese respiro sigiloso para atacar a la presa con mayor fuerza, apenas ahora, intento, aquí, en la supuesta libertad de mi diario, leer con cierta solvencia su Mirada; queda acercarse, entonces, ganado por una idea, ¿o imagen?: se escribe sin jamás dar en el centro, solamente irse acercando, rodeando, saboreando, con la consciencia, o la incertidumbre, de estar sitiados por la lectura, ella sola impone y la vez sugiere cómo ser acariciada. ¿Posibles salidas? Unos versos del profesor Oliveros:

            Una vez escribí que nuestro oficio

            era solo aproximativo y no alcanzaríamos

            la fijeza de las estrellas. Quería decir,

            me parece, que no llegamos a lo que sentimos.

            Lo que vivimos es un círculo y el poema

            es otro, más pequeño y hambriento,

            la distancia entre ellos es el naufragio.

Así, sospecho, el lugar del que intenta comentar poesía también sería aproximativo; si un poeta carece de certidumbres sobre su oficio, el que intenta comentar sus asombros, está en algo similar, entre la duda de interpretar acertadamente y esa sospecha: anotar sus impresiones tampoco basta. Si el poeta no puede traducir-se y no llega a dar con su expresión en el centro de lo que siente, en similar lugar –precario– se encuentra su lector. Estará el asunto en aceptar lo marginal y provisional de las propias interpretaciones, una de las tantas miradas existentes para acercarse a un “fenómeno”, y más si se trata de asombros (en el fondo, se trata de explorar distintas vías de acercamiento a la poesía). Quizá se trate de una “disposición” ante la literatura: nunca está de más dar vueltas alrededor de las propias limitaciones y resulta hasta gratificante descubrir que también son susceptibles de pasar por una mirada poética de las cosas; entonces, mirar, también es un ¿deseo? ante lo mirado:

Donde los demás no ven

se detiene la mirada que soy.

Sin ilusión, sin presunción.

Dejo el misterio como carnada

de peces de otro mar sagrado

que nunca fue mi reino.

Pierdo fondo, es verdad.

Hace agua la conciencia.

Y lo que digo es cosa de empezar

a decirlo de nuevo.

Cosa de nunca acabar.

Sufro la hipnosis, la refracción,

la dilatación

de otra mirada que ya no soy.

Y de este espejismo surge acaso

mi lenguaje,

el que nadie

sabe al menos que construyo

con desdén.

Sábado, 21

(no me abandona esta impresión)

Cada poema es una meditación del instante y también el instante mismo; la escritura pareciera surgir, así, por ráfaga, con la soltura de su aparición, como si entre el hecho de recibir la imagen y “llevarla” a la poesía la distancia no existiera: mirada y poesía, un solo impulso:

Y nuestro ocio en las terrazas o en los cafés, dioses escépticos,

prometiéndonos en sacrificio la oveja aún deslumbrada

de la noche.

***

Escribir aquí, en una voz baja, tranquila, se alarga mi convivencia con los libros, así puedo ver que La mirada busca por momentos separarse de sí misma, los ojos quieren ir hacia atrás y volverse a ver, como queriendo buscar algo, o quizá saliendo de su sitio para enfocarse en un lugar de mayor claridad: 

                        Nada está visto por última vez

Sus ojos siguen discurriendo en mi vida

Veo lo que ayer no vi

Calles encendidas muros que el tiempo no alija

Pero sosiega

Ciudad que las piedras esclarecen

Las aguas bañan con nostalgia

Las grandes lluvias alojan

En una luz de relámpagos

Esa intemperie fue mi única sabiduría

Domingo, 22

…ir entrando en los senderos que ofrece un poemario, descubrirlos, colarse en sus rendijas, abrirse paso entre los silencios y las respiraciones de las frases, asomarse y mirar la luz que entra desde una ventana a medio cerrar, entrar en la selva, dejar marcas en el camino, un grupo de piedras, o ramas, el paso que se hunde en el fango, vagabundear por sus puentes, con risa y distracción, llegarán solas las líneas que me dicen…dar vueltas, girar alrededor de lo mirado, “último destello del poema”.

(…y no dejo de tomar en cuenta que me acerco al libro de alguien que dice: “para empezar: no moriremos de poesía”)

***

Me pregunto si puede el ojo verse por un instante, recogerse, indagar sobre sus posibilidades, ¿mira lo real?, ¿es lo real el cristal de su ojo, o los pequeños focos de certidumbre que va descubriendo?

Quiere sitiarse, confrontarse.

Y en su “imposibilidad” se nombra (o más bien, es el cuestionamiento que permite encontrarse de distintas formas, mover el espejo, limpiarlo, así el ojo se sabe cambiado de sitio, germen de posibilidad creadora):

                        a igual podredumbre condenados

el poema

la mano que lo escribe

y la que lo borra

la mirada que lo sigue

y la que lo rechaza

el que lo sueña

solamente

el que además lo inventa

***

Ejercicio de atención enorme: posarse en el ojo y meditarlo.

¿“Actitud” ante la vida y lo percibido?

                        Mirada que habla en el abismo

***

¿Cuánto se concentra en el instante del mirar? Evocación de paisajes, físicos y psíquicos, asombro, imagen y pensamiento, el escepticismo y la voluptuosidad, el deseo y la contención, la felicidad, la duda y las oscilaciones, la experiencia. Claro, si hay una inmersión en el instante, se vive solamente y no se medita. Pero, y esta es una sospecha que me interesa, cuando alguien quiere imponer su mirada, con sus falseamientos y manipulaciones, ¿no conviene refugiarse en lo que va diciendo el ojo y las pequeñas verdades que va regalando?

                        Escritura del deseo de las arenas

El desamparo de ser fugaces

La gloria de ser fugaces

Jueves, 26

Me gusta también abandonar, dejar.

No debería convertirse en una voluntad la mirada.

Ella aparece a veces en los momentos más desatentos, sucede, ondea y se escurre de un lugar a otro.

Tampoco lenguaje de la mirada, más bien un entusiasmo, alegría de la sorpresa: pareciera el poemario “hablar”, siempre, en un ahora, aunque esté evocando un paisaje lejano en la memoria, pero vivo, en el instante: esa es la poesía que más me gusta de este libro, desatada del lamento, para decirlo con el mismo Sucre, funda una –su– imagen de las cosas:

                        No tenemos memoria sino presente

Un día es solo un día

Un sol el deseo

En el paraíso del exilio

Sin otro presente que la memoria

Con aquel idioma manantial del verano

Que lustraba tu cuerpo

                        Lleno de ojos algas anémonas

En la gran rosa gris del mar

***

Admirar y rechazar, juego entre la distancia y el goce del acercamiento, similar al vaivén de los ojos, inquietos, intermitentes: se detienen precisamente cuando llega, o aparece, un asombro, o simplemente algo, una sensación, un recuerdo, se tiende para ser contemplado:

                        Digo palabras que solo el viento reconoce

Pienso en otras vidas un bosque

Arenas que me internan en el tiempo

Estoy solo me corresponde la dicha

Somos así cuando salimos de la sombra

Pero no encuentro tus ojos

Me marcho todo me espera

Si me conoces sabes que vivo en el mar

Entre gaviotas

Viernes, 27

Seguir en La mirada, como si fuera un paisaje poblado de ojos y espejos, cada uno de ellos ofrece un espacio, un tono, estados de consciencia:

                        No estoy atado al lamento

Los poemas que salen de ese paisaje, me gusta imaginar, nacieron a partir de largas meditaciones; brotaron, me digo, como la mirada misma, oscilando entre la ráfaga de un recuerdo y su larga incubación: ahí, entonces, en el ahora del poema, llega la gracia del instante, ese volver a ver que ofrece una verdad (fragmentaria, dudosa: “entre el estupor y el encuentro”): 

La realidad es solo real

Por tu mirada

***

Anotar luego de mirar largamente, como uno de esos pintores que pasan largas horas ante una colina; “paisajismo” de la mirada, así me gustaría ver, al menos ahora, estos poemas:

Mediodía que no era de fuego

Sino por tu mirada

Ilusoria devorada

Por tu propia inocencia

…y ese mirar largo habla también de una manera de leer: encontrarse con el libro, detenerse en él, internarse en sus ritmos, como si fuera un laberinto: irlo anotando es ir saliendo de él, jugarlo también, pero ya se han dejado las marcas para volver a entrar; lo que no garantiza, eso sí, nuevas pérdidas, pero justo eso es lo estimulante: el hecho de volver a un poeta y saber que en cualquier momento sorprenderá con una línea y me lanzará a la intemperie del no saber, a la necedad del desciframiento…

Domingo, 29

Voy a copiar uno de los poemas que más me gusta del libro. Se resiste a todo comentario. Llevo días releyéndolo, alternativamente con otros poemas, y es poco lo que podría comentarse, salvo que es un chispazo efímero, inquietante, piedra lisa, caliente, juguetea entre las olas; “vigilia bajo el tiempo”, fragmento de lo real, naufragando en la página:

En la calle cambiamos de sombra

La luz nos persigue pero sobrevivimos

Luce intacto el día

Ojo cenital paisaje de tu cuerpo

El mundo es más real

Cambiamos las palabras por las cosas

Es otro sueño

El clima es la conciencia

El cielo límpido como ave que pasa

La tierra otra vez encarnada

Nos cambiamos por ese fulgor

***

Estas son las anotaciones de un estudiante indisciplinado y distraído. Avanzan sin plan alguno. Me interesan por la experiencia de quedarme a solas con un libro y ver cómo lo puedo ir leyendo.

***

“Regreso pero hay cosas/ que ya nunca regresan con nosotros”. Estos versos de Sucre me brindan intuiciones sobre la mirada en el poema, clavada en el ahora y sin lamento, en un despojo quizá: sabe de las cosas que nunca regresan, pérdidas y desalojos, como si se tratara de una exploración interior, lejos ya de situaciones, recuerdos, busca alejarse, habitar sonidos interiores, esas voces pequeñas, soslayadas, obviadas, marginadas por otras que hablan más alto, espacios de vida interior vibrando…

La espesura original del lenguaje

Su rumoroso silencio del silencioso brillo

…mirar, entonces, es un acto que viene desde adentro, si se detiene en un elemento del afuera es porque allí, de pronto, ha encontrado su justa medida, lo que Camus llamaría el acorde –el acuerdo– entre ser y existencia; la mirada, entonces, se satisface con azares, discontinuidades, extravíos, “errores” involuntarios, derivaciones que desembocan en la plenitud de la sorpresa, justo allí donde se podría decir:

                        Sal que devora y nos devora

Brillo que ciega y nos ciega

Nos tocó ese destino

Me tocó verme

En tu destello

                                                                        en tu mirada

Miércoles, 1 de septiembre

Quizá porque lo leí con La mirada, pero creo que está por momentos en similar tono con En el verano cada palabra respira en el verano.

Un ojo descreído, solar, jubiloso, atento a los instantes (¿de exilio?):

                        se va dorando desde adentro tu cuerpo

                        fuente de fresco fuego

                                                           follaje

                        donde el sol reaparece

                                                                no como la claridad

                        sino como la máscara que habíamos

                                perdido

                        tu rostro vive ahora con la perfección

                            del clima

Calmo, con sutiles juegos de palabras:

                        algo hemos aprendido de la vida: dominar

                        el demonio de la aniquilación

 

                        nunca hemos tenido razón

                        pero para qué

                                               para qué tener razón

 

 

…como si en ese juego se fueran creando sonidos, otros sentidos, alteraciones de los ritmos de las frases desembocando en asociaciones, raras, insólitas, ahí, entonces, confluyen, suceden, imagen y mirada: fuente del fresco fuego/follaje… lo que viene a dar, me parece, la sensación de ráfaga, eso que me pareció nombrar más arriba y me parece encontrar, más o menos “materializado”, aquí, como escondido en unos paréntesis:

oh Acetes no tuve el vislumbre de tu mirada

***

Más que tratar, y no sé si lo logré, de imponerle “miradas” a los poemas, quise dejar que ellos mismos fueran dándome las pistas, como si me colara en pasadizos no muy transitados, tanteando, siguiendo las señales que aparecen.

Pensar que cada libro tiene sus propios senderos.

Recorrerlos, solo (o aparentemente).

Ver lo que ofrecen los poemas en sí mismos.

(y lo que yo alcanzo a ver)

Y no olvidar:

                        También el poema se sale de su casa y no quie-

               re volver a ella

                        quiere vagabundear y quedarse no con lo que nom-

               bra sino en lo que nombra

                         olvidando que solo es palabras.

Sábado, 4

Hay momentos de la escritura que se dan así, a trompicones, hilachas; fragmentarios, discontinuos: solamente me voy dejando llevar por esa corriente, sin mayores propósitos, hago por estos días de la dispersión un método, quizá, una vía para ahondar un poco en páginas que provocan ser rayadas, revisitadas, comentadas marginalmente, anotaciones al borde de los poemas, bajo este ánimo me he paseado en los dos poemarios de Guillermo Sucre, y los he disfrutado, mucho, constato levemente, pequeña sospecha asomándose, escurridiza, por los extraños pasajes de mi cabeza, las ondas del ensayista, sus frecuencias entrando en la poesía, circulando en un espacio y otro, alternativamente, así me asomo en algunos subrayados, para darle un poco más de vuelo a mi vaga intuición, la de imaginar en lo que escribe Sucre una contención fluida, un cauce soltándose a cuenta gotas, un gozoso control de las potencias del lenguaje, un decir que no delata para abrir del otro lado el grifo de la imaginación, estaré equivocado con mis ecos, no lo sé, pero me gusta deslizar esa percepción, dejarla en el aire, y esperar, como a veces ocurre, la llegada de un azar aclarador (“una lenta escritura se desenvuelve sobre la sombra”), el rayo que pasa sobre el espejo y lo deja transparente, ¿y a quién le importa si me equivoco?

                        nunca hemos tenido razón

                        pero para qué

                                               para qué tener razón

…en tantas partes podrían colocarse estos versos: en las puertas de la Facultad, en un lado, junto a los tantos papeles que se pegan por ahí, también en las entradas de ministerios y demás edificios públicos; en las barras de los bares, en los muros y los pocos puentes que hay por ahí, ejerciendo su tristeza, callados, soportando el hedor del río: ¿no sería divertido?

                        la pasión del error no el error de la pasión

***

Lo fragmentario, me parece hoy, no se busca: está en el ánimo, sucede, aparece; reproduce un cierto ritmo, el traspatio, la teja abandonada, del pensamiento, lo que se escapa, o permanece informe, lo que no llega a ser del todo “una idea”, piedras que permanecen durante meses arrimadas, en una esquina, detrás de un montón de cajas, y de pronto se pesca una, provoca guardarla en el bolsillo, lanzarla…ahí, en ese basurero, lo que podría llamarse alma, pensamiento, emociones, espíritu, psique, ese lugar interior del que, a veces, como si nada, emanan sospechas, sucesos sin ritmo ni lugar, vuelta a la mirada, léeme…

Tramas la soledad del lenguaje

El lenguaje de la soledad

Domingo, 5

Entreveo en un ensayo de Sucre algunas líneas que me permiten explorar de otra manera sus poemas. Hago la “pequeña trampa” de mirarlos a la luz de La máscara, la transparencia. Así puedo hacer mejor, digo, la inmersión en algunas sospechas que me están rondando: una poesía escrita con pasión y al mismo tiempo desconfiando en las palabras, lo que no se traduce en queja o desdicha, todo lo contrario, Sucre encuentra –conjeturo al voleo– su posibilidad creadora en un lugar donde confluyen experiencia cuestionadora del lenguaje y realización de la imagen (también una experiencia). En una sección de su conocido ensayo, titulada “Una poesía escéptica de sí misma”, encuentro que el autor habla de esto: “…el desnivel que existe entre el acto de escribir el poema y el resultado de ese acto, o sea, el poema como tal. Entre ambos momentos hay un mediador que puede ser irreductible: el lenguaje”. Claro, está hablando de Huidobro. Pero no me interesa lanzar comparaciones ni rastrear “influencias”: mi deseo está en experimentar y apreciar cómo pueden establecerse ciertas correspondencias entre el pensamiento y la poesía de Sucre (y de todo escritor que se alterne en varios géneros y perciba cómo se van contaminando entre sí…). Me llama la atención, precisamente eso, el alejamiento de la queja y la percepción de un entusiasmo, quizá medido, atado al instante y contemplándolo al mismo tiempo, consciente, o con una “decepción” previa, si acaso se puede llamar así, o mejor, se podría hablar de una atención al desnivel: no damos en el centro de lo que decimos, en la poesía (y en la literatura, en el arte, en nada) no existen absolutos, ni “fines”, solamente caminos, y solitarios. ¿Conducen hacia algún lugar? Eso es lo de menos. Más adelante, en el mismo ensayo, leo: “El absoluto de la poesía reside en una imposibilidad que, sin embargo, se vuelve una continua posibilidad: el poema nunca está hecho sino perpetuamente haciéndose (¿y, por ello mismo, deshaciéndose?). La poesía está ligada a la búsqueda de lo que no se podrá encontrar”. ¿Tiene todo esto algo que ver con la poesía de Sucre? Sí, creo que sí. Y además, me parece, está recorrida por un sentimiento, o un clima, o un estado de la escritura misma, no sé si llamarlo jubiloso, o atento, muy “despierto” a lo que va manando de la vida (esos fragmentos recogidos calladamente por el ojo). Casi al final de su reflexión, lo dice: “Intensidad vital, supone, pues, un sentimiento sagrado de la vida”. Aquí es donde quería llegar. Mi búsqueda de todos estos días se resume con la anterior línea: desemboca ahí, estoy casi seguro: fundar la experiencia. No “moriremos” de poesía, pero sí vivimos en los instantes que ella va ofreciendo. Suficiente para continuar siguiendo los rastros de un autor. Eso, precisamente esa sensación, esa emoción, es lo que para mí va recorriendo las fibras de estos poemas. Y termino de corroborarlo cuando leo:

Tu mirada nos extravía

En otro tiempo que es la dicha del tiempo

Hablamos ya sin ceremonia ceremoniosos de la muerte

En esta gloria de ser solo presente

Pasado con el ojo de la inocencia

Con el ojo incandescente de la inocencia