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Apasionado Gil Fortoul

José Gil Fortoul

José Gil Fortoul

A la muerte del General Gómez, las casas de sus acólitos fueron totalmente desvalijadas menos la de José Gil Fortoul. Grupos de estudiantes se turnaron durante días para custodiar la casa "Chicudamai" de La Florida. Una vida intensa da cuenta de un hombre que supo llevar las cosas hasta las últimas consecuencias y nos legó uno de los más importantes estudios históricos del país, y una ristra de libros, artículos de prensa y correspondencias claves para comprender –y a veces descomprender– a Venezuela

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José Gil Fortoul habría deseado morir en el atardecer; sin embargo la mañana del 15 de junio de 1943 no pudo concluir la cotidiana tarea de afeitarse. Quedó la navaja suspendida en el aire mientras el cuerpo grávido se desplomaba, abandonado ya de cualquier conexión con este mundo. Su hija política, doña Chepa Dagnino de Gil Fortoul se encerró en su alcoba “porque no quería saber nada de muertos”. Tal vez las jornadas dominicales de agregar bromuro en la sopa de don José y sus dos hijos (Henrique y Adelaida) para apaciguar las explosiones de rigor –mantel, vajilla y cristalería desbaratándose contra el suelo– la habían dejado exhausta.

De la vida del historiador se presume que todos sus actos estuvieron signados por pasiones, aunque militase en una disciplina que exigía, y de la que se exigía, la más absoluta ecuanimidad. Por eso, y tal vez porque el calor le producía una “invencible pereza intelectual”, tardó demasiado tiempo en escribir los tres tomos de la Historia constitucional de Venezuela, sin duda el libro que marcó el hito de la modernidad en los estudios históricos del país. En ella dio lo mejor de sí, aunque no dejó nunca de publicar libros y escribir artículos para El Cojo ilustrado y El Nuevo Diario.

Su disciplina cientificista lo hizo doctrinario del positivismo, y su espíritu nacionalista lo convirtió en acólito de Gómez, razón por la cual algunos intelectuales han pretendido desmerecer su carácter pionero en el pensamiento científico de la Historia venezolana. Si el progreso era la utopía para la época, Gómez representaba esta posibilidad después de un intenso período de atraso y abandono. Aunque el precio sería demasiado alto, e insignificantes los resultados.

¿Quién era, en realidad, Gil Fortoul?

Difícil saber quién era José Gil Fortoul. El hombre de la pipa y el monóculo, ese que en una fotografía emblemática nos ofrece un seño fruncido, rasgos pronunciados y mirada interrogativa, luce una rosa prendida en el ojal que incita a pensar en cierta sutileza, cosa extraña tratándose de un hombre que, en el decir de su familia, vivió poseído de un carácter endemoniado.

Ostentaba un temperamento volátil. Bebía, sí, pero jamás se le vio borracho. Era introvertido, aunque mujeriego. Tal vez la clave de su éxito con las mujeres fue haber tenido un miembro muy bien dotado, y una indiferenciada sensibilidad para la belleza de las mujeres y de las rosas. Es posible que el escritor, como tantos otros, sufriera de doble personalidad: aseguraba recrearse en “cosas risueñas”, “paisajes atractivos”, apartándose “en lo posible de tristezas y miserias” y cortando alguna flor fresca al lado del camino para prenderla, “cuando puedo”, en el “corpiño transparente de una mujer hermosa...”. Pero era tan egoísta que se encerraba durante horas en el único baño de la casa, y tan radical que no comía en Venezuela ningún alimento que no fuese producido en el país (a menos que le aseguraran que los petits-pois eran cultivados en el jardín y entonces fingía creerlo), y tan incontenible su mal carácter que cada vez que se enojaba con el chofer lo hacía poner preso aunque lo rescataba al día siguiente. Nadie supo cuánto había de ira y cuánto de diversión perversa en ese gesto.

Se casó en Europa con una francesa de nombre María Luisa Macadet que, con toda razón, vivió siempre atormentada por los celos. Su venida a Venezuela, los avatares del trópico y la melancolía, la condujeron más temprano que tarde a la enfermedad. En su “lecho de muerte” hizo jurar a Gil Fortoul que nunca más se casaría, juramento que él cumplió hasta el fin de sus días, mas no por eso renunció a los placeres de una buena compañía femenina. Tal vez había aprendido que la soltería le brindaba mayores ventajas que el matrimonio.

El carácter irascible lo heredó de su padre, “el pelón Gil”, de quien se dice era un poderoso y déspota terrateniente tocuyano, acólito del general Páez, antes y durante su dictadura. Nació en Barquisimeto, hijo de José Gil y Adelaida Fortoul, un 29 de noviembre de 1861. Era éste un padre ejemplar y un hombre de cultura; leía fundamentalmente sobre derecho y filosofía, y se preocupó sobremanera por la educación de su hijo.

Parte de la leyenda relata que un día don Egidio Montesinos (uno de los enemigos que José Gil se había forjado a pulso), director y fundador del colegio La Concordia, se hallaba leyendo en su sillón (podrían haber sido los “versos tristes” de Ovidio) cuando un empleado le notificó que don José Gil preguntaba por él. Contraviniendo las advertencias de los sirvientes hizo pasar al camorrero, que en son de paz vino a pedirle que aceptase a su hijo como discípulo, que lo educara “a su estilo y con sus ideas”. Bien sabía que en La Concordia se formaban los mejores cuadros intelectuales del país. A don Egidio debió Gil Fortoul el amor a la ciencia y la filosofía. Y a Adolfo Ernst y Rafael Villavicencio, en la Universidad Central de Venezuela, su incursión en ellas. De Ernst aprendió el método científico, clave de su Historia Constitucional.

Un caballero en la corte de Gómez

Daba Gil Fortoul poca importancia al dinero. Era honesto hasta donde sus creencias y doctrinas se lo permitían, o al menos él estaba convencido de que lo era. Sería tal vez por eso que renunció a la herencia de su padre –nada despreciable en términos cuantitativos. Y fue tal vez por eso que murió en la ruina. Por qué nunca regresó a Barquisimeto, es un misterio. Solo se sabe que allí falleció de forma trágica su único hermano varón, Juan Antonio, en alguna venganza al estilo western.

Sin duda fue un tipo bizarro si intentamos verlo desde nuestros días, cuando los valores de la amistad y la caballerosidad han pasado a ser argumentos nostálgicos para el cine. Hoy sería tema cinematográfico Gil Fortoul aunque solo fuera por su lealtad al régimen gomecista. No era nada extraño que en su época sobresaliera al polemizar públicamente con sus amigos sin comprometer su integridad, aunque con sus enemigos fuera implacable, cosa que, desde el poder, resulta siempre poco riesgoso. Era un artista de la diplomacia, –como tal ejerció importantes cargos en el extranjero en tiempos del General– sabía hablar en lugar de callar. Era apasionado en sus ideas y paradójicamente profesaba una fe ciega hacia la objetividad científica. Desde el Senado defendió los derechos de la mujer y manifestó su pensamiento anticlerical, en cuanto a leyes se refiere. Se negó a la prohibición del matrimonio civil para los eclesiásticos y se mostró partidario del divorcio. Por todo eso fue acusado de antirreligioso.

Se batió a duelo con Enrique Gómez Carrillo (“el mosquetero guatemalteco”), por causa de un “desencuentro político”, pues al parecer Gómez Carrillo quería sacar ventaja económica al pretender el nombramiento de un amigo suyo en un cargo diplomático. El duelo tuvo lugar en el bosque de Boulogna, y Gil salió herido en el hombro izquierdo mientras su contrincante recibió dos heridas: una en el pecho por un puntazo “calculado y graduado para que no pasara de la superficie; un botonazo de advertencia”, y otra herida en el hombro para demostrar su superioridad técnica. Bobadilla, uno de los padrinos en el duelo, definió su estilo como “frialdad aristocrática”, y Gil Fortoul ganó para siempre la admiración de Gómez Carrillo, quien no perdió oportunidad para manifestarlo públicamente. Pero como era, en efecto, un hombre de conocimiento, el historiador tuvo la osadía de escribir su Manual de esgrima moderna, en un país “donde se peleaba a machete” –Polanco Alcántara dixit.

Ese mismo sentido de limpieza en el combate le permitió conservar para siempre, aún en las más álgidas polémicas, el afecto de sus amigos, entre los cuales se contaban Lisandro Alvarado en primera instancia, Pedro Emilio Coll –de quien celebraba el humor del que él mismo carecía–, y Carracciolo Parra Pérez. Con ellos fue tan duro como generoso. A Alvarado lo admiró siempre y también lo protegió como a un hermano menor, tanto material, como espiritual y políticamente.

Gil Fortoul, el excéntrico

Se presume que sus gustos estéticos estuvieron influidos por el impresionismo. Adoraba la música, a la que definía como el arte más perfecto, junto a la poesía. Amaba a Grieg, a Mussorgski, a Falla, a Brahms y a Wagner. En Tristán e Isolda hallaba la "divina voluptuosidad", lo hacía "soñar en cosas bellas, sublimes y perfectas". Y por todo esto iba el excéntrico escritor vestido de smoking a los conciertos. Y nadie, absolutamente nadie estaba dispuesto a comprender su traje y sus estremecidos comentarios que nunca hallaron interlocutor en la Caracas de entonces. Su retórica también estuvo influenciada por el modernismo, y entre sus amigos intelectuales se hallaban Rubén Darío y Miguel de Unamuno, con quienes sostuvo prolija correspondencia, aunque él mismo no tuvo nunca éxito como literato sino más bien como historiador y filósofo. Sus novelas (Julián, Idilio y Pasiones) de estilo objetivista al modo de Flauvert y de acercamiento a la novela de crecimiento (bildungsroman) al estilo Galdós, eran demasiado excéntricos para un país de gustos rurales.

“Compondremos la vida como una sinfonía”, llegó a escribir Gil Fortoul, quien sobre la muerte y la vejez tenía criterios muy claros. Anhelaba una vida plena hasta el fin de sus días. “En arte, envejecer es abdicar o morir. En arte y lo demás, nada importan los años si el corazón permanece rojo y caliente. La vejez no son los años es la indolencia, la desesperanza, la impotencia.” Por eso soñaba con una muerte al atardecer: “un cualquiera que ame el arte y los ademanes bellos preferiría decirle adiós a la vida en un crepúsculo de oro y púrpura como los crepúsculos vespertinos de este valle de Caracas, tan rápidos, que no dejan tiempo para la angustia ni para la tristeza”. “¿Qué importa que la vida no sea larga, si es intensa?” “Tiempo y espacio –dijo– son meras convenciones del entendimiento metódico para medir lo que huye, para fijar lo impalpable...”.

Aunque dice Polanco Alcántara que Gil Fortoul falleció plácidamente contemplando el Ávila y las algodonosas nubes que tanto lo conmovieron, hay quien afirma que en verdad murió afeitándose una mañana de junio, mientras su hija política se encerraba en la alcoba para no asistir al espectáculo de la muerte.

 

Una sinfonía inacabada

José Gil Fortoul es el autor del más importante tratado de Historia nacional, la Historia Constitucional de Venezuela. En él aplicó todo el rigor del que fue capaz, para mirar el país desde una perspectiva inédita. Si por un lado renunciaba a escribir una historia “completa de Venezuela”, por el otro lo consideraba innecesario. Su mirada se concentró en el pretexto jurídico, lo que le proporcionó una estructura completamente innovadora, y la aplicación de un método, categoría hasta entonces inexistente para las humanidades. Esto dice en su prólogo: “Dará lugar muy amplio para el examen de las leyes fundamentales, porque ellas resumen cada período, ...de suerte que, aún violadas con frecuencia, y aún no practicadas en su integridad, tienen siempre esas leyes importancia capital…”. Su concepción positivista de la Historia se ve en lo que sigue: “… reflejan las leyes el verdadero estado de un pueblo o el criterio de quienes lo dirigen…, cual si fuesen un organismo en perpetuo movimiento y desarrollo". Pero no quiso Gil Fortoul desarrollar su historia constitucional contemporánea. Demasiada gente todavía viva, demasiado vivos todavía los acontecimientos.

 

Historia de una historia sin término

Por Jesús Sanoja Hernández

De la pentarquía ideológica del gomecismo, rica en ensayos sociológicos, artículos polémicos e interpretaciones positivistas, solo Arcaya y Andara, ambos corianos, carecieron de formación intelectual, más o menos temprana, en Europa o Estados Unidos. Los otros tres tuvieron mejor suerte: Zumeta en su mirador norteamericano, que le permitió examinar la democracia de Estados Unidos desde adentro y también hacia afuera, con la expansión imperialista; Vallenilla en Holanda, y nuestro Gil Fortoul en largo y aprovechado deambular, como cónsul o encargado de negocios, por Burdeos, Hamburgo, Liverpool, París y Berna, durante aquella primera etapa comprendida entre 1886 y 1896. Recorrió así, a partir de los 24 años, puntos de excelencia en la geografía cultural del viejo continente.

Hace justamente una centuria, el presidente Andrade, como acto celebratorio del siglo que se avecinaba, solicitó de Gil Fortoul una Historia de Venezuela, seguro como estaba de que era el más apropiado para escribirla, en razón de sus antecedentes positivistas, sus modernos conceptos historiográficos y sus conocimientos puestos al día en los centros europeos. Castro, que derrocó a Andrade un poco más tarde, reenganchó a José Gil Fortoul en el servicio consular y diplomático, y a finales de 1906, éste, que contaba ya en su haber con Filosofía constitucional y El hombre y la historia, dio por concluido el primer tomo de la Historia constitucional de Venezuela. Según anotó Helena Plaza en su libro Los nuevos caminos de la razón, los comentarios favorables se iniciaron en El Cojo Ilustrado el 1° de febrero de 1907 y continuaron con los de Miguel de Unamuno y Lisandro Alvarado, larense como él y amigo entrañable, y quien dividió esa Historia… en tres partes, una referida a las “labores diplomáticas”; otra, a la “evolución constitucional”; y la tercera, a los “fenómenos psicosociales”.

Poco antes de Gómez expulsar del poder a su compadre Castro, éste había destituido a Gil Fortoul como representante en la II Conferencia de Paz de La Haya, y si bien los tiempos serían más felices al lado de Gómez, esta vez, hasta 1916, transcurrieron en Caracas, o como senador en 1910-11 y 1914-16, o como Presidente del Consejo de Gobierno ­¡y de Venezuela! en 1913, en vista de que el Jefe Supremo había salido a repeler “la invasión castrista”. Gil Fortoul, aclimatado, cantaba loas a Gómez en los periódicos, justificaba al caudillo, proponía la tregua de los partidos y, si acaso, en sus intervenciones parlamentarias, introducía innovaciones no aceptadas en torno a los derechos de la mujer, la educación y los contratos laborales.

En 1909 dio a conocer la segunda parte de la Historia y de pronto y a lo largo de los 34 años que lo separaron de su muerte, aquélla, como hecho editorial y como proceso, se detuvo en 1863, año decisivo para el federalismo. Los lectores se quedaron esperando que don José descubriera los secretos de los gobiernos de ciclo federal y los del castrismo y los del gomecismo, pero nada sucedió. La Historia, con mayúscula, había enmudecido, y hasta la orgía bibliográfica de Gil parecía convertirse en recopilaciones sin mayor unidad. Entre este Gil Fortoul posterior a 1909 y aquel del decenio 1887-1896 había una distancia creadora que asustaba. Gil Fortoul, en este primer lapso, escribe hasta novelas, tres en total, y en una de ellas, Pasiones, retrataba a la juventud caraqueña, ávida de conocimientos y reformas, como más tarde la dibujarían Díaz Rodríguez (Ídolos rotos), Gallegos (Reinaldo Solar) y Otero Silva (Fiebre).

¿Por qué congeló Gil Fortoul la historia en los finales de la Guerra Federal? Hay quienes alegan que a lo largo del gomecismo sus inquietudes de buceador en el pasado entraban en conflicto con su legitimación del régimen y hasta de sus vínculos con los anteriores, incluido el del entonces execrado Cipriano Castro.

Podría ser. Lo cierto, para los estudiosos actuales, es que aquella Historia inacabada dividió en dos las maneras de juzgarla y, también, de escribirla. La polémica vino por otros lados.

 

*Publicado el 5 de abril de 1998