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Aparta de mí, mi cuerpo animal

Dos emociones, vergüenza y repugnancia, generan significativas influencias en el funcionamiento de la sociedad, en los intercambios de la vida común y en las prácticas reales del derecho. Figuras problemáticas, Martha Nussbaum indaga en El ocultamiento de lo humano, el pernicioso papel que ambas cumplen en el seno de la sociedad liberal

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Imaginemos la escena, en algún lugar de la ciudad de New York. Un grupo de empresarios se ha reunido a almorzar. Beben. Al culminar el encuentro, a punto de despedirse, varios de ellos sienten deseos de orinar y lo hacen en la calle. La policía los detiene in fraganti. No van a la cárcel. La autoridad les impone lo que ahora llaman ‘un castigo alternativo’: deben limpiar una sección de la calle con cepillos de dientes. Sobra decirlo: un espectáculo rocambolesco, atractivo y gratuito para el resentimiento.

Justicia que humilla o justicia que dignifica: en las primeras líneas de su imponente estudio Martha C. Nussbaum dibuja la pregunta que estimula su travesía: ¿Cuáles podrían ser los límites a la tendencia que viene produciéndose en algunos países de sustituir las penas de cárcel por castigos vergonzantes, si creemos, como nos indica la más noble tradición liberal, que la justicia tiene como deber el de proteger a los ciudadanos de las afrentas a su dignidad?

Entre las innumerables respuestas que podría tener esta pregunta, Nussbaum escoge un arduo camino: se pregunta por el rol que las emociones (la repugnancia, la ira, la vergüenza y otras) tienen en la formulación de políticas públicas y, de modo más específico, en la creación de derecho penal (de hecho, a lo largo de las densas páginas de su libro, la autora se remite a más sesenta casos y sentencias producidas en tribunales de Estados Unidos).

Nussbaum expone siguiendo un método que llamaré de fina tomografía. Nunca da grandes zancadas, ni hace afirmaciones sin el debido sustento (como consecuencia de esto, tanto sus ensayos ‘breves’ como sus libros son siempre pacientes y extensos). Contra viento y marea, ella ejerce una especie de gallardía pedagógica mientras escribe: recapitula a menudo; trae al texto ejemplos en uso; recuerda los fundamentos de sus afirmaciones; cita cada una de las fuentes, una y otra vez. Es bajo el signo de esta voluntad primigenia de que nada permanezca en las sombras, que El ocultamiento de lo humano arranca con el argumento de que “el derecho sin apelación a la emoción es prácticamente impensable”. Más aún, su tesis es que la mayoría de las prácticas legales serían ininteligibles si se partiese de la premisa de que las leyes sólo se fundan en la razón (en lo racional como opuesto a lo irracional, a lo emocional).

 

Insuficiencia y repugnancia

 

Porque los humanos somos vulnerables a daños y perjuicios necesitamos de leyes que nos protejan y vindiquen. Esto es medular: nuestra vulnerabilidad es indisociable de las emociones. Negar las emociones sería equivalente a negar nuestra condición de seres vulnerables. El temor, la compasión, el pesar o la ira testifican nuestra calidad humana. Pero también las emociones actúan en el campo del derecho de dos maneras: por una parte, son factor influyente en la conformación de qué se considera un delito; por la otra, son un poderoso tamiz al momento de evaluar un crimen: lo agravan o lo atenúan.

Actos de violencia criminal que llevan implícitos aspectos como la defensa propia o la pérdida de control bajo el impulso de una rabia incontrolable, suponen la presencia medular del temor o la ira en las fuentes de la ley (del derecho penal podríamos extraer una lista bastante completa de aquellos hechos que nos provocan ira o temor). Pero ocurre que en el derecho y en muchos otros ámbitos de la vida pública, otras emociones más complejas (“problemáticas” escribe nuestra brillante autora) también tienen significativa presencia: la repugnancia y la vergüenza que, según nos advierte Nussbaum, son proclives a la distorsión cuando se les incorpora a lo público, en particular, como consecuencia de la estructura interna de estas emociones.

Si algo cautiva de este estudio, es la radiografía a la que son sometidas algunas emociones que parecen afines. Precioso deslinde: la repugnancia se diferencia radicalmente de la ira porque ella encarna ideas mágicas sobre contaminación, así como aspiraciones imposibles de lograr, relativas a pureza, inmortalidad y no-animalidad, que simplemente niegan la vida humana. A lo largo de la historia, personas, grupos y razas han sido apartados, excluidos o aniquilados por estímulo de la repugnancia. Por lo tanto, ella no debería constituirse ni en atenuante ni agravante en el derecho penal.

 

Vieja vergüenza

 

A una mayor complejidad responde la vergüenza (en muchos sentidos una emoción constructiva), que aparece muy temprano en nuestras vidas, asociada al deseo infantil de omnipotencia y rechazo a aceptarse como un ser con necesidades. Nussbaum la llama ‘vergüenza primitiva’, puesto que ella con frecuencia aparece vinculada al narcisismo y, muy relevante, a la renuencia a reconocer las necesidades y los derechos de los demás.

Así como frente a la inminencia de una ejecución, es la acción compasiva la que se moviliza frente al derecho para lograr el perdón y la salvación de una vida, las emociones se constituyen en pensamientos y en creencias valorativas, por ejemplo, sobre qué es una ‘persona razonable’ (podemos preguntarnos, ¿quién es capaz de compadecerse? Una primera respuesta podría ser: una persona juiciosa. Pero hay algo más allá que nos conecta con lo humano: quien siente compasión se declara a sí mismo vulnerable. La compasión es un logro moral porque convierte la imaginación empática en una fuerza determinante).

Todo lo anterior nos lleva a un preciso destino: las creencias ejercen un poderoso influjo sobre leyes y políticas gubernamentales. Basta con un somero análisis por distintas situaciones en las que una provocación ha sido el factor detonante que se ha zanjado con la muerte de una persona, para que nuestras emociones y creencias se erijan en ópticas de valoración de la realidad: frente a un mismo hecho habrá quienes consideren que la respuesta ha sido por completo injustificada, pero también habrá quien, honradamente convencido, sienta que el contenido concreto de la provocación constituye un atenuante del crimen cometido (se desprende de todo esto que no sólo en la vida corriente, sino también en el ejercicio de la justicia, lo relevante no es la verdad sino la razonabilidad o, mejor, la percepción que tenemos de ella).

Que las creencias modifican de modo sustantivo el carácter de la convivencia, del derecho y de las políticas públicas podría ser probado por innumerables ejemplos: me conformaré aquí con recordar cómo la infidelidad, en buena parte del mundo occidental, ya no legitima el homicidio (otro cambio emblemático de nuestro tiempo: cómo los criterios que califican a la llamada ‘insania mental’ se han ido estrechando cada vez más).

El papel decisivo que tienen las creencias nos conduce hasta una tensión de alta relevancia política y moral: si la compasión es un derecho que nos obliga a asumir (a entender) que cada acusado es un ser individual único (por lo tanto, debe ser juzgado bajo esa premisa), también debemos advertir que frente al peligro de una mayoría tiránica que pretenda imponerse a las creencias y valores de una minoría, hay valores básicos y profundos que provienen de la tradición liberal, que no sólo proclaman el respeto a los desacuerdos, sino como preciosa nuez de la vida, el valor irreducible de cada individuo y de su libertad.

 

El cuerpo animal

 

Del entramado y riguroso temario que recorre El ocultamiento de lo humano, el análisis de la repugnancia ocupa un espacio privilegiado. Nussbaum convoca a su revisión, entre otros, a teóricos como William Miller (cuyo libro fue publicado en español con el título de El asco), quien sostiene que el grado de civilización de una sociedad puede conocerse por las barreras que ha colocado entre sí y lo repugnante (en consecuencia, el derecho que tiene algún fundamento en la repugnancia, como ocurre con respecto a los homosexuales, podría considerarse un agente civilizador).

Nussbaum debate las diversas posiciones de pensadores conservadores, quienes avalan “la traducción” de la repugnancia a leyes. Dice: emociones de tal potencial conflictivo no admiten generalizaciones y deberían analizarse en sus expresiones concretas. No es confiable en la vida social y menos aún en el derecho, puesto que la repugnancia corporiza un rechazo a la contaminación que está asociado con el deseo humano de ser ‘no animal’, y está frecuentemente vinculada con ciertas prácticas sociales dudosas, “en las que la incomodidad que las personas sienten por el hecho de tener un cuerpo animal se proyecta hacia fuera, a individuos y grupos vulnerables”. La homofobia, la misoginia y el antisemitismo son, entre otros, expresiones de los graves perjuicios que tienen su fuente en la repugnancia, en tanto que el establecimiento de jerarquías es intrínseco a ella: formula niveles hacia las personas, las conductas, los objetos, las razas y hacia otras realidades humanas.

Como operación cognitiva, la repugnancia es distinta del disgusto o de la sensación de peligro. Tiene un carácter corporal (visceral: su expresión tipificada es el vómito). Paul Rozin la describe como el rechazo a la incorporación de lo contaminante, y Winfired Manninghaus como una “crisis de autoafirmación contra lo otro inasimilable”. David Kim habla del sentimiento de vulnerabilidad ante nuestra propensión a la descomposición y transformarnos en desechos. Es la reacción a lo extraño: materias corporales que no son percibidas de tal modo se convierten en extrañas cuando salen de nuestros cuerpos, de lo que deriva su vínculo con la descomposición y los desechos. Todo está relacionado con nuestro profundo rechazo a nuestra propia condición animal. “La repugnancia, por tanto, rechaza tanto la condición animal en general como la mortalidad que tiene un lugar tan destacado en nuestro rechazo a la condición animal”. Quizás por ello, no sólo aparece de modo sorpresivo, sino que ella parece estar presente en todas las sociedades humanas.

Como emoción que asocia a personas y grupos humanos con propiedades contaminantes (olores, suciedad, conductas despreciables), la repugnancia cumple una función de orden sociológico: crea un muro, una suerte de zona intermedia constituida por una baja humanidad, que permite crear distancia de la condición animal. Por ello su carácter es profundamente antisocial, destructivo, puesto que en su lógica interior late un pulso terrible: hacer desaparecer al agente contaminante, erradicarlo, aniquilarlo: de allí provienen las xenofobias, el asco masculino al semen, el aborrecimiento del cuerpo femenino, la repulsa a lo demasiado físico en el imaginario sobre la vida homosexual o, todavía más atroz, una de las energías que estimuló a Hitler a crear una industria de voluntad nacional, cuyo objetivo era la liquidación del pueblo judío, sólo por el hecho de serlo.

 

Marcar el rostro

 

El lector debe estar advertido: la exposición de Nussbaum está siempre ajena a lo unilateral. Metódica infatigable, a lo largo de su investigación considera casos, vertientes, factores y puntos de vista a los que suscribe, ajusta o debate (el libro es, como expresión de vida intelectual, una ofrenda al respeto por las ideas de otros; un moroso hacer de honestidad en el manejo de los argumentos; una lúcida y rigurosa reivindicación del pensador liberal, abierto y permeable, que con genio logra atender de modo simultáneo, tanto a las ideas como a la conformación de lo real).

Su análisis se introduce en escenarios intrincados como la insinuación homosexual, el cortejo lascivo, la pornografía, la necrofilia, los límites posibles de la dignidad, la denigración de negros, árabes, judíos o por razones socioeconómicas o, todavía más espinoso, en hechos derivados de la religión o la cultura, o los casos extremos de crímenes terribles (donde se presentan componentes como violación, mutilación o canibalismo). Su actitud de apertura no le impide dar cuenta, e incluso adoptar, algunas de las conclusiones a las que han llegado sus adversarios conservadores (como el que la repugnancia cumple un rol de contención moral en el funcionamiento de las comunidades).

La indiscutible familiaridad (proximidad) de estas emociones con el pánico moral y con la estigmatización del otro (el proceso por el cual las personas pretendemos establecer una frontera entre normales y no-normales), incorpora al estudio todo un profundo análisis sobre los procedimientos y significados del estigma y la vergüenza, siempre en relación con los extremos de la tensión perfección e imperfección, poderío y vulnerabilidad, vergüenza primitiva y vergüenza cultural (otro deslinde: mientras la vergüenza tiene su centro en un defecto o imperfección, la humillación representa un despojo de la dignidad).

También aquí el análisis se hace eco de la enorme complejidad que contiene la emoción de la vergüenza: mientras que cualquier apelación a la debilidad durante el proceso de formación de los niños es una estrategia peligrosa y debilitante, la vergüenza que cualquiera de nosotros puede sentir, por ejemplo, con respecto a la injusticia social, tiene una valiosa carga positiva. Copio aquí a Nussbaum: “La persona totalmente libre de vergüenza no es un buen amigo, amante o ciudadano, y hay instancias en las que la incitación a sentir vergüenza es algo bueno, sobre todo cuando parte de uno mismo y, al menos algunas veces, cuando surge de otro”.

 

El horizonte liberal

 

En su fascinante estudio sobre la ética en el helenismo (La terapia del deseo), Martha C. Nussbaum declara su propio deber: una filosofía que sea práctica y compasiva, es decir, que sin dejar de ser filosofía cumpla funciones sociales y políticas (cita en el primer capítulo a Epicuro: “Vacío es el argumento de aquél filósofo que no permite curar ningún sufrimiento humano”). Tal como lo desplegó en su acucioso estudio Las mujeres y el desarrollo humano, aquí la pensadora se pregunta de qué manera una sociedad decente podría dignificar a sus ciudadanos, en vez de degradarlos o humillarlos y, también, como minimizar el impacto negativo de los estigmas.

 

Puesto que las sociedades inflingen vergüenza a sus ciudadanos, se adentra en las opciones posibles, es decir, si hay casos en que la vergüenza pudiese tener alguna utilidad para sostener la moral pública y, en consecuencia, cumplir con los propósitos de retribución, disuasión, expresión y reintegración que deben tener los castigos. Si hay modalidades en que la humillación pueda justificarse como alternativa a la cárcel. Derivado de todo esto los dos últimas secciones ofrecen lo que llamaré un programa para la acción en distintos planos, así como también una invocación que se plantea la interrogante de cómo construir una sociedad liberal cada vez más justa, que no ceda a la tentación de ocultar lo humano.

Por encima de algunas específicas consideraciones, Nussbaum fija una posición fundada en principios: humillar refuerza el narcisismo al fomentar una creencia falsa entre los que disfrutan del espectáculo del caído privado de su dignidad: la creencia de que son invulnerables. Ante esto, resulta imperativo recordar a John Stuart Mill, quien sostenía que la dignidad y la libertad de las personas exigen constante protección ante la tiranía de las mayorías. Si creemos en esto, en que cada ciudadano merece una vida digna mientras nunca olvida los necesarios y justos derechos de los demás, entonces podemos compartir con Nussbaum que todo ser tiene un derecho primario a vivir en un ambiente libre de vergüenza y estigma.

 

El estigmatizador

 

Una sociedad decente (aquella que ha asumido que la dignidad es un buen primario central), sostiene Nussbaum, no debería permitir que la voluntad de estigmatizar domine el proceso legal, sin importar cuán impopulares son determinadas personas por sus ideas, características o conductas. Unas instituciones decentes, que se reclamen como defensoras de la justicia, no podrían sumarse jamás a las prácticas de humillación que surjan en la sociedad, independientemente de dónde provengan. Un líder, un hombre que detenta una responsabilidad, no debería nunca, bajo condición alguna, convertirse en el promotor y alentador de abusos verbales, degradación y humillación de los ciudadanos a los que gobierna (estructuralmente humillar es incompatible con la naturaleza del Estado). Escribe Nussbaum: “El respeto es una condición sine qua non de la relación entre el Estado y sus ciudadanos, de todos sus ciudadanos”.

¿Pero quién es este sujeto atrapado por una voluntad estigmatizadora? Se trata de una pregunta compleja, cuya respuesta exigiría analizar cada caso en concreto. Una variable extendida y reiterada señala que la vergüenza hacia uno mismo puede convertirse muy rápidamente, con desusada ferocidad, en una tendencia a la estigmatización de los demás.

Quien estigmatiza, posiblemente trae consigo la oscura energía de una vergüenza primitiva. Esa vergüenza primitiva, que está en el meollo de su carácter, es el alimento de su resentimiento sin remedio, de su “ira vindicativa”. Necesita, con urgencia recurrente, humillar a los demás para reforzar su narcisismo. Desespera: quiere propagar en sí mismo y en los demás, la falsa creencia de su invulnerabilidad. Su disposición es unidireccional: proyectar su propia vergüenza hacia fuera, desplazar su propia incertidumbre fuera de sí, con el recurso de degradar la identidad de los demás.

De lo mucho que despliega El ocultamiento de lo humano, es apropiado derivar algunos argumentos que arrojan luz sobre las consecuencias de la pericia del estigmatizador. Uno: en la acción de avergonzar a otro se produce una violación de la dignidad humana. En el hecho de estigmatizar hay una voluntad inequívoca, un deseo expreso de degradar al otro. Esa humillación pasa por imponer la existencia de una especie de clase aborrecible, que puede convertirse en blanco de repulsa.

Dos: el acto estigmatizador tiene un trasfondo callejero. Invoca una ley de la calle, una proclama que invita a la masa a sumarse al castigo. Copio: “La ley de la calle no es la justicia imparcial, deliberativa, neutral, que valora comúnmente una sociedad liberal y democrática”. Tres: la experiencia señala que las conductas que se proponen avergonzar no son confiables: se equivocan, generalizan, se fundan en ideas hiperbólicas, que desconocen la realidad. Son la desconsideración misma, su incontrolable inflación.

Cuatro, como un factor muy relevante en términos de la política: ¿qué cabe esperar de quienes han sido estigmatizados? ¿El silencio, el repliegue, la aceptación de la humillación que el ataque estigmatizador supone? Todo lector debe entender esto: el propósito de la conducta estigmatizadora es provocar la ruptura, aumentar la brecha, hacer irreversible o imposible el vínculo entre el estigmatizador y su víctima.

Cinco, a modo de cierre de estas inquietantes reflexiones: quien avergüenza a sus oponentes, quien se solaza en la práctica de humillar, quien se propone despojar de dignidad a otros con la aplicación de castigos vergonzantes, no sólo está intentado imponer un dominio, establecer un orden de creciente sumisión conveniente su psique incierta y avergonzada. También, y así lo recuerdan innumerables casos documentados por historiadores, está alentando la posibilidad contraria: que una fuerza masiva, agobiada y humilladora, del modo más inesperado, aparezca un día y cumpla el designio para el que ha sido reiteradamente alimentada: devolver los castigos que le han sido terrible e injustamente inflingidos.

 

 

El ocultamiento de lo humano

Repugnancia, vergüenza y ley

Martha C. Nussbaum

Katz Editores

Argentina, 2006