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Antonio Arráiz y Pérez Bonalde: amar la Patria

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Un poema de Antonio Arráiz

Quizás sea Quiero estarme en ti, uno de los más emblemáticas declaraciones de amor al país que se hayan escrito desde la poesía venezolana. Su autor, Antonio Arráiz (1903-1962), además de poeta fue narrador, ensayista, político y periodista. Fue, junto a Miguel Otero Silva, fundador de El Nacional


Quiero estarme en ti….

        Quiero estarme en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela,

Pese aun a ti misma.

Quiero quedarme aquí, firme y siempre,

Sin un paso adelante, sin un paso hacia atrás.

He de amarte tan fuerte que no pueda ya más,

y el amor que te tenga, Venezuela,

me disuelva en ti.

Quiero ser de ti misma, de tu propia sustancia,

Como roca;

O quizás echar hondas, infinitas raíces,

enterrarme los pies

como árbol,

y plantarme en ti, de tal modo

que no me conmuevan.


        Bien podrás darme cieno a beber,

y, cuando yo te humedezca de sudor, contestarme

con tus áridos cardos como sola comida.

O quizás se te ocurra flagelarme la cara

Con tus brisas, con tus lluvias más frías.

O tal vez concentrar en mis corvas espaldas

tu sol lacerante.

Aunque seas mala madre,

estaré adherido a ti, Venezuela,

adherido de amor;

y subirme sentiré, de ti, buena o mala,

tu propia vida, como savia.


J.A. Pérez Bonalde: fragmento de Vuelta a la Patria

El fragmento aquí publicado pertenece al segundo canto de Vuelta a la Patria, la producción más reconocida del músico y poeta José Antonio Pérez Bonalde (1846-1892).


“Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo

a darte con el alma el mudo abrazo

que no te pude dar en mi agonía;

a desahogar en tu glacial regazo

la pena aguda que en el pecho tengo

y a darte cuenta de la ausencia mía.

Madre, aquí estoy: en alas del destino

me alejé de tu lado una mañana

en pos de la fortuna

que para ti soñé desde la cuna;

mas, ¡oh suerte inhumana!,

hoy vuelvo, fatigado peregrino,

y sólo traigo que ofrecerte pueda

esta flor amarilla del camino

y este resto de llanto que me queda.

Bien recuerdo aquel día,

que el tiempo en memoria no ha borrado;

era de marzo una mañana fría

y cerraba los cielos el nublado.

Tú en el lecho aun estabas,

triste y enferma y sumergida en duelo,

que con alma de madre contemplabas

el hondo desconsuelo

de verme separar de tu regazo.

Llegó la hora despiadada y fiera,

Y con el pecho herido

Por dolor hasta entonces no sentido,

fui a darte, madre, mi postrer abrazo

y a recibir tu bendición postrera.”