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Antana Mockus: “Pongo en primer lugar el respeto mutuo de la vida”

Antana Mockus / Carlos Durán

Antana Mockus / Carlos Durán

"He llamado divorcio entre ley, moral y cultura” a la falta de congruencia entre la regulación cultural del comportamiento y sus regulaciones moral y jurídica, falta de congruencia que se expresa como violencia, como delincuencia, como corrupción"

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Antanas Mockus, ex rector de la Universidad Nacional de Colombia, fue alcalde de Bogotá entre 1995 y 1997. Años después la ciudad lo reeligió para un segundo período entre 2001 y 2003. 

Formado en Matemáticas y Filosofía.  Apasionado de la Pedagogía. Impulsor de los programas de cultura ciudadana por los que todavía se recuerda con entusiasmo su gestión. Invitado frecuente en prestigiosas universidades internacionales, se ha dedicado a escribir e investigar sobre, además de cultura ciudadana, la convivencia, la paz y la armonización entre ley, moral y cultura.  
Lo entrevisté en Bogotá cuando el año 2012 llegaba a su fin. Me recibió en su oficina de Corpovisionarios, la fundación que dirige y desde donde ha desarrollado importantes estudios empíricos sobre cultura ciudadana en diversas ciudades latinoamericanas. Aunque ha ejercido cargos públicos y fue candidato a la Presidencia de la República, no tiene los tics de seducción permanente propios de muchos dirigentes políticos latinoamericanos. Medita serenamente lo que va a responder. Se expresa de manera respetuosa con sus interlocutores, tratando de explicar ideas complejas de la manera más sencilla.

No hay nada petulante en su habla. No hace ruido. Cita a Durkheim, Hannah Arendt o Agnes Heller como quien cuenta cosas de un buen vecino. Suele ilustrar sus ideas con ejemplos y con frecuencia cita frases de personas con las que ha compartido su vida. A eso de las tres y media de la tarde del 5 de diciembre, con el resonar típico de un aguacero bogotano como telón de fondo, le informo que he organizado la entrevista en cinco grandes temas y le pregunto si puedo grabar sus respuestas. Responde que si, que está de acuerdo. De inmediato comenzamos.

 
Convivencia, diversidad y cultura de la legalidad

−Luego de leer algunos de sus escritos, tengo la impresión de que detrás de todo el esfuerzo conceptual y práctico que usted ha desarrollado en las últimas dos décadas se encuentra una preocupación fundamental, la preocupación por la convivencia. 

–Sí. Lo curioso es que a veces uno siente la necesidad de agregar un adjetivo para completar la noción de convivencia pues, de lo contrario, puede parecer como una idea muy resignada. Ocurre en algunos idiomas más que en otros. Se dice “convivencia” en español, “coexistencia” en inglés, “cohabitación” en francés. 

Para mí el respeto mutuo de la vida tiene una importancia muy grande y siempre lo pongo en primer lugar. Entonces los críticos saltan y dicen: “Sí, pero no cualquier vida, sino una vida digna”. Por eso en 2010, luego de ocho años usando el lema “La vida es sagrada”, pasamos al más singular y específico de “Tu vida es sagrada“. Pasamos de una abstracción a un hecho concreto. Cada vida es sagrada porque cada muerte es irreversible. 

Pero la convivencia va más allá del mero respeto a la vida de los otros, implica también, de una parte, encontrarle un sentido a la vida propia y, de la otra, vivir con los demás respetando la diversidad de opciones que cada uno ha elegido para darle sentido a su vida. La convivencia trata de que vivamos sin los riesgos de la violencia y aceptando o tolerando la diversidad. Entonces, lo primero es estar vivo. Lo segundo darle un sentido a la vida. Lo tercero respetar los sentidos que los demás le dan a sus vidas.

−¿Convivencia y respeto a la diversidad son inseparables?

–Sí, por supuesto. La convivencia sólo es posible en el marco de la tolerancia y del respeto a la diversidad. La lucha por la convivencia se ha ido transformando en un entusiasmo por la diversidad y por una conciencia creciente de que, bajo algunas condiciones, la diversidad no es un lastre sino una fuente de riqueza humana que puede ser aprovechada de manera fértil y durable.
Cuando la diversidad cultural es simplemente conservada, se convierte en riqueza inexplotada. Es fundamental que al lado de la preservación de las diferencias se desencadene o se acentúe el contacto, el diálogo, el intercambio, la fertilización cruzada.

–Entonces, ¿cuál es la salida? 

–Cada vez más aceptamos que al ser humano le conviene la pluralidad, la pluralidad de lenguas, la pluralidad de religiones. Pero la diversidad también problematiza las identidades. Nos obliga a enfrentar discontinuidades tremendas, procesos migratorios, aprendizaje de lenguas. La diversidad es atractiva pero también cuesta.

En Colombia hay una tensión permanente entre quienes prefieren ver la unidad nacional de la cultura, una cultura que unifique a todos los colombianos, y quienes apuestan por los localismos, por lo regional. Hay que buscar un punto de equilibrio. Una solución bonita es el tema de las Constituciones. Dos venezolanos tienen la misma constitución y ese debe ser su punto en común, en lo demás tienen derecho a ser distintos.

Pluralismo moral y pluralismo cultural no deberían significar relativismo disolvente. Para que no se traduzcan en un “todo vale” se necesita relacionar, de manera nueva, la autorregulación individual y las autorregulaciones colectivas: que otros tengan reglas parcialmente distintas a las mías de ninguna manera significa que yo pueda o deba volverme más laxo con las mías. Si reconozco la validez de otras tradiciones culturales, no por ello he de debilitar mi interés por elaborar e intensificar mi pertenencia a una tradición específica.
Eso es lo que buscamos con las acciones organizadas en torno a la idea de cultura ciudadana, identificar algo de ese piso común, el conjunto de reglas mínimas básicas compartidas que debería permitir disfrutar la diversidad moral y cultural.

Por eso cuando comenzamos con los programas de cultura ciudadana nos pareció importante trabajar para tratar de influir en las transformaciones más cotidianas en la vida común de las personas que tienen que compartir la existencia y responsabilidades en el marco del espacio público de una ciudad. Y así nos dedicamos a promover esas transformaciones que hoy podemos calificar como “pequeñas victorias ciudadanas”.
 
La estrategia de cultura ciudadana

–¿Cómo surgió el concepto de cultura ciudadana? ¿Por qué y desde cuál perspectiva se desarrollan esos programas? 

–El concepto de cultura ciudadana surgió dentro de discusiones sobre cómo deberíamos resolver problemas específicos de gestión pública. Constatamos la necesidad de intervenir sobre ciertos comportamientos de la ciudadanía que, de no ser resueltos, dificultarían la solución de problemas urbanos más amplios. Una política pública de cultura ciudadana es una política que busca transformar comportamientos específicos de la ciudadanía y debe contener un ejercicio de focalización e intervención sistemática en problemáticas que afectan la vida en comunidad.

Los programas de cultura ciudadana que comenzamos a desarrollar entre 1995 y 1997, en mi primera gestión como alcalde de Bogotá, hacían énfasis en la regulación cultural o, para ser más precisos, en la autorregulación. Se buscaba impulsar ante todo la autorregulación interpersonal. Se subrayaba la regulación cultural de las interacciones entre desconocidos en contextos como los del transporte público, el espacio público, los establecimientos públicos y el vecindario, así como la regulación cultural en las interacciones ciudadano-administración, dado que la constitución de lo público depende sustantivamente de la calidad de estas interacciones.

La estrategia de cultura ciudadana se convirtió así en prioridad y columna vertebral del Plan de Desarrollo de la ciudad y para su ejecución definimos cuatro objetivos. Primero, aumentar el cumplimiento de normas de convivencia. Segundo, aumentar la capacidad de unos ciudadanos para llevar a otros al cumplimiento pacífico de esas normas. Tercero, aumentar la capacidad de concertación y de solución pacífica de conflictos entre los ciudadanos. Y, por último, aumentar la capacidad de comunicación de los ciudadanos –capacidad de expresión pero también de interpretación– a través del arte, la cultura, la recreación y el deporte. 

Como lo resumimos en el libro Antípodas de la violencia, de manera esquemática, cultura ciudadana es: gestión de acuerdos sobre un fondo de confianzas y participación + mutua regulación entre ciudadanos + cumplimiento de normas legales, morales y sociales + probidad pública + seguridad por vías constitucionales.

Hay algunos elementos que fueron claves para el éxito del programa: el hecho de que incluyéramos múltiples acciones de educación ciudadana enmarcadas por una filosofía común; el peso de la cooperación interinstitucional y multisectorial, sobre todo en la fase de concepción y en las primeras acciones; y, un elemento absolutamente decisivo, el efecto multiplicador que significó la altísima visibilidad del programa lograda, en buena medida, por la cobertura de los medios masivos de comunicación.

En relación a esto último no hablo de campañas pagadas. Ocurría que las actividades que hacíamos, el uso de técnicas de movilización artística de calle, de esquemas de alto impacto visual y psicológico y, de formas novedosas de comunicación, eran muy atractivas para los medios y, en consecuencia, les concedían un gran espacio sin que tuviésemos que pagar nada. El programa por sí solo generaba acontecimientos mediáticos.

–Es el caso del impacto del uso de mimos en la calles para reorientar las conductas de los infractores de las señales de tránsito….
–Los mimos fueron lo más conocidos por el factor sorpresa que supuso su aparición y, sobre todo, porque servían para explicar muy bien el espíritu del programa: ayudar a los ciudadanos a cumplir las normas a través del buen humor, incitándolos a hacerlo a través de un elemento lúdico, casi festivo y no de la sanción. 

Pero hubo muchas otras acciones que implicaron el juego, la imaginación, los afectos y otros elementos motivacionales como las tarjetas de aprobación por parte de los peatones a los conductores que respetaban los semáforos, o las de condena a quienes no lo hacían. También estuvieron las jornadas de vacunación contra la violencia: las personas hacían sus colas, aceptaban la simulación de que estaban recibiendo una vacuna y se llevaban a sus casas el certificado de haber sido vacunados. Lo importante era sacar a la gente de su rutina, poner a unos a ayudar a otros a mejorar sus conductas pero sin agredirlos ni molestarlos.

–¿Cuáles fueron los costos y cuáles los resultados? 

–En los tres primeros años, de 1995 a 1997, el costo total fue de cerca de 130 millones de dólares, exactamente 3,7 % del presupuesto de inversión para la ciudad. Pero sin duda valió la pena hacerlo. Pasado tanto tiempo, las ejecutorias en materia de cultura ciudadana siguen siendo local y nacionalmente reconocidas como la principal realización de ese gobierno.

Los resultados en el campo de la seguridad fueron, por ejemplo, muy contundentes. Se logró reducir la tasa de homicidios de 82 por cada 100.000 habitantes en 1997 a sólo 35 en el año 2000. Allí influyó una serie de acciones como la Ley Zanahoria que limitaba el horario de funcionamiento de bares y discotecas, así como el expendio de licores, hasta la una de la mañana; el Programa de Desarme, tanto legal como voluntario, que implicó la creación de centros de negociación y capacitación de la policía y logró la entrega voluntaria de más de 1.500 armas. 

Cerca de 45.000 personas participaron en la “vacunación” contra la violencia familiar, actividad que incorporaba muy breves e intensos talleres con el apoyo de psiquiatras y psicólogos. Igual logramos reducir las 1.387 muertes en accidentes de tránsito en 1995, a 834 en el 2000. A este respecto tuvo gran importancia el hecho de que la Policía Metropolitana se encargara del tránsito en la ciudad, medida que también condujo a la erradicación de la costumbre de pagar soborno para evitar las multas de tránsito.

Otros logros fueron la reducción en dos tercios del número de niños quemados con pólvora; el avance notorio en la recuperación y respeto en el uso del espacio público, primero con las ciclovías, luego con plazas y parques; y el ahorro voluntario de agua entre el 11% y 14% por emergencia durante varios meses.

La concordancia entre ley, moral y cultura

Queda claro que no todas las acciones que emprendieron eran de carácter persuasivo y lúdico, también se recurrió a las sanciones y prohibiciones.
–Para que exista convivencia es indispensable el respeto a las reglas, de allí parte el concepto de cultura ciudadana. Por eso comenzamos preguntándonos por qué la gente cumple las normas. Una cosa es cuando una persona las cumple porque tiene una gran admiración por la ley: esa es una regulación de carácter moral. Otra muy distinta cuando lo hace por temor a la sanción y el castigo: esa es la regulación de carácter legal. Y otra sería por hábito, costumbre o por temor al repudio social: esa es la regulación cultural. 

Son tres tipos de mecanismos regulatorios –ley, moral y cultura– que no siempre van juntos, no siempre guardan concordancia. La modernidad tiende a acentuar su divorcio, agudizando la diferenciación entre reglas legales, reglas morales y reglas culturales. 

Entonces podemos partir de la oposición entre dos tipos ideales de sociedad. Aquellas donde lo moralmente válido cabe dentro de lo culturalmente válido lo cual, a su vez, cabe dentro de lo legalmente permitido y aquellas otras donde abundan las incongruencias entre esos tres sistemas de regulación, en donde está instalado un divorcio entre las tres instancias. 

En el primer tipo de sociedades lo importante es que la ley sea reconocida en su legitimidad y acatada de manera prácticamente universal. Hablo de tradiciones con opciones de ética laica inscritas en diversos legados culturales   –Grecia, Roma, Renacimiento, Revolución Francesa– que permiten una convergencia entre la coacción estatal, el control social y la acción de sentimientos morales como la vergüenza o la culpa. Allí, en asuntos básicos como los Derechos Humanos, ley, moral y cultura convergen y se refuerzan mutuamente.

No es así en el caso de Colombia y, en general, de las sociedades con democracias imperfectas, desgarradas o en construcción. En ellas suele suceder lo contrario: hay razones similares para acogerse a reglas distintas y, paradójicamente, una homogeneidad moral relativa sirve de base a la coexistencia de reglas muy diferentes. En estos casos la diversidad cultural y el grado de segmentación social contribuyen a ese divorcio. 

He llamado “divorcio entre ley, moral y cultura” a la falta de congruencia entre la regulación cultural del comportamiento y sus regulaciones moral y jurídica, falta de congruencia que se expresa como violencia, como delincuencia, como corrupción, como ilegitimidad de las instituciones, como debilitamiento del poder de muchas de las tradiciones culturales y como crisis o debilidad de la moral individual.

         Así llegamos a caracterizar la sociedad colombiana por un alto grado de divorcio entre ley, moral y cultura. El ejercicio sistemático de la violencia por fuera de las reglas que definen el monopolio estatal del uso legítimo de ella, o el ejercicio de la corrupción, crecen y se consolidan precisamente porque llegan a ser comportamientos culturalmente aceptados en ciertos contextos. Se toleran así comportamientos claramente ilegales y con frecuencia moralmente censurables.
         Podemos resumirlo así: la convivencia consiste en buena parte en superar el divorcio entre ley, moral y cultura, es decir, superar la aprobación moral y/o cultural de acciones contrarias a la ley y superar la debilidad o carencia de aprobación moral o cultural de las obligaciones legales. La cultura ciudadana es un instrumento para contribuir a superar ese divorcio tratando de hacer que se reconozca, para mejorar, la regulación cultural de la interacción entre desconocidos y entre personas y administración. La regulación cultural y su congruencia con las regulaciones moral y legal ayudan mucho a entender cómo funciona lo sano, lo no violento, lo no corrupto. Legalidad, moralidad y aceptabilidad cultural o social de la acción le pueden interesar.
         De ahí que en el centro de los programas y las acciones de cultura ciudadana esté el objetivo de reducir la justificación moral o cultural de la ilegalidad. Pero hay que tener mucho cuidado con esta interpretación. No se trata de que la ley, la moral y la cultura ordenen exactamente lo mismo, porque eso sería integrismo y sería incompatible con el pluralismo cultural y ético hacia el que avanza la humanidad. A lo que se aspira es que las reglas tengan la suficiente universalidad, coherencia y expresión estética como para lograr suscitar la admiración de personas que tienen marcos morales diferentes. 
         Durante siglos para la humanidad no ha sido fácil asumir esto o entenderlo y, por lo tanto, podemos comprender que para una sociedad contemporánea también sea difícil.

NOTA: Esta entrevista es una versión de la publicada en el libro Cultura, ciudadanía y desarrollo local.

 
FICHA DEL LIBRO

Cultura, ciudadanía y desarrollo local

Compiladores: Diana López y Tulio Hernández

Fundación Cultura Chacao

Caracas, 2013