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Anita Pantin. La creatividad es una búsqueda infinita

Captura de pantalla del video de Anita Pantin “Movingdrawing”

Captura de pantalla del video de Anita Pantin “Movingdrawing”

En esta entrega de la Serie Artistas Venezolanos en Nueva York, Mariza Bafile narra la pasión por las artes plásticas de Anita Pantin

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New York

Anita Pantin es pintora. Así es como ella misma ama definirse y no podría ser de otra manera porque Anita pinta, pinta siempre, aún sin pinceles, pinta con la mirada, con los gestos, con las palabras, con todo su cuerpo. En sus venas corren ríos de colores que pugnan por salir. Corren, gritan, lloran, suspiran. Son sentimientos y emociones, pensamientos y reflexiones. No hay cabida para la indiferencia en la vida de Anita Pantin quien escudriña el mundo con ojos de artista y lo trasforma en trazos y colores, lo encierra dentro de una pantalla o lo desparrama en una tela de seda.

“Estaba en primaria cuando por primera vez una maestra me llamó artista”. Profecía certera la de esa maestra quien vislumbró en su alumna el futuro que le bailaba dentro. La interioridad inquieta de Anita no soportó nunca las reglas estrictas de la didáctica tradicional, y teniendo apenas 13 años se enfermó tanto que la sacaron del colegio y la mandaron aRoma a estudiar dibujo. La grande bellezzade la ciudad eterna devolvió la salud a su cuerpo y Anita, libre de toda atadura, paladeó la libertad de la curiosidad.

De regreso a Venezuela la vida la llevó a cruzarse con cuatro mujeres y un hombre que marcaron su trayectoria artística.

La primera fue Luisa Palacios. “Es impresionante el trabajo silencioso pero indispensable que hizo Luisa por el arte venezolano”‒nos dice‒“En ese taller tan hermoso y rodeada de su entusiasmo y generosidad empecé a hacer arte en serio”.

La segunda mujer fue Lourdes Blanco. Vio sus trabajos en el taller de Palacios y quiso exponerlos en la Mendoza junto con los de artistas reconocidos.“Era casi una niña y estaba muy asustada”.Los recuerdos dibujan la ternura de la nostalgia en el rostro de Anita, de sus ojos brotan raudales de cariño agradecido. Y con una emoción y una admiración que han quedado cristalizadasen el tiempo nos habla de Luisa Richter, de Gego (“la mamá de todos nosotros”) y de Miguel Arroyo, quien le enseño la técnica de punta de plata.

“Una vez me asomé a la clase de Gego, artista que admiraba con pasión.Ella volteó su cara y me vio. Dejó de hablar y, entre el asombro de todos, me dijo 'Anita, el diseño que le regalaste a Miguel es…' y mimó un beso”. El cuerpo entero de Anita se ilumina ante ese recuerdo que atesora como una clase magistral.

También estudió con María Fernanda Palacios. “Fue un semestre muy importante. María Fernanda, contrariamente a lo que se podría suponer, nos puso a trabajar con las manos, a ensuciarnos las manos.”

El aprendizaje de Anita Pantin sigue en solitario. Es un gitano aprender, absorbiendo de aquí y de allá para alimentarun hambre insaciable de conocimiento y el deseo incontenible de experimentar.

Para estudiar el sistema offset busca empleo en una pequeña imprenta ubicada en el centro de Caracas donde imprimían almanaques con mujeres sexy. Allí pasa horas jugando con láminas y tintas y el muchacho que le permite tantos retoques de locura a las generosas curvas de las mujeres que van marcando los meses,a punto estará de perder su trabajo.

Son años de oro para el arte en Venezuela, hay una profusión de galerías y muchos mecenas con deseos de belleza. Anita exponía y vendía pero quería más, quería profundizar su búsqueda, quería darse el lujo de equivocarse.

Descubre los primeros lápices electrónicos que permitían conservar memoria de cada uno de los trazos que se pintan. El asombro y la alegría de poder congelar en el tiempo hasta la magia del primer trazo, “el  más libre, ese que brota del alma, que nadie nunca descubrirá tras las tantas capas que lo cubrirán” la lleva a sumergirse en el mundo de las nuevas tecnologías. Comienza en Caracas y sigue en la Universidad de Texas en la cual debía estudiar un semestre y se quedó 7 años.

En el mundo de la tecnología Anita cual Alicia encuentra el país de las maravillas. La animación con sus múltiples facetas irrumpe en su mundo y lo cambia definitivamente.

Su primer trabajo surge de una foto desgarradora donde aparecen los cadáveres de unos niños de la calle muertos a manos de la policía en Brasil. Ver esa imagen le produce un dolor infinito que del alma se expande como eco a cada hueso de su cuerpo. “Sentía la necesidad de hacer algo con esa foto pero sabía que trabajar con el sufrimiento humano es muy difícil, es peligroso. Tras pensarlo mucho fui escaneando la foto, niño tras niño, y empecé a dibujar a mano sobre ellas. Dibujaba y grababa, el dibujo se tornaba a cada momento más frenético y en mi mente sentía el retumbe de una batucada que marcaba el ritmo. Yo no pensaba, obedecía. Esa fue mi primera animación.”

Primera de muchas otras. El trabajo de Anita no para y sigue exponiendo aquí y en Venezuela. En Nueva York persiste en su búsqueda, pinta telas de seda y pinta al óleo, juega con píxeles y se considera la más vieja VJ (video jockey). Pintar es su vida, es una necesidad del cuerpo y un goce del alma, pinta con todos sus sentidos, y puede perder un día entero escudriñando una manchita, buscando la mejor luz para lograr la emoción que quiere transmitir. La adolescente hambrienta de belleza sigue intacta en su interior y, como en ese entonces, quisiera regresar a Venezuela para compartir tanta emoción con los que con ella comparten historia y hondas raíces. Pero no puede y esa herida no deja de sangrar. “El día en que por primera vez ganó Chávez un grito me salió de las profundidades del alma y recorrió los pasillos de la Universidad. Han pasado 15 años y esa primera herida cada día es más profunda.”

Habla del Ávila y el cuerpo entero parece contraerse en una mueca de dolor mientras los ojos son incapaces de contener las lágrimas. Como ella misma nos escribe “Estos son días decorazón blandito y las lágrimas esperando, como caimán en boca de caño, una oportunidad para salir”.