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Ángel Sánchez. Un niño que coloreaba figurines

Ángel Sánchez / Seth Wening

Ángel Sánchez / Seth Wening

Mariza Bafile nos trae una entrevista con el diseñador venezolano Ángel Sánchez en su Serie Artistas Venezolanos en Nueva York

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Nueva York

Un nubarrón blanco nos envuelve al entrar en el atelier de Ángel Sánchez. Sedas, encajes, velos casi impalpables cubren maniquíes y mesas de trabajo. Modelas etéreas como los trajes contribuyen a crear un ambiente de ensueño e irrealidad. Ángel Sánchez, estilista venezolano que ha logrado el éxito en el difícil mundo de la moda neoyorquina, está preparando su colección de novia. Trabajo indómito el de Ángel quien, hace tan sólo pocas semanas, ha participado en el exclusivo evento del Fashion Week y quien acaba de entregar el vestuario para el último espectáculo del Ballet Hispánico.

Nos preguntamos si alguna vez aquel niño que nació en Valera y se crió entre telas y puntadas de madre y tía modistas de la ciudad andina, pudo imaginarse entre tanto lujo y tanta belleza.

En su oficina destacan las fotos de su madre, “la mejor modista que he conocido” murmura con voz agradecida y un atisbo de niñez en su mirada. Y los recuerdos lo envuelven dejando aparecer intacto el asombro infantil con el que seguía el lento milagro de un trozo de tela que se iba transformando en vestido. Tardes silenciosas en las cuales mientras madre y tía cosían, cortaban y medían, él coloreaba figurines. En la adolescencia pasará sus ratos libres en La casa del hilo, mercería que abre su madre cuando las energías de la juventud se van diluyendo entre costuras y los ojos ya no aguantan la precisión de las puntadas. Allí entre botones, encajes e hilos de colores, Ángel ofrece consejos a clientas que buscan el detalle justo para transformar en único un vestido sencillo.

Mientras tanto sueña con salir de Valera, ver mundo, brincar fronteras. Ese momento llega al finalizar el bachillerato. Ángel, quien nunca había pensado en la moda como oficio, logra ingresar en la Universidad Simón Bolívar y se gradúa de arquitecto.

Pero los tiempos largos de la arquitectura mal se acoplan con el afán creativo de su juventud. Sus planos se enriquecen del dibujo de figurines y, cuando, junto con la madre, crea el Ángel atelier, y ve sus dibujos volverse tridimensionales en pocos días, entiende que ese es el mundo al que su alma pertenece.

Decisión difícil, que pocos entienden. Todavía queman las palabras de un profesor que lo acusa de estar dejando una carrera importante para hacer trapos. “Fue un reto que me ayudó a trabajar para que mi moda fuera algo serio, algo que mereciera respeto dentro del mundo de la creatividad.”

En la Caracas de los años noventa regida por un gran fervor intelectual y creativo, Ángel decide entrelazar sus “trapos” con el arte y su primera colección desfilará en la galería Los espacios cálidos y se llamará Ángeles autosuficientes.

El éxito no se hace esperar, su formación de arquitecto lo ayuda a mantener un estilo pulcro, armonioso y su falta de estudios en el campo de la moda lo impulsa a ser “un animal salvaje, versátil. Pienso que la moda es una interpretación del presente con un pequeño guiño al futuro. Pero también es importante la memoria”.

Sus ideas buscan inspiración en el cine, en particular el de los años 50, en el arte y en la literatura. “Caracas con su intensa vida cultural, su efervescencia y optimismo me abrió los brazos y mi creatividad pudo desarrollarse a la par de la de tantos otros, cineastas, artistas. Mucho le debo a la Caracas de aquellos años que me permitió realizar el sueño de darle dignidad y contenido a mi moda.”

Ángel se pierde entre los recuerdos de sus desfiles. Están tan impresos en su memoria que casi podemos escuchar la música de Vinicio Adames y ver el despliegue de luces y colores que acompañó sus modelos en el Teatro Teresa Carreño. La colección, cuyo nombre era El sapo verdadero en un jardín imaginario era una disertación sobre los conceptos de fealdad y belleza. Nos hace sonreír al recordar a las señoras encopetadas que entraron por primera vez en el Radio City, sala de cine de dudosa reputación, para ver su desfile Vermuth en el Radio City. Está en la cúspide de su carrera cuando siente nuevamente el deseo de saltar fronteras. Quiere más, necesita  medirse con un mundo más competitivo y aparentemente inalcanzable. Su mirada corre hacia Nueva York. “Fue una loquera de juventud, edad en la cual los sueños no miden  dificultades. Lo primero que aprendes cuando emigras, y sobre todo cuando quieres crearte un espacio en una ciudad tan competitiva como Nueva York, es la humildad.”

El éxito ha llegado poco a poco y Ángel se ilumina al recordar la primera vez en la cual una colección suya llenó la vitrina de un importante negocio de la Quinta Avenida, cuando uno de sus vestidos salió en la portada de Vogue, cuando Sandra Bullock y otras famosas escogieron sus modelos. La presunción del muchacho se ha diluido con la madurez de los años y Ángel sabe que el éxito hay que pelearlo día a día porque “permanecer es aún más difícil que entrar”. Por muchos años produce en Venezuela las colecciones que presenta en Nueva York.

“Mi sueño era tener una actividad internacional desde mi país. Lo hice durante muchos años pero al final he tenido que renunciar. Imposible trabajar entre las dificultades para importar, el control de cambio y la incertidumbre económica. El deterioro del país me ha obligado a transferir todo en Nueva York, atelier y show room.”

La mirada se extiende por ese espacio minimalista inundado de trajes blancos, nubes de ensueño, cómplices de ilusiones.

—¿Si Venezuela fuera una mujer cómo la vestirías en este momento?

Una sonrisa que destila amor.

—La vestiría de esperanza. Venezuela merece estar muy bonita. Le cosería un traje azul.