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Alfredo Chacón, entre el sonido y el sentido

Alfredo Chacón, 2014 / Williams Marrero, El Nacional

Alfredo Chacón, 2014 / Williams Marrero, El Nacional

El poeta venezolano celebra el verso y la prosa en su último libro publicado, Ser al decir, en el que diserta sobre el pensamiento de la poesía de siete poetas latinoamericanos

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Quiero hablarte, palabra,

ser tu voz

y que tú seas la palabra de mi voz.

Te convido a decir

seguro de que dices

pero no conmigo

sabiendo que yo digo

pero no contigo.

 

“Soy un llanero de lo más cercano a la falsificación”. Nació en San Fernando de Apure en 1937, pero no sabe bailar joropo, montar a caballo ni nadar en río. Sin embargo, asegura haber vivido en Puerto Páez, caserío a medio camino entre el Meta y el Orinoco, las experiencias fundadores de un ser.

Al culminar los días de su infancia, viviría un constante cambio de residencia, acompañado siempre por el grueso de su familia. Del llano a Los Teques, de Maracay a Valencia, hasta llegar a Caracas el 03 de agosto de 1953. “Fue un día inolvidable y un recuerdo entrañablemente unido a El Nacional porque llegué el día que salió la décima edición aniversaria y estaba estresado entre la mudanza y la compra del especial que había sido anunciado con diseños de Carlos Cruz-Diez”, comenta.

Llegó para culminar el bachillerato en el liceo Fermín Toro. Eran tiempos de dictadura, del enloquecimiento petrolero y la transformación urbana de Caracas. “Lo que respirabas como país era un aire enrarecido”.

No participó activamente en la disidencia. No obstante, el 27 de septiembre de 1957 se sumó al primer acto de protesta juvenil contra Marcos Pérez Jiménez –graduado de la UCV y ocupante  del cargo de profesor–, le pasó lo mismo que a Charlie Chaplin en Tiempos Modernos. Terminó por error a la cabeza de la manifestación.

Paradójicamente, descubrió su vocación en un librito de inventos científicos donde aparecían unos personajes cuya visión del mundo era amplia y fascinante. Antes vivió una breve pasión por la pintura, pero con la aparición de la escritura, no hubo vuelta atrás.  

Publicó sus primeros poemas a los 18 años en la revista Cruz del Sur, la única publicación cultural importante en la época y formó parte de la vanguardia de aquellos años con el grupo que se reunía en la casa de Los Rosales de las hermanas Elsa e Ida Gramcko, junto a Alfonso Silva Estrada, Sonia Sanoja, Elizabeth Schön, Antonia Palacios, Alejandro Otero y Oswaldo Trejo. También fue convidado a la tertulia dominical en la casa del escritor de Los pasos perdidos, el cubano Alejo Carpentier, aderezada por los moros y cristianos que cocinaba Lilian Carpentier. Según testimonio de los presentes, una experiencia real maravillosa.

Con la caída del régimen, llegaría a París tras recibir una beca concedida por la UCV. Allí vivió una de las vivencias más trascendentales de su vida. Nunca la existencia se le hizo tan libre e intensa. Para más señas, Brigitte Bardot le pasó por enfrente, pero la reconoció por los gritos que pegaron varios fanáticos varios metros más adelante. También se topó con los ojos de Michelle Morgan y en el barrio latino casi atropella a uno de los grandes exponentes del teatro del absurdo, Arthur Adamov.

A su vital existencia, precedida por miles de versos, hoy le da paso a la prosa de Ser al decir, su último libro publicado por Oscar Todtmann Editores, en el que diserta sobre el pensamiento de la poesía de siete poetas latinoamericanos: José Lezama Lima, Octavio Paz, Ida Gramcko, Tomás Segovia, Haroldo de Campos, Rafael Cadenas y Alfredo Silva Estrada.

–En el libro, aparece una cita de Rafael Cadenas, en la que asegura que el poeta moderno habla desde la inseguridad. ¿Suscribes tal afirmación?

–Yo lo llamaría incertidumbre. Considero que la responsabilidad con la creación sólo se cumple cuando te asumes en el límite, sin seguridades previas; y cuando haces lo mismo con el lenguaje. Éste es, sobre todo, la unión prodigiosa entre sonido y sentido y la virtualidad de esta relación es lo que el lenguaje ofrece a la creación.

–Más adelante vuelves a citar a Cadenas sobre el cuerpo hermético de la poesía moderna. ¿Es ésta una producción de los poetas para los poetas?

–En ese aspecto tengo un desacuerdo con Rafael. Para mí uno de los fundadores esenciales de la conciencia poética contemporánea es Stéphane Mallarmé, a finales del siglo XIX, y en estos términos, él sería uno de los excluidos. Hay un divorcio entre la poesía y la gente. Lo ha habido siempre, excepto cuando la poesía ha jugado funciones equivalentes a las iglesias de las religiones. La poesía es la máxima experiencia humana con el lenguaje, así que no es raro que le marque al lector una exigencia distinta a la del habla instrumental. 

No hay poesía sin verdad…

–Así es, pero hay mucho bagazo por ahí que no cumple con eso.

–¿Qué busca un lector de poesía?

–Hay dos tipos de lectores. Uno que busca revelaciones, y otro que está detrás de las confirmaciones de su subjetividad, del modo como está acostumbrado a sentir. Desean que su sentimiento les sea confirmado por un poeta.

–¿La poesía es consuelo?

–La poesía ha sido respuesta a un desafío. Ni gratuito ni fácil. Por ello puede cumplir al máximo las funciones de consuelo, confirmación, certificación de convicciones de la vida, modificaciones de sentimientos e inclinaciones del alma.

–Octavio Paz decía que la poesía no es sino posibilidad. ¿No se resume todo en esta afirmación?

–Así es. Lo posible de la subjetividad, lo posible del lenguaje, lo posible del encuentro del lector con ese desafío. Eso es creación poética y en todo sentido.

–Tu talante como intelectual y como hombre ha estado marcado por la fortaleza. ¿Acaso te vino de la poesía?

–Si entiendes de verdad lo que es la poesía es muy posible que llegues a vivirla de verdad. Para mí ha sido natural que todo pequeño avance en la comprensión de la vida haya sido al mismo tiempo un paso con relación a la vida y los otros. La poesía como búsqueda es algo muy difícil de transmitir. Creo en la fortaleza con amplitud y certidumbre con riesgo. Es algo que se consume como los vinos, las vitaminas.

–Entrando en un plano más personal, ¿te casaste tantas veces por perseguir a la poesía?

–En el curso de la vida lo equivalente al poema es el amor. Darse al otro y lo otro, es un tesoro. Para mí el amor genérico tiene dos culminaciones, el poema y el enamoramiento. Éste supone la apertura ilimitada para que el otro entre en ti y viceversa. El amor sería la manera de conciliar lo absoluto y lo relativo. Efectivamente, he tenido varias experiencias de pareja. Mis amigos bromean y se refieren “a las 15 mujeres de Alfredo”, pero no ha sido por diseño previo. Sencillamente resultó así. Ninguna de mis relaciones terminó por la destrucción o la negación mutua sino porque uno de los dos sintió que la llamita que sostenía a los dos absolutos relativos, se apagaba. En conclusión, haber vivido 5, 6 experiencias de pareja, ha sido un enriquecimiento de la vida enorme. Es como si hubiera vivido seis vidas. 

–Si con Pérez Jiménez el aire se te hacía enrarecido, ¿cómo sientes el de hoy?

–El de ahora está envilecido.

El poeta perdió hace dos años a su esposa, la entrañable escritora y etnóloga musical, Valentina Marulanda. Hoy encuentra el amor nuevamente, y se ocupa de la familia, los nietos y los amigos; tanto como de su nuevo libro dedicado al estudio de la poesía venezolana de los años 60. ¡Magnifique!