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Alfredo Armas Alfonzo: el juego de las transmutaciones

Fotografía de Alfredo Armas Alfonzo /Cortesía TAC

Fotografía de Alfredo Armas Alfonzo /Cortesía TAC

91 fotografías conforman la muestra "El pan nuestro", que nos devuelve a la indagación fotográfica y humana de Alfredo Armas Alfonzo (1921-1990), quien además fue narrador, ensayista, editor y autor de una extensa obra como periodista. El dossier que ofrecemos a los lectores incluye, además del ensayo de Rafael Castillo Zapata, testimonios de Ricardo Armas Ponce –su hijo y curador de la muestra inaugurada el pasado domingo en la Sala TAC–, de Graziano Gasparini y Carlos Cruz-Diez

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La cámara no es tan dócil como la escritura, tan dúctil como la lengua para transmitir la complejidad de los entrecruzamientos de la memoria con la ensoñación y de la experiencia con lo imaginario que tienen lugar en toda reconstrucción testimonial de un pasado que todavía sobrevive en algunos restos más o menos conservados en el paisaje de una cultura. La captura de la imagen fotográfica es como un pellizco crudo que arrebata un trozo de realidad y la congela en el tiempo. La escritura, en cambio, es ondulante y diversa, voluptuosa, puede adaptarse a las mareas impredecibles de los recuerdos, a los asaltos de la fantasía, a la lujuria misma de las voces y sus resonancias. Lo que el narrador logra alcanzar mediante expansivas acometidas golosas sobre la carne de su tema, tiene que lograrlo el fotógrafo en un rápido rapto de la mirada. La historia que narra una imagen es instantánea y simultánea. La fotografía no puede contar algo sino a fuerza de esos golpes de ojo que escanden la amplitud inusitada de lo visible en breves pero definitivos destellos fulgurantes.

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Estas diferencias entre la mecánica del relato y la mecánica del registro fotográfico son, tal vez, decisivas para entender el funcionamiento de lo que pudiéramos llamar el juego de las transmutaciones en la obra de Alfredo Armas Alfonzo, para entender el sistema de contraposiciones y confluencias que puede, quizás, establecerse entre algunos de sus relatos y fotografías de ese Unare mítico suyo cuya historia ha decidido narrar con palabras y con imágenes a la vez en una suerte de dispositivo anfibio y ambidiestro.

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El ojo del narrador, el ojo del fotógrafo: ¿cómo se derivan uno del otro en la obra de Armas Alfonzo?

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Narrar con las palabras, narrar con la cámara: he aquí, tal vez, ciertamente, una máquina de transmutaciones y transposiciones estructurales e imaginarias, un intercambio de flujos entre dos dispositivos de producción simbólica que se complementan en el trabajo de un mismo operador estético, en las manos de un mismo fabricante de artefactos sensibles.

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¿Se oye algo en las fotografías que hace un narrador? ¿Hay voces, a veces, resonando, acaso, en las imágenes? Hay imágenes que hablan, suele decirse. Patentes más allá de la evidencia de lo aparente, ciertas imágenes están impregnadas de un espeso peso semántico, cargadas y sobrecargadas de un sentido que ya no es óptico, sensualmente visual e inmediatamente retiniano, sino enteramente narrativo, memorial. Imágenes que están como clamando ser narradas, transmutadas en relatos.

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Podría decirse también que algo narra en las fotos del escritor. La noción de paisaje como construcción visual determinada por el uso calculado y consciente de la técnica es fundamental para entender la naturaleza narrativa de su corpus fotográfico. La construcción de un relato a partir de un detalle de la escena enfocada que se privilegia desde el momento mismo de la toma. Esto ocurre, sin embargo, al parecer, no sólo en virtud de lo que el ojo del fotógrafo elige focalizar, sino de aquello que la propia cámara como dispositivo mecánico es capaz de ofrecer a esa voluntad óptica que la dirige, como si se produjera, digamos, una simbiosis entre el ojo de la cámara y el ojo del fotógrafo, y entre la voluntad de éste, digamos, y las disponibilidades tecnológicas del aparato de captura. El ojo del fotógrafo es siempre un ojo magnificado, un ojo compuesto, un ojo agregado. Pero, en casos como los de Armas Alfonzo, la cámara parece no actuar como prótesis de un ojo pasivo que se entrega a los poderes funcionales del mecanismo, sino como complemento, digamos, de un ojo activo que prolonga su poder de captura sensorial a través del lente. En efecto, Armas Alfonzo parece controlar muy bien el momento y el encuadre precisos de la imagen que quiere capturar y que, de hecho, captura, con la misma exactitud con la que recorta en la prosa un detalle de la realidad que narra.

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Pero ¿qué pasa en estas imágenes con la inevitable variable del azar?

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La riqueza y la belleza de las fotos de Armas Alfonzo provienen no sólo, me parece, del control que ejerce el fotógrafo –su ojo, su mente, su cuerpo, su mano– sobre el dispositivo fotográfico, sino del ingrediente intangible que añade lo inesperado –lo intempestivo, la suerte– a la captura feliz de un momento y de un aspecto de la realidad objetiva enfocada y mordida luego por los dientes del obturador como pellizco precioso que perdurará en el negativo. La imagen resultante es, entonces, el producto de esa difícil coincidencia y correspondencia entre el dominio del artista, el poder de la máquina y la presencia misteriosa de lo imponderable y lo impredecible que acompañan la ocurrencia del enigmático e inexplicable momento justo de la toma.

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¿Qué hace el fotógrafo con lo visible? O, mejor, ¿cómo es que un fotógrafo produce la visibilidad de un rostro, de un territorio, de un espacio dado, de una figura? Preguntarse esto, tal vez, equivale a preguntarse por el modo como el narrador produce la legibilidad de una persona, sus pasiones, su interioridad, sus palabras, sus movimientos, en el paisaje que se teje en la urdimbre de su texto.

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También, puede ser, hay una urdimbre en la imagen fotográfica. También la imagen fotográfica es un texto y estamos, entonces, en situación de preguntarnos, de modo totalmente pertinente, acerca del modo como ha sido urdida: cómo se urde ante nosotros cuando la vemos, qué paisaje de hilos ha dispuesto el fotógrafo para que veamos lo que vemos, para que veamos, ciertamente, lo que la imagen da a ver, lo que la imagen, inclemente, nos da a ver, sin cedernos su secreto.

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Tal vez, como narrador, Alfredo Armas Alfonzo es un coleccionador de instantes, de capturas relampagueantes de detalles con los que se proporciona en el relato, de manera a la vez concentrada y espasmódica, toda la información narrativa necesaria. En este sentido, tal vez, la obsesión acumulativa del coleccionista de objetos cargados de significado afectivo o histórico que, según tantos testimonios, es Armas Alfonzo, se trasciende e influye sobre el modelo narrativo por el que se rigen sus relatos. Tal vez, además, se trasciende, como pareciera ya evidente, al universo de la práctica fotográfica. En todos esos ámbitos expresivos el elemento que se reitera es la imagen y el procedimiento recurrente es la acumulación: acumulación de objetos con valor simbólico, que operan como imágenes cargadas de significado; acumulación de detalles capturados como instantáneas en la ilación narrativa de episodios y peripecias; acumulación de imágenes analógicas directas que componen secuencias de paisajes (es decir, historias visuales) a partir de la captura sucesiva, a veces iterada o espaciada por vacíos que luego se completan, de momentos de vida en la realidad de un pueblo, una familia, un individuo. De este modo, podría tal vez decirse que el universo creativo de Armas Alfonzo incluye diversas máquinas o maquinarias de expresión sensible simultáneas: la colección, la narración, la fotografía.

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La pasión memoriosa de Alfredo Armas Alfonzo, cazador de instantes, se manifiesta no sólo en la obsesión por preservar los vestigios de una tradición ancestral encarnada en modismos dialectales y nomenclaturas arcaicas, en presencias y escenarios de un pasado que parece todavía vivo gracias a la fuerza de la escritura que lo evoca y lo convoca en el relato. Se manifiesta, pues, en su actividad como fotógrafo. Y así como colecciona fábulas y anécdotas de la pequeña épica popular de los habitantes de los pueblos de provincia donde transcurrió su infancia y su adolescencia; así mismo colecciona, no sólo objetos de una vasta, curiosa y variopinta memorabilia afectiva –tickets, etiquetas, envoltorios, botellas, cartas, postales, imágenes de santos, invitaciones, herrajes, esquelas, afiches, utensilios domésticos– sino, además, copiosas capturas fotográficas de los paisajes que transita, de los rostros con los que se topa en sus andanzas de curioso explorador impenitente, impertinente.

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El que colecciona está obsesionado sin duda, a su manera, por la inmanencia y la inminencia de la muerte en cada vida, en toda vida: las vida de las cosas, anónimas en su maravilloso desamparo de utensilios, meros enseres; la vida de los animales, con sus serena disposición a ser y a permanecer en su ser; la vida de las plantas; la vida de los minerales, de las aguas, de los vientos, de las nubes, de la luz; y, por supuesto, la vida de los hombres, que no es sólo su ser-ahí en lo inmediato contingente e inherente de su íngrima e insólita vicisitud, sino toda su memoria, todos sus recuerdos, todos sus sueños, sus deseos, sus enconos, sus frustraciones, sus alegrías. Se podría decir que Alfredo Armas Alfonzo es un coleccionista empecinado de todo lo que vive en lo vivo que lo rodea, incluso en las cosas que se nos aparecen como inertes, apáticas, inermes. Una pila de papeles viejos puede tener para él tanta potencia y prepotencia de cosa viva, como un animal que respira plácidamente mientras se asolea en la inconsciencia instantánea de su propia fatalidad, de su propia precariedad de ser-para-la-muerte.

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El modo como Alfredo Armas Alfonzo convierte un detalle de la realidad, un elemento trivial –el papel que envuelve un caramelo, por ejemplo–, en el motivo de una descripción o de una evocación donde el lujo de las palabras y la belleza de la composición del párrafo están orientados a producir un relámpago de conmoción en el lector, gracias a los contenidos afectivos que impregnan toda la escena y provocan inmediatamente el reconocimiento y la identificación, muestra la intensidad de su obsesión por preservar para la memoria todo aquello que ya ha sido devorado por el tiempo, reteniéndolo, a destiempo, con la pura fuerza de la imaginación.

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¿No pasa así también con muchas de sus capturas fotográficas de rincones e instantes de la geografía natural, arquitectónica y humana de las regiones fabulosas, ya mitificadas, que componen su peculiar Comala venezolana?

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Frente a estas fotografías uno puede sentir cómo emergen de repente las imágenes que leímos en una descripción narrada por el contador de cuentos privilegiado que fuera Armas Alfonzo. Y no es que estas imágenes sean la versión analógica de un cuento, encarnada en el signo visual que resume de un solo golpe de vista lo que en el relato es desarrollo de una ilación de nombres propios maravillosos de árboles, de animales, de personas y de cosas; es que son ellas mismas, en su serenidad y en su quietud, relatos.

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Uno ve estas fotografías y no puede dejar de escuchar la voz del narrador resonando en los entreveros del claroscuro de su sustancia luminosa. Estas imágenes hablan, como si la cámara registrara también el sonsonete del relato que acopia visajes de un paisaje a fuerza de elegir palabras preciosas, expresiones arcaicas, adornos conmovidos de una prosa elegíaca y apesadumbrada, dolida de tantas pérdidas y destrucciones. Uno ve un árbol abriendo su mano multiplicada de gajos secos hacia el cielo y no puede dejar de pensar en el “yerto esqueletal de guatacaros, guamaches, jabillos, quebrachos, yaques y alatriques” del que el narrador minucioso nos ha dado noticia en su impenitente deambular por los osarios del hombre y de la naturaleza asolada por el hombre: “Tú te pones a anotar los nombres de las criaturas que la candela y la maldad borraron de los anales de la candidez y te faltan dedos. Anota: piscua, cardenalito, sucé, picoeplata, pipe, turca, potoca, caicaito, catana, turupial, azulejo, la misma cóitora rumorosa de los guayabales de estos bajíos. Es un milagro que alguno que otro sobrevuele los humos de los últimos incendios, las recientes deforestaciones, los actuales desarrollos del negocio pecuario. Lo que antes eran extensiones de la libertad del hombre –leguas y leguas de silenciosa paz agreste– la apetencia de lucro les puso precio de usura escriturada. Tú has conocido cómo el mundo se empequeñeció al punto de que ni sitio ya le dejan a quien sólo posee los tormentos de su sueño”.

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Un mundo del que sobreviven al menos, sin embargo, resonantes y poderosos, los nombres, los recios y rancios nombres de las cosas y de los hombres que lo habitaban, sus árboles, sus aves y sus bestias, sus creencias, sus costumbres, sus rituales. Un mundo que sobrevive en esos nombres que el coleccionista de voces que es el narrador, andariego atento a la melodía reverberante de tantos toponímicos sonoros que siguen haciendo eco en la memoria a pesar de las desgracias, las desapariciones, las demoliciones de las que se encarga el tiempo, recoge y recita, preserva de su extinción gracias a la cantilena de sus letanías, de su empecinado contar y recontar las historias pasadas ensartando esos nombres como cuentas en la retahíla memoriosa del collar de sus relatos. Un mundo que no muere porque alguien lo sigue pronunciando, dándole vida con la minuciosa respiración que le proporcionan los ventilados alvéolos de ese lenguaje hecho de mareas y repliegues, laberíntico y poroso, maleable, dúctil como un hilo interminable en la punta de la lengua del que lo tiene sujeto por las riendas, llevándolo adelante, maestro de esa vociferación añosa, llena de aromas arcaicos, escandida en una interminable sintaxis de relampagueantes ocurrencias expresivas.

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Ese mundo que el narrador parsimonioso recuerda, principalmente, de oído, lo recuerda y lo recupera y lo recrea, a su modo, a puro ojo, en cambio, el fotógrafo, dándole nueva vida al mirarlo y admirarlo, preservándolo a punta de precisos y preciosos enfoques de hábil operario de la cámara. Aquí están también, en estas fotografías, en la instantaneidad de estas capturas decisivas de un momento dado en la experiencia de aquella luz y sus misterios, todos esos nombres, ahora callados, que el ojo que mira puede recuperar encarnados en la presencia sensible de su figuración analógica, con su contorno, su sombra, su brillo, su volumen.

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En la imagen fotográfica, esos nombres que hilvanan la cadeneta carnosa de la pulpa del relato son presencias, no sonidos; pero reverberan en la retina con la misma intensidad con la que resuenan en los oídos las palabras contadas y cantadas del que cuenta y canta y lleva la cuenta de lo que dice y rememora y sabe cómo lo parte y lo reparte en cada sabia parte, por su parte. Aquí también, pues, el ojo recuerda. El ojo ampara y favorece, resguarda de la muerte, como la palabra del cuento inmortaliza y eterniza a los ausentes, nombrándolos infinitamente, mientras haya quien los lea, mientras hay quien los vea, en cuentos y fotografías.

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Como en los breves y escandidos relatos que Alfredo Armas Alfonzo dejó dispuestos en una compleja y calculada red de resonancias, de reapariciones y constancias rítmicas, agrupados en manojos que se van convirtiendo finalmente en eso que llamamos libros, en las imágenes que su cámara va capturando, desde temprano, en su pródiga y prodigiosa vida de cazador de instantes, podemos leer densas historias comprimidas en el puño sustancioso de un solo golpe de ojo en un mismo rapto de luz. Y no es que el narrador se desdobla en fotógrafo, repito, para duplicar con la mirada lo que la palabra ya abarca, honda, y asegura y preserva para la memoria de los días cuando todo se destruya y sea mero humo y bulla lejana, en los relatos de su parsimoniosa y regodeada narrativa. Es que una misma pasión y una pulsión única lo empujan a hacerse, por todos los caminos de la percepción y por todos los medios de representación que su experiencia le pone al alcance, con la mayor carga posible de fragmentos de vida robados a la deriva inevitable hacia la muerte que arrastra a todo lo que en la vasta tierra se levanta.