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¿Por qué es tan buena la novela de Alberto Barrera Tyszka, Patria o Muerte?

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka

También poeta y articulista de este diario, el autor nacido en 1960 es, además, guionista de televisión y docente de la UCV. Su obra obtuvo el XI Premio Tusquets Editores de Novela

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Porque desde la primera hasta la última frase nos mantiene interesados, curiosos y preocupados por lo que viene. Destreza que revela un oficio bien cultivado, estudiado y bien entrenado en las artes del suspenso. Pero entrenada especialmente en los secretos de las palabras y en la sintonía con los acordes que resuenan en el corazón de los lectores.

Porque asombra su habilidad para crear un espacio poderosamente literario, que asociamos inevitablemente al Sanatorio Internacional Berghof de La Montaña Mágica, o al Dublín fatigosamente circular de Leopold Bloom, o al Pequod del perturbado Ahab. Se trata aquí de la alucinante “Sala de Espera” en las que unos pocos personajes, que representan 30 millones de almas, siguen con angustia los mínimos pormenores de la enfermedad y del  desenlace fatal de un líder totémico…

Porque a través de esa docena de personajes e igual número de episodios nos introduce en un paisaje de aventuras humanas que nos han sido familiares, más bien íntimas, en los últimos años en los que el chavismo ha copado todos los pliegues de la piel y todos los rincones de la casa.

Porque pocos, como él, conocen la versión televisiva de la realidad y saben develar sus misterios.  Demuestra que no otra cosa fue la que vivieron los venezolanos bajo el imperio carismático de Chávez. La realidad fue presentada en episodios insólitos como trasmisión, como sustancia “verosímil”, élan vital, gran embuste hipnótico.

Porque la interpretación de los hechos narrados en esta novela no queda solo en manos de la prudente omnisciencia del narrador. Como extraordinario periodista y observador de los hechos cotidianos permite a sus personajes brindarnos sus propias versiones: el hermano y el sobrino chavistas, la corresponsal americana, el periodista-escritor, los cubanos en sus diversas pieles, las “tierrúas” que han hecho de la ocupación una profesión. Nos provoca recordar al gran Paul Auster que habla a través de otros e incluso pone a hablar hasta al perro, Tumbuctú.

Porque les hace a los venezolanos un gran favor al colocar en clave de consecuencias personales, las grandes tropelías que cometió el imperio carismático que dominó por años la escena ciudadana. No queda nada por fuera: la división familiar, los escuálidos, las invasiones, los motorizados asesinos, los pobres, los corruptos, los jurunga muertos, los propietarios despojados, los arrendadores envilecidos, los periodistas desplazados, los matrimonios cubanos, los migrantes, pero sobre todos los vocablos estridentes, hiperbólicos, engañosos, del neo-lenguaje carismático, y de sus adoradores.

Porque sus sencillos aforismos y asertivas reflexiones acercan a los lectores a un intento de reinterpretación poética (o filosófica) de nuestra manera de entender, de la que hemos estado ausentes por siglos.

Porque no es una novela histórica, no es un ensayo político, es el cuento, absolutamente vívido, de cómo unos ciudadanos “corrientes” afrontaron las vicisitudes de una realidad prácticamente mágica, ahorcada por una suerte de demencia compartida. La asombrosa confeccionista de ojos artificiales, el periodista despedido, el oncólogo retirado y su familia, la propietaria, “las invasoras”, los funcionarios, la conserje, y especialmente unos niños cuya historia conmoverá –y hará lagrimear– al más “pecho peludo” de los lectores, son los sujetos, de terneza extrema, que habitaron –solo en silencio e indirectamente– las páginas de los periódicos y telediarios durante estos aciagos años que nos dejan una pregunta, la misma que se hacen los niños al final de todo:

–Y entonces,  ¿qué vamos a hacer? ¿A dónde vamos a ir?