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Adolf Eichmann: “El arrepentimiento es cosa de niños”

<i>El juicio a Eichmann. Causa penal 40/61</i>, por Harry Mulisch

El juicio a Eichmann. Causa penal 40/61, por Harry Mulisch

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Con Adolf Eichmann pasa lo mismo que con Adolf Hitler, Henrich Himmler, Rudolf Höss o Reinhard Heydrich: llega un momento donde no es posible avanzar en la comprensión del hombre. Disciplinados biógrafos, sosegados estudiosos de la conducta, escritores con especial vocación por la variedad humana como Harry Mulisch (1927-2010) se empeñan. Buscan, con inocultable desespero, una brecha, un resquicio, alguna pista que permita entrever en la condición del mal. Hay en ello una esperanza a la que no se renuncia: la de descubrir la pieza oculta del impulso a lo atroz. Como si al hurgar en la vida de un hombre como Adolf Eichmann, como si al aproximarse a él por los caminos más disímiles, pudiese ocurrir el descubrimiento, la revelación de lo que hace posible que un hombre sea factor clave del engranaje que se propuso hacer desaparecer de la faz de la tierra a un pueblo entero.

La pregunta que subyace en el libro de Harry Mulisch, no se agota en lo ocurrido durante el juicio a Eichmann en la ciudad de Jerusalén, en 1961. Los hechos, he aquí la paradoja, lo conducen a constatar lo que no puede ser constatado. Mulisch no se impone a la realidad: no teme detenerse ante la más mórbida de las conclusiones: “Eichmann no solo no sabía lo que hacía mientras transportaba a cientos de miles de víctimas hacia las cámaras de gas, sino que, en cierto sentido, ni siquiera sabía que hacía algo”.

Mulisch se pregunta cuál es la relación con la realidad de un hombre que mata a millones: posiblemente no existía en él ninguna realidad que no fuese la de sí mismo. Su posible arrepentimiento (¿nos aliviaría en algo?) no guarda correspondencia alguna con la magnitud y la significación de los crímenes cometidos (cuando a Eichmann le preguntaron si se arrepentía, dijo: “El arrepentimiento es cosa de niños”). Incluso el más extremo de los castigos (sentenciarle a muerte) nada cambiará para las víctimas ni para los sobrevivientes ni para quienes no podemos borrar de nuestro pensamiento las preguntas sobre Auschwitz (¿acaso cambia el sufrimiento del pueblo judío el que Eichmann haya sido ahorcado en mayo de 1961, en una prisión de Israel?).

 

Versiones

Se sabe que no culminó su educación, aunque se esgrimen razones distintas. Durante su adolescencia aprendió algo de yiddish, producto de su amistad con una familia judía. Fue vendedor de kerosene. Viajaba por Alemania. En 1932 tuvo un accidente que le ocasionó fracturas en la mano izquierda y el cráneo. El 1 de abril de 1932 se afilió al partido nazi. Se hizo miembro de las SS. En 1933 recibió entrenamiento militar y fue designado a Dachau, el campo de concentración que había sido puesto en funcionamiento en marzo de ese mismo año. Su carrera en la estructura nazi fue ascendente. De forma simultánea, se granjeaba una reputación: se le tenía como experto en asuntos judíos. Leía y recopilaba materiales. Su nombre forma parte de la historia de la humanidad porque fue el encargado de transportar a millones de judíos a los campos de exterminio.

Cuando en la conferencia de Wansee, el 20 de enero de 1942, se decidió el asesinato de todos los judíos, Eichmann, en calidad de experto en transporte, estuvo presente. Con una copa de coñac en la mano, Heydrich comunicó a los presentes que Hitler había optado por la Solución Final. Eichmann explicó que él se limitaba a obedecer. Anota Mulisch: “Himmler creía en Hitler, pero Eichmann solo creía en la orden”. Dice Eichmann: “Yo obedecía. Sin importar lo que me ordenaran, yo obedecía. Seguro que siempre había obedecido. Obedecí. Yo obedecía y no podía salirme de mi piel”. Agrega Mulisch: “La orden aparece como algo más grande que quien la da y que quien la recibe: como algo nuevamente místico, como un poder sobrehumano, al que hay que obedecer, sin importar de dónde venga”. En otras palabras: un hombre disciplinado y respetuoso de la autoridad, tal como le conviene a la modernidad productiva.

Tras el derrumbe y la capitulación de Alemania, Eichmann huye. Una serie de peripecias y falsas identidades (Adolf Barth, Adolf Eckmann, Otto Henninger, Ricardo Klement y Ricardo Liebl), lo conducen a la Argentina de Juan Domingo Perón, en 1952. El 11 de mayo de 1960, un comando israelí lo secuestró, lo sacó del país y lo condujo a Israel, donde fue enjuiciado. 

Antes de iniciarse el juicio, más que la figura de Eichmann, el centro del debate se refería a la competencia de Israel para juzgarle. Durante el juicio, que se inició en abril de 1961, a Eichmann se le mantuvo en un habitáculo de cristal, para evitar un posible atentado. La acusación contenía quince puntos: “Doce de ellos llevan la pena de muerte. Millones de judíos gaseados en Auschwitz; cientos de miles de muertos en los campos de trabajo; abortos forzados de mujeres judías en todas las fases del embarazo; la deportación de medio millón de polacos y catorce mil eslovenos; el asesinato de cien niños en Lídice. La lista no tiene fin. En el cuarto punto, Eichmann adopta una postura más cómoda. Cuando habla el presidente del tribunal, él mira al presidente; cuando habla el intérprete, mira al intérprete. No evidencia signo alguno de cambio de estado de ánimo. Es como si no entendiera el alemán. Sin embargo, cuando por fin el presidente le pregunta si ha comprendido la acusación, Eichmann responde nuevo: ‘jawohl’ (sí). Probablemente sea la única persona del mundo que pueda decir eso”.

Otra paradoja: que en la sala se haya producido más tensión cuando se narró la historia de un joven judío al que Eichmann apaleó en Budapest hasta su muerte (robó unos melocotones en un jardín), que en las repetidas veces en que se habló del asesinato de seis millones de judíos. La complejidad del debate se vislumbra en esto: el fiscal y el defensor presentaron los mismos documentos como probatorios. Pero todo aquel caudal, más de 1100 documentos, se abalanzaban sobre los hombros de un sujeto insignificante que, a medida que transcurría el juicio, empequeñecía, sobrepasado, anulado por la enormidad de los crímenes.

 

Eichmman repitió que no odiaba a los judíos. Cuando en el juicio se le interroga sobre la Conferencia de Wannsee, dijo: “me sentí libre toda culpa”. Había recibido una orden ‘liberadora’. Mulisch apostaba porque el juicio a Eichmann constituía la mayor lección pública que se había dado en el mundo, y que allí quedada enterrada la época nazi. Pero aquél hombre cada vez más pequeño e irreal le hizo atisbar, la que es una de las conclusiones últimas de aquél juicio: que Eichmann no podría saciar el deseo del mundo de encontrar un culpable y una explicación suficiente.

 

 

El juicio a Eichmann. Causa penal 40/61

Harry Mulisch

Editorial Planeta

España, 2014.