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Acertar con Aron

Raymond Aron / Fotografía tomada de Internet

Raymond Aron / Fotografía tomada de Internet

“Aron logró destacar, en el existencialismo de Sartre, sus nobles orígenes, sus esperanzas humanistas, sus crímenes teológicos”

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"Prefiero equivocarme con Sartre que acertar con Aron", decía una expresión coloquial de la izquierda francesa en los años setenta del siglo pasado. Para 2005, cuando se celebró, el 14 de marzo, el centenario de Raymond Aron, y el 21 de junio, el de Jean-Paul Sartre, el dicho había quedado archivado en los anales de lo tristemente célebre, de no ser por la obcecación con la que algunos pocos siguen defendiendo “el derecho al error” de un rebelde como Sartre frente al escepticismo liberal de un Aron. Con motivo de un artículo de Mario Vargas Llosa (“Los compañeritos”, El País, 9 de abril de 2005) que mostraba la desproporción entre la magnificencia napoleónica con la que se han festejado en Francia los cien años de Sartre y el tributo casi clandestino rendido a Aron, han circulado por la red defensas más o menos vergonzantes del políticamente indefendible autor de El ser y la nada. Cada tiempo tiene sus prejuicios y el nuestro, que tan mala prensa suscita, en mi opinión se honra con el regreso de la virtud como rasero para medir a las filosofías. Ya la posteridad tendrá tiempo de decidir si erramos o andamos, pero a principios del siglo XXI resulta generalmente inadmisible aceptar a las escuelas de pensamiento que dieron cobertura moral y política a los regímenes que hicieron su razón de ser de la destrucción sistemática de la persona. Por ello causa cierta náusea —para usar una de las palabras comerciales del sartreanismo— observar las piruetas teleológicas y escatológicas de las que Sartre y Maurice Merleau-Ponty se sirvieron para justificar, en nombre de la necesidad histórica, los campos de concentración soviéticos. El fenomenólogo Merleau-Ponty se arrepintió, mientras que Sartre sólo fue cambiando, a la moda, de totalitarismo y de la URSS pasó al elogio de la Revolución Cultural china y de toda variante tropical del comunismo. Murió Sartre hundido en un confuso remordimiento.

Tocó a Aron, condiscípulo y amigo íntimo de Sartre desde la temprana juventud hasta la fundación de Les temps modernes en 1946, ser la némesis del filósofo existencialista, una suerte de mala conciencia que se va apoderando del tránsito sartreano hasta ensombrecerlo. Tras someter a lo que brillaba al tratamiento de la oscuridad, Aron logró destacar, en el existencialismo de Sartre, sus nobles orígenes, sus esperanzas humanistas, sus crímenes teológicos. A Aron le tocó ser testigo, como joven estudiante de filosofía en Alemania, de la destrucción de la República de Weimar en manos de los nacionalsocialistas. Esa experiencia le permitió comenzar, en fecha tan temprana como 1931, la comparación morfológica entre el nazismo y el estalinismo, empresa capital para arrojar luz sobre el siglo. Aron desaprobaba, por cierto, el uso de la palabra totalitarismo para equiparar ambos fenómenos, que no le parecían mecánicamente simétricos.

En la primavera de 1945, los altos mandos nazis huían hacia el Oeste, ansiosos de entregarse a los aliados, pues sabían perfectamente con qué vara los mediría el Ejército Rojo. Pocos años después, desde las terrazas de Saint-Germain-des-Près, Sartre, tras intentar alguna tercera vía, elegía el comunismo soviético como el único futuro más o menos digno de habitarse. Aron, cercano al general De Gaulle, tomó partido por los Estados Unidos y las democracias occidentales, sociedades por cuya singularidad histórica decidió apostar su propio destino. Este liberal francés, heredero de Montesquieu y de Tocqueville, y no particularmente entusiasta hacia la democracia norteamericana, se quedó solo en una escena intelectual francesa donde no ser al menos compañero de viaje de los comunistas era un pecado mortal. Pero Aron sabía —y de allí el temor a pecar asintiendo con él— que sus lectores estaban en la izquierda y a lo largo de treinta años y tres mil artículos decidió ser la mala conciencia del marxismo, autor de libros capitales como El opio de los intelectuales (1955) y Marxismes imaginaires. D'une sainte famille a l'autre (1968), entre una vasta bibliografía donde el artículo filosófico es siempre superior a la disertación académica.

Cuando el general De Gaulle parecía un loco en una colina, solitario al frente de la Francia Libre en Londres, Aron fue el primero de los intelectuales franceses en ponerse a sus órdenes. Eso en 1940, cuando la claudicación ante la victoria alemana era la regla y no la excepción. Esa trayectoria, lo mismo que su profundo conocimiento de Marx y del marxismo —“equívoco e inagotable”, como él lo llamó—, lo convirtieron en el más temible de los adversarios ideológicos de la izquierda. En la fracasada síntesis sartreana vio Aron una contradicción muy filosófica y muy moderna, la de querer ser discípulo de Kierkegaard y de Marx al mismo tiempo, garante de la persona y motor del destino de la humanidad. Tampoco le gustaba mucho Camus: creo que Aron lo consideraba el policía bueno del existencialismo. Frente a Althusser y su escuela, esa última sagrada familia del marxismo occidental, Aron desnudó pacientemente aquella falsa ciencia, una escolástica que se prestigió deformando, torciendo, la obra del fundador. En otros ámbitos —como en la batalla por la independencia de Argelia— a Aron no le importó compartir las ideas de la izquierda ni ser víctima, por ello, de las amenazas de los ultranacionalistas.

Un liberal entre conservadores o el anticomunista preferido de la izquierda, Aron fue algunas otras cosas: un judío integrado de la Tercera República al que le costó desdoblarse en defensor de Israel, un analista económico más cercano al keynesianismo de la posguerra que al monetarismo, un sovietólogo que sobrestimó el poderío industrial de la URSS, un combatiente de la Guerra Fría y un espíritu profético que supo ver que sólo una especie sobreviviría al eventual colapso del comunismo: los cristianos de izquierda, inmunes a la Ilustración a la vez que siervos de su optimismo. Pero acaso lo más actual en Aron sean sus lecciones ocasionales, no sistemáticas, como “observador comprometido” de la democracia, forma de vida que en su descreída opinión debía de ser vista sin transportes de entusiasmo místico. La indignación moral —ese permanente estado de excepción al que se someten los intelectuales— suele ser mala consejera.

La gran exposición que en 2005 se consagró a Sartre en la Biblioteca Nacional de París —asunto que motivó la reflexión de Vargas Llosa— va más allá de la museografía consagratoria. Representa Sartre el último avatar de la Revolución, un mito moderno que apenas deviene en arqueología, cristalizándose ante nuestros ojos aburridos y nostálgicos. La fatal atracción del mensaje sartreano hunde sus raíces en el romanticismo, en la irresistible tentación que hace creer posible (como lo dijeron los surrealistas) cambiar la vida y transformar el mundo en un solo movimiento, reglazo de filósofo que librará al individuo de la náusea y a la realidad de sus contradicciones. Aron consideró, por el contrario, inaudito pretender la conciliación hegeliana, la síntesis, entre Marx y Kierkegaard: tomó entonces el más impopular de los partidos, oponiéndose de raíz al espíritu juvenil del 68, esa zarabanda que los parisinos, con su genio para la composición histórica perfecta, enterraron multitudinariamente, con la muerte de Sartre, en 1980. Tres años después, Raymond Aron tuvo otra clase de muerte: como Stendhal se desplomó en plena calle, frente a un ministerio, víctima de una crisis cardiaca. No le tocó presenciar la caída del Muro de Berlín en 1989 y corroborar que la Historia, para decirlo así, impropiamente, había preferido acertar con Raymond Aron.

NOTA

Este artículo ha sido tomado del libro La sabiduría sin promesa. Vida y letras del siglo XX, publicado por la Editorial Lumen, México, 2008.