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Cuarta Parte. “Es muy duro notar que lo que nos fastidia de afuera en realidad viene de adentro”

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Qué difícil comenzar. Escribo lo que me provoca un ruido silencioso en las entrañas, eso que me tortura delicada y lentamente hasta que se manifiesta de manera escandalosa, turbulenta y perturbadora.

Asomarse hacia uno mismo, mirar los escombros, sumergirse y despojarse de lo que nos molesta no es un plan que queramos llevar a cabo mientras trabajamos o hacemos ejercicio, tampoco cuando llegamos a casa, mucho menos los fines de semana. Porque observarse requiere tiempo y reflexión. Y la reflexión duele e incomoda. Es muy duro notar que lo que nos fastidia de afuera en realidad viene de adentro. Lastima embestir los errores que hemos cometido y los pasos equivocados que hemos dado en momentos inapropiados. Irrita enfrentar al monstruo del pasado, porque aceptar que nuestro presente es nuestra propia consecuencia es una responsabilidad tan grande que no quisiéramos montarla sobre los hombros.

Deshacernos de lo que nos estorba implica mudarse a un lugar más amplio. A una consciencia expandida. Para poder lidiar con todo aquello que entorpece nuestra tranquilidad. Para comenzar la búsqueda de un lugar sereno. Donde nuestras elecciones pesen más que nuestra historia. Donde nuestra independencia gobierne más que nuestra infancia. Donde nuestra voluntad sea más enérgica que nuestra apatía.

Ser adulto es una promesa que nos hicimos de chicos pero que no todos cumplimos. Ser adulto significa dejar de depositar culpas en otras personas, adquirir la humildad suficiente para ofrecer una disculpa y para tener bien claro que muchas veces esa disculpa no reparará ningún daño. Ser adulto es saber que ser suficiente muchas veces no alcanza. Porque la vida exige más y algunos se quedan. Se acomodan. Ser adulto, en esencia, es dejar de romper corazones para comenzar a pulirlos.