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Tercera parte. “Mucho tienen que ver los motivos del trago amargo, pero generalmente los motivos son el mismo: alguien atentó contra mi ego, gran pecado”

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Sí, como cualquier samaritano, también me enojo, me encolerizo, me enfado y me irrito. Gozo de ese gran privilegio animal pero no sé hacerlo con las vísceras, no sé perder el control. No me pongo roja de coraje ni le escupo sapos y serpientes al causante de todas mis molestias. Soy muy torpe para atacar. Cualquier argumento inteligente para alejar de inmediato al enemigo se me borra y solo se me ocurre marcharme de la escena del crimen. Tal parece que funciona, completamente sin querer, porque mi cuerpo aparenta que no me importa y la indiferencia a nadie le entusiasma. Sin embargo, me importa. Cuando vuelvo a la soledad se desatan todos mis demonios y con ellos la tristeza.

Mucho tienen que ver los motivos del trago amargo, pero generalmente los motivos son el mismo: alguien atentó contra mi ego, gran pecado. Carajo, qué doloroso es saberme tan pequeñita y qué necesario es aceptarlo.

Es frustrante sentirse incompetente ante esa partecita de nosotros en la que cualquier persona puede intervenir, ya sea de manera breve o por temporadas prolongadas. Hay rabietas que uno hace sin siquiera darse cuenta, que son el equivalente a tirarse en algún pasillo del supermercado, completamente colérico porque no nos compraron el juguete que queríamos, ese que después de cinco minutos nos aburre. Así, pero de grandes, así, pero con la gente.

Pobre ego, siempre quiere más de lo que tiene, espera más de lo que puede y cree estar por encima de los defectos y virtudes comunes que nos definen como seres humanos.

Ahí, en el encuentro con mi enojo, tristeza y soledad, procuro encontrar la humildad que se encuentra enterrada debajo de esa gran piedra. Humildad para no permanecer enojada, para no hacer dramas ni berrinches, para entender que no siempre se trata de mí y que a veces un mal rato es una consecuencia de otro y de otro y de una vida que carga un ego mucho más pesado que el mío. A mayor daño, mayor ego, pienso yo.

Con el tiempo esa pequeña molestia que comenzó con un instante incómodo, se convierte en una historia de terror que no supimos terminar y preferimos integrarla en otros antes que en nosotros, porque es mucho más fácil señalar. Aunque aún pienso que es mucho más liberador sacar el espejo y dejar la lupa a un lado. Y escuchar, con modestia, que no somos los más bellos del reino, ni los más inteligentes y por fortuna, tampoco los más soberbios. Sabiendo eso, supero mi enojo y me dedico a vivir.