• Caracas (Venezuela)

Pablo Pérez

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La negación de la crisis

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Los únicos que en Venezuela no sienten la crisis son los principales voceros del gobierno. Ellos siguen jugando a negar la gravedad de los problemas y por eso se comportan como si Venezuela fuera un buen ejemplo de éxito económico y prosperidad social. Y la realidad es que somos una de las economías más miserables del planeta.

Hace poco leí una declaración de uno de los nuevos ministros, quien alababa la capacidad de ingreso que tienen los venezolanos. Lo que no dijo el miembro del gabinete es que la inflación actual se come cualquier ingreso por alto que sea. Ellos viven una realidad paralela en la cual todo es perfecto.

El país enloqueció como consecuencia de la acumulación de errores. El país se distorsionó por culpa de la irresponsabilidad de un régimen que fracasó en llevar justicia y crecimiento social. Ellos han tratado de destruir los valores de los venezolanos.

Mientras Venezuela se deteriora a pasos agigantados, el gobierno juega a la retórica. Mantienen el desgastado argumento de la guerra económica como la causa de los problemas que afectan a los venezolanos. Nunca son culpables de nada. Todo es responsabilidad de factores externos.

Pero ahora hacen malabares discursivos con el decreto del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, del cual no solo tratan de sacar algún rédito político, sino que en el fondo buscan proteger a sus corruptos y violadores de derechos humanos, que serían los únicos afectados por la orden ejecutiva.

Este es un gobierno que solo tiene una prioridad: sostenerse en el gobierno. No importa cuánta miseria generen a los venezolanos. No importa cuántos ciudadanos pierdan la vida a manos del hampa. No importa a cuántas personas deban criminalizar por disentir del régimen. Solo les importan sus intereses.

Pero esa única prioridad tiene un obstáculo inmenso: la férrea voluntad de cambio de la mayoría de los venezolanos. Nadie dijo que lograr el cambio sería fácil. Es una dura batalla contra un gobierno mañoso. Pero es una batalla hermosa porque la libramos por el futuro de nuestros hijos. Se trata de salvar a las generaciones futuras. Se trata de rescatar a nuestro hogar: Venezuela.