• Caracas (Venezuela)

Pablo García Escorihuela

Al instante

Una nueva esperanza

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Hasta hace poco, el fútbol venezolano era un terreno fértil para el crecimiento de la desesperanza y el hastío. Pocos se atrevían a trabajar en él, convencidos de la posibilidad de un cambio a corto, mediano, o a largo plazo; algo que diera indicios de que existía un futuro posible, con algo de esperanza.

Desde la llegada del nuevo siglo, poco a poco fue germinando una semilla en esa tierra sin abono, en la que nada crecía, y lo poco que se atrevía a apuntar al sol, era cercenado por un sistema perverso, que se comía todo lo que crecía alrededor.

En el camino se quedaron esfuerzos aislados de mucha gente. Futbolistas que todos recuerdan, como Pedro Acosta, Luis Mendoza, Nelson Carrero, Pedro Febles, Noel Sanvicente, Richard Páez o Carlos Maldonado, por sólo nombrar unos pocos, a los que les tocó comerse las verdes para luego pasar a la otra acera, donde ahora aportan para que hoy existan algunos frutos comestibles.

Como en el cuarto episodio de la Guerra de las Galaxias, todas las vías parecían trancadas para que el juego que universalmente está aceptado como el más practicado e importante del mundo, pudiera crecer.

Hoy, la Vinotinto Sub 17 y la de mayores son la cara buena de una moneda con dos mitades bien marcadas. En su figura se denotan el esfuerzo, el trabajo concienzudo y (bien) planificado de sus técnicos, agarrados con la cinta de la ilusión que representa llegar a un campeonato mundial, el segundo de categorías inferiores para los juveniles, y el primero de mayores.

En el lado opuesto del mismo centavo están los equipos de primera división, enclavados en un torneo desordenado y poco atractivo, cada vez más dependiente del capital del Estado, y donde los modelos, muchos carentes de coherencia, terminan hundiéndose en el mar de la desazón cuando toca jugar los torneos internacionales.
Caracas y Lara trataron con lo mejor que tenían en la última incursión en la Copa Libertadores, es cierto. Pero siguen siendo víctimas de ese sistema estancado, que tiene que competir en una confederación donde a los venezolanos se les hará cada vez va a ser más difícil competir.

En una economía en crisis, sin dólares suficientes para ponerse cerca del nivel al que están Brasil, Argentina o Chile; y con muchas materias pendientes en cuanto a organización y estructuras internas; más económicas y fáciles de atender que las anteriores, como las categorías menores, organización del torneo, estado de sus campos (en cantidad y calidad), los equipos venezolanos tienen un panorama poco alentador.

Sin embargo, voltear a ver lo que pasa en la burbuja ideal en la que viven las selecciones nacionales, le entrega al menos al fanático del juego, un poco de fe. La gesta que van levantando Rafael Dudamel y sus muchachos en Argentina, así como lo logrado por la Vinotinto de mayores en la Copa América 2011 y en la eliminatoria, hacen pensar que las cosas pueden ser diferentes.

Pero, para que esos esfuerzos no se queden en flor de un día y se conviertan en algo sistemático y recurrente, el torneo y sus equipos tienen que buscar la manera de alzar su nivel, de mejorar. Proyectos serios, que se enfoquen en formar para ganar títulos, trascender a nivel internacional y vender jugadores, no sólo para una cosa u otra.

El fútbol venezolano necesita, como en el cuarto episodio de la Guerra de las Galaxias, una nueva esperanza. Los jugadores se visten de caballeros Jedi, y pelean, a pesar del desorden y lo vencidas de las estructuras, por llegar a un Mundial. Al menos hay fe, y mientras haya en que creer, existirá la esperanza.