• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

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Parece difícil escribir hoy día en un medio venezolano y no quedar envuelto o envolverse en el crispado debate político nacional. Aun así, lo intentaré. No por desconocimiento ni por distancia, porque ni lo uno ni la otra, sino porque me dedico a lo que me dedico y creo que con lo mío puedo contribuir mejor con el lector venezolano.

Lo mío es la escuela, la educación en general y las varias cuestiones aledañas que de este núcleo se desprenden. Pienso las escuelas; trabajo con escuelas; ando las escuelas; me interesa lo educativo en sí, aunque en sentido amplio. Todo con alcance regional latinoamericano. Ahora bien, en todo esto tengo un punto de partida denso y constitutivo: creo que la escuela está totalmente equivocada y debe transformarse en lo esencial.

No quiero decir que la escuela haga todo mal; digo que la escuela está totalmente equivocada en su manera de plantearse lo educativo. Está esencialmente equivocada, no exhaustivamente equivocada. No todo lo que hace está mal, está mal el por qué hace lo que hace. No sabe a dónde va.

La escuela a la que me refiero es y no es tu escuela, la de tu hijo, tu sobrino, el mío o los del vecino. Reflexionaremos sobre la escuela como arquetipo y, sobre todo, sobre la escuela como institución social contemporánea. ¿Dónde está –dentro de la trama social actual y en función de su devenir histórico– hoy la escuela? ¿Hacia dónde va?

Yo sé que de las mil crisis que nos atraviesan, la no desencadenada crisis del modelo escolar no ocupa un lugar prioritario en tu escala de urgencias. También acerca de eso escribiré, porque el primer problema de la escuela es que está muerta pero no sabe que lo está, y nosotros tampoco lo sabemos; es víctima de una crisis que no siente y, por lo tanto, no asume. Y sin crisis no hay transformación. En Argentina se abolió hace unos años el servicio militar obligatorio el día en que un soldado, un tal Carrasco, murió por pasar la fría noche estaqueado por un castigo. Pero lo cierto es que el sinsentido de aquel “rito social de iniciación” precedía a Carrasco y ya nos había atravesado y jodido a millones antes que a él; solo que a él lo mató; a nosotros, apenas nos humilló. Murió Carrasco y se desató esa crisis que ya existía y llego por fin el fin.

¿Qué muerte espera la escuela para que llegue por fin el fin de este modelo perimido? No sé, pero ojalá sea solo simbólica.

El modelo escolar vigente tiene dos características que iré probando para ustedes con el correr de las publicaciones. Una, que es completamente homogéneo en todos los países de la región y en todas las tipologías escolares (a excepción de las escuelas “experimentales”, que son inmateriales en términos de impacto social y solo acaban “calmando” al colectivo). Todas las escuelas son esencialmente iguales en términos de arquitectura simbólica y modelo pedagógico. Y la otra, que ese modelo es completamente absurdo; una construcción justificada en su día y poco a poco vaciada de su sentido histórico, acomodada a múltiples ad-hocs reactivos que la fueron volviendo solo justificable para quien es parte, pero absurda para quien acepta mirarla como si la mirara desde fuera y por primera vez. Por eso es que sus críticos son tan contundentes. Por eso es que se defiende negándolos y cerrándose cada vez más sobre sí misma… hasta el ostracismo.

Sabemos que la escuela finlandesa funciona muy bien y sabemos que una de sus claves es su porosidad social; lo sabemos, pero las nuestras son cada día más cerradas y operan de espaldas al tejido social. No saben cómo hacer con la complejidad de la vida moderna.

Sabemos que si se trata de forjar actitudes, desarrollar capacidades, formar personas, posicionar subjetividades individuales y colectivas, eso de insistir con mecánicas lecciones de historia medieval o matemáticas algebraica no ayuda. Sin embargo, lo hacemos y lo volvemos a hacer, una vez y otra. No sabemos hacer otra cosa en realidad, pero no lo aceptamos…

La reacción parece difícil, lo sé; pero también sé que su velocidad de expansión será directamente proporcional al tiempo que lleva demorada. Quiero decir: hace tanto que esta discusión debería haberse instalado que cuando lo haga, ya ni recordaremos cómo era antes de haberse desencadenado. O por lo menos esa es mi fe.