• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

¿Cómo llegarán estas bombas a la escuela?

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De pronto una explosión detona otras. Unas bombas caseras en París nos ponen de cara a la complejidad social del tiempo que nos toca. La misma complejidad que las antecedía, pero que no emergía; al contrario, hasta que no apareció el crack de las bombas no parecía haber complejidad, sino apenas maniqueísmo del más simplón. Estábamos todos tranquilos y explotó París.

Y la complejidad es un valor. “Bum” en París y en pocas horas uno que nos dice “créanme, si la gente pudiera llevar armas en Francia, la situación habría sido diferente”, y otro que “la violencia es injustificable. Mis condolencias por los fallecidos, tanto en Francia como en Siria, Líbano y Palestina” y un tercero que si nos imaginamos “cuánto duraría un terrorista europeo con un arma en una mezquita siria a la hora de la oración. Ni a recargar, le daría tiempo”.

Una bomba previsible y nuestra monotonía manipulada de la realidad (que parece un cuento de escuela) estalla en pedazos y emergen los mil matices, las fisuras profundas, la complejidad en su sentido puro, las connotaciones… lo inexpugnable como punto constitutivo, las interpretaciones como necesidad, la toma de posición como deber y la vida como una construcción simbólica irreductible a ninguna didáctica barata. Y estábamos tan tranquilos.

La relación entre Occidente y Oriente es la complejidad misma; y no hay manera de entrar en ella sin honrar esa complejidad. Ni Pérez Reverte ni Trump ni Maradona tienen entera razón; no hay “enteras razones” en esto ni en casi nada. Ellos, puestos en relación y en tensión como los pone el tejido social, son la verdad de la complejidad de lo que nos pasa. Y como los tres son hombres de masas, los tres se extreman para poder decir algo más que los estupores, las condolencias y las cantidades que muertos que dice y repite la prensa hasta saturar.

Cuando pasan estas cosas pienso en cómo ellas luego aterrizarán en los materiales didácticos y en los discursos de los maestros. Llegan –cuando llegan, cuando ya a nadie le duele, cuando ya a nadie le hace sentido– como dato histórico, que es lo mismo que el estereotipo de la prensa de hoy pero sin el amarillismo que la sangre aún húmeda le confiere. Llegan como un fenómeno natural, o exclusivamente como un acto bárbaro irracional, inexplicable e injustificable en medio de aquella calma occidental. Llegan como una certeza ocultando que provienen de un desajuste esencial, de una ecuación que no cierra.

Cuando estalla una bomba emergen las verdades. No es –felizmente– la única manera de que emerjan, pero es una de las más eficientes. Siempre que explota una bomba emerge la verdad como trama abierta y tensión compleja. Explota la historia oficial y entonces estamos todos obligados (por un rato, mientras dura el impacto, mientras gobierna el desconcierto) a postularnos con los elementos que tenemos, sin voz dominante que nos diga cómo hay que leer lo que sucede. Eso es la verdad. Se nos obliga a interpretar. Entonces surgen el Trump más liberal y violento, el Reverte más ácido y sutil y el Maradona más outsider y consciente. Y surgen otros miles más que aprovechan la ventana de la ausencia de la voz oficial para definir quiénes son. Tras la bomba vivimos unas horas de hiperlucidez mundial; un insight pedagógico de escala planetaria.

Eso hasta que el poder se reacomoda, la prensa se anoticia, los políticos se alinean, lo real se calma un poco y vuelta todos a escuchar las cancinas proclamas de la maestra que nos contará que había bárbaros y había santos y que en aquella ingenua y festiva noche parisina de noviembre algo se quebró en los sistemas de seguridad y ocurrió lo que no debe ocurrir nunca más y murieron los que no tenían que morir en manos de los que deberían haber muerto… y así. Condolencias, estupores, testimonios conmovedores de los sobrevivientes, saltos por las ventanas, fotos de niños poniendo flores frente al restaurante.

Siempre es así frente a lo inesperado. No aprendemos. No aprendemos que lo más verdadero de lo que nos sucede es ese inesperado y no su calma artificial y maniquea que lo predecía y que lo volverá a suceder.

No propongo que la escuela sea un culto a las heridas abiertas, pero tampoco que siga siendo la negación de la condición humana como complejidad y ambigüedad. Incluso, ni es necesario que esa complejidad entre en la vida de los niños apenas por los nudos dramáticos de la historia; también puede entrar por otras instancias menos sangrientas. Pero tiene que entrar.

Negamos en la escuela de la misma manera que negamos con la prensa unas horas después. Reducimos lo real y su trama infinita a una realidad manipulada e idiota. Y a fuerza de repetición y de alineación, la imponemos o nos la dejamos imponer. Es un proceso repetido y atroz. En el fondo, tan atroz como la bomba homicida de ayer en París que me movió a escribir esta nota.