• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

Por la dignidad del cerebro

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Antes de documentarme, me posicioné. Dije en mi artículo “Ese cuento de los hemisferios” (Huffington Post España; El Nacional Venezuela; Sin Embargo México) que esa idea neurocientífica del reparto de sensibilidades de dos hemisferios del cerebro me parecía poco atractiva y estaba pensando en que no es verosímil que órgano tan, pero tan complejo como el cerebro tuviera una topografía tan elemental y apoyada en categorías tan rudimentarias. Tuve más comentarios que de costumbre y casi todos ellos indignados. Me interesa reflexionar sobre esa reacción.

Creo que indignan dos cosas que ese artículo pone de manifiesto con más radicalidad que otros. Una, la construcción de una visión irrespetuosamente crítica de una idea encantadora para la mirada común; una idea “científica” atacada desde la ensayística conceptual es una ofensa moral insoportable (como si un negro pretendiera imponerse a algún blanco) y un desatino propio de un improvisado. Y dos, lo poco científica y documentada que es la base conceptual de mi crítica. Les molesta que me apure a tomar posición; les incomoda que abandone el tono ponderado cientificista de la verdad revelada; y les saca de quicio que me atreva con sus tótems. Y yo me dedico a eso.

Pero además creo fervientemente en esta lógica de la construcción del sujeto crítico como condición esencial de la criticidad y de la subjetividad: intuyo y me pongo ante el problema y luego entonces voy por él y sus profundidades, si valen la pena. Mientras el posicionamiento no sea una actitud inicial y una ética irrecusable, jamás habrá criticidad, sagacidad y sobre todo construcción. Tú debes definir quién eres delante de esa problemática; y no puedes esperar demasiado para hacerlo; corres el riesgo de aplastarte entre tanta información. Los excesos de documentación sin posición construida acaban con el documentado, lo sumen en una patología de difícil reversión, que se llama a veces erudición y otras, academicismo. Esa posición de la que hablo es una intuición; una construcción forzada, subjetiva y a veces extrema que tal vez aporte al debate general, pero que sobretodo funge como esqueleto vertebrador de tu voz crítica. No importa que sea cierta, importa que sea buena. Tú eres alguien en la medida en que has tomado posición sobre algo. Estás obligado a interpretar la realidad para existir.

Pero volviendo. Me gustó y me estimuló la posición crítica que adopté en aquella primera publicación ante la demasiado celebrada neurociencia. Y luego comencé a hurgar. Miren lo que encontré.

Dije entonces que no entendía bien cuál era la diferencia entre neurología y neurociencia y cuanto más busqué, más me mareé. No hay concepto que justifique la diferencia. (Encontré que neurología es –etimológicamente– el estudio del nervio y que neurociencia es el estudio del sistema nervioso. Encontré que parece que a la neurología se la asocia con la cura de enfermedades neurológicas y a la neurociencias con el estudio de los comportamientos neurológicos…). La diferencia entre ellas es una convención que tal vez está al servicio de colarle esoterismo a una disciplina científica milenaria con el afán de encontrar patrones generales de comportamientos que alimenten el discurso apaciguador y simplificador de nuestra humanidad que predica a cuatro vientos la bien vendida autoayuda.

Felizmente, cuando hurgué encontré también dentro de las neurociencias unas conciencias claras sobre la torpeza de las esquematizaciones que circulan emanadas de ellas mismas. (“La idea de que los dos hemisferios del cerebro pueden aprender diferente no tiene prácticamente bases en la investigación neurocientífica. La idea ha surgido del conocimiento de que algunas habilidades cognitivas están diferentemente localizadas hacia un hemisferio específico –ejemplo, las funciones de lenguaje son comúnmente realizadas por regiones del hemisferio derecho del cerebro en las personas diestras sanas–. Sin embargo, una gran cantidad de conexiones fibrosas unen los dos hemisferios del cerebro en los individuos neurológicamente sanos. Cada habilidad cognitiva que ha sido investigada con el uso de la neuroimagen utiliza una red de las regiones del cerebro extendida a lo largo de los dos hemisferios, incluyendo lenguaje y lectura, y por tanto no existe evidencia de que para cualquier tipo de aprendizaje hay un lado específico del cerebro”.) Me alegró, pero no invalidó mi posición crítica. Me he cansado de escuchar discursos apoyados en la neurociencia que se basan en aquella maniquea división topográfica elemental y desde aquí descuelgan un ramplón modelo educativo. No pretendo atacar la neurociencia; pretendo desmontar ese impostado paquete conceptual que se ofrece como cimiento de demasiados predicadores de la nueva educación.

Y seguí hurgando. Entonces encontré más evidencias de la complejidad insondable y apasionante de nuestro cerebro en algunas otras manifestaciones de los neurocientíficos. (“La tarea central de las neurociencias es la de intentar explicar cómo funcionan millones de células nerviosas en el encéfalo para producir la conducta”). Intentar explicar con un modelo binario zonzo un órgano con millones de componentes y su consecuente inconmensurabilidad estadística de variables combinatorias es cuando menos desproporcionado. La anhelada complejidad de lo real comenzó a volver al debate y yo comencé a sosegarme. Así sí. El cerebro nos interesa, pero no para desmitificarlo.

Pero ya saben que soy educador y entonces, mientras hurgaba, me desvié un poco y me fui a ver cómo estaba llegando este debate a los alumnos; qué tipo de estímulos cognitivos recibía un alumno sobre esta cuestión atravesada por la ciencia, la medicina, la psicología, la política y el esoterismo. Pero no me fui a un libro didáctico, quizás porque no tenía ninguna esperanza en él para darle espesor a las cosas; me fui al Rincón del Vago (www.rincondelvago.com), suponiendo que en el ambiente rebelde de una web hecha para ayudar a los alumnos que no quieren estudiar podría encontrar versiones más vivas, menos estigmatizadas, más dispuestas a dejar ver las inconsistencias del estereotipo academicista de la información. Pero fracasé de nuevo, estrepitosamente. Me encontré con un muro de concreto de un metro de espesor (“Psicobiología y neurociencias tienen una parte común aunque son diferentes. El campo de neurociencias es mucho más amplio y trata de estudiar las bases biológicas de la conducta, concretamente el sistema nervioso. El gran problema de la neurociencia es que no se puede estudiar directamente el sistema nervioso humano porque la experimentación no es ética. Por tanto, se debe abordar de una forma indirecta a través de las patologías, lesiones, etc., experimentos que nos brinda la propia naturaleza. La neurociencia ha avanzado muchísimo en los últimos diez años, aunque esto no signifique que lo sepa todo. En las neurociencias no solo influye la psicología sino también otras disciplinas como la física, la química, la citología, la inmunología, la anatomía, etc., con todos los conocimientos que han aportado acerca del sistema nervioso. La neurociencia es la que tiene la información sobre el sistema nervioso a todos los niveles”). Si tal vez alguien alguna vez entrara curioso al site de los inadaptados, saldrá muerto o padronizado. No hay manera de encontrar en ese texto para vagos algún giro que nos abra a alguna cosa que valga la pena. Otra oportunidad perdida, y cada vez quedan menos. Entonces me olvidé de los hemisferios y me volví a mi espacio natural. Concluí de una vez que ya ni los que cultivan la conspiración nos ayudarán a la revolución y que los estereotipos academicistas, positivos y elitizados son tan hegemónicos que van desde varios de mis lectores ocasionales hasta aquellos rincones virtuales nacidos para desestabilizar y devenidos funcionales al positivismo cientificista.

(“Así que permítanme resumir y concluir. He tratado de mostrar que el cerebro es plástico. Está construido para cambiar en respuesta a la experiencia. (…) Cualidades como la paciencia, la calma, la cooperación y amabilidad deberían realmente ahora mejor ser consideradas como habilidades que pueden ser entrenados. No son rasgos que estamos irrevocablemente dada por nuestro medio ambiente temprano o por nuestra genética”). Encuentro publicaciones que muestran que cerebro biológico y psicología simbólica comienzan a imbricarse, no tanto para traernos soluciones superficiales, sino para devolvernos la necesaria complejidad esencial. No será por la vía de esquemas del tipo tú aquí y yo allá que encontraremos los caminos. Por eso respiro nuevamente. Incluso, ahora podemos devolverle créditos a la neurociencia; a esta, que honra su espacio de trabajo y su objeto de estudio. Así sí, y no por medio de placebos conceptuales, es que llegaremos alguna vez a perfilar una escuela definitivamente nueva, para esos niños irreductiblemente complejos.