• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

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Ese cuento de los hemisferios

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Ese cuento de los dos hemisferios cerebrales siempre me pareció ridículo. No creo que el cerebro sea tan simple y tal funcional a los argumentos más elementales del sentido común más gringo. ¿Todo lo que nos gusta hoy día queda del lado izquierdo y todo lo que nos encantaría erradicar de la faz de la tierra, del derecho? Cuando la naturaleza se acaba pareciendo tanto a lo que pregonan los divulgadores de moda, yo desconfío, no de la naturaleza, sino de la remanida manipulación divulgadora. Lo único que me hace dudar un poco es que hayan dejado todo lo bueno del lado izquierdo… tal vez se les haya escapado la connotación.

Dicen que en el hemisferio izquierdo está el yo emocional y en el derecho, el racional, y mi me parecen iguales. No logro discriminar uno de otro. Miro el órgano en imágenes y laboratorios y no parece un órgano partido al medio sino más bien integrado. Pero más desconfío todavía de la tesis cuando veo esos casos de lesiones cerebrales mínimas que desencadenan consecuencias múltiples que ni los médicos más expertos logran predecir o explicar con alguna seguridad. Alguien que pierde el habla de las palabras esdrújulas; alguien que carece de memoria de corto plazo; otro que no consigue dormir nunca más; otro más que ya no sabe hacer los mapas que hacía con tanta calidad. Y todo por un coágulo menor que una pasa de uva, o un aplastamiento de dos centímetros o apenas una crisis eléctrica inespecífica en algún lugar impreciso. En esos momentos todo parece bastante más complejo y más parecido con lo que nos imaginamos que cuando nos hablan los agentes divulgadores de la neurociencia.

Esa necesidad de las inteligencias poco finas de que todo lo abstracto se manifieste en concreto nos lleva a que la emoción quede de un lado y las cuentas, del otro. Ya la mera separación entre emoción y razón luce simplona y ayuda muy poco a pensar la complejidad infinita de la mente humana; imaginarlas además geométricamente diferenciados parece de no creer. Pensar no puede ser cosa de medio cerebro y amar no puede serlo de la otra mitad. Juro que se necesita todo para las dos cosas; y muchas veces ni nos alcanza. Amar a alguien siempre compromete todo el cerebro y muy buena parte del cuerpo. ¡Como si para correr nos bastara la pierna derecha y la izquierda solo sirviera para caminar!

Más de una vez encontré a alguien que traía las ganas y un back-ground de escuela que estimulaba y lo acabé perdiendo en el exacto momento en que él encontró esta teoría de plástico de los dos hemisferios que lo devolvió a la superficie de las cuestiones como si fuera uno de esos flotadores patitos para niñitos fóbicos al agua.

Me siento más cómodo en el mundo Freud, donde la subjetividad trasciende la biología y la dimensión simbólica de la constitución subjetiva domina por completo la escena y define la línea de trabajo; un mundo donde la representación simbólica de mi padre es mucho más determinante de mi que el tamaño de mis amígdalas. Yo quiero una escuela sobre esa plataforma. Ni la genética me interesa especialmente en todo esto. Mucho menos la anatomía. Me importan las configuraciones simbólicas, las estructuras del lenguaje, las posiciones subjetivas. No hay lobotomía que reconduzca a un dictador y lo vuelva un demócrata (ni viceversa), por más que le reduzcamos el lado éste y le desarrollemos más aquél; esencialmente porque no es dictador por la geo-anatomía que organiza su cerebro, sino por el punto negro en la historia de su vida. No hay manera de explicar el amor a mis hijos por la geografía de mi cerebro ni de quebrarlo por una intervención en él; no tiendo a la izquierda porque el hemisferio de ese lado me siente mejor. No hay aneurisma que me haga olvidar que la amo, ni Alzheimer que…

Me pregunto por qué aparece ahora la neurociencia cuando ya existía desde siempre la neurología; ¿no es acaso lo mismo? ¿Qué justifica esta emergencia nueva sino una simplificación más política que científica y bastante esotérica, dicho sea de paso? Se asemeja a esos movimientos que ya vimos de usar la forma científica para darle credibilidad a hipótesis de otra índole (porque el discurso científico es un gran mecanismo social de construcción de “verdades políticas”; es un relato que persuade bien al sentido común).

No creo –en suma– que la neurociencia nos muestre el camino. Creo –más bien- que resulta tan simplificadora y tan burdamente concreta que al cabo convence de una manera que no lleva a ningún lado; convence porque apaga. Llega a las conversaciones con una versión tan superficial que captura la atención porque calma, es decir, porque nos devuelve a las certezas dérmicas que estábamos perdiendo. El problema es más complejo de lo que la neurociencia quiere hacérnoslo ver. Como la neurolingüística, que quiso hacer de las relaciones interpersonales un juego binario de Damas y le acabó yendo como le fue.

Yo sé que en educación querríamos a estas alturas ver las cosas más claras y acordar un camino nítido de trabajo y realización, pero no por eso debemos caer en las vanas tentaciones del saber vulgar. El problema es complejo y compleja deberá ser también su solución. No nos apuremos, porque muchas veces el apuro, en lugar de acelerar, simplemente nos pierde. Para que la subjetividad plena, compleja y profunda vuelva a las escuelas no debemos estimular adecuadamente el lado izquierdo de nadie, sino la dignidad de todos y la inteligencia plena, amplia e indiscernible de cada uno.