• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

Aquellos ansiados “comentarios”

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Ya me lo habían avisado, pero no me lo creí; me dijeron que lo que más recibes son insultos, si bien te va. Yo andaba con aquello de que si logras una posición inteligentemente problematizadora vuelven comentarios igualmente inteligentes, además de interesados y de profundización; y que a esos les siguen otros que van construyendo una suerte de trama envolvente que incluye y excede tu propio artículo y lo enriquecen. Y que así se van nutriendo los ecosistemas y vamos construyendo juntos nuevos conceptos, colaborativamente.

Llevo no menos de cien publicaciones y a la fecha he recibido –esencialmente– algunas felicitaciones, poquísimas discusiones, ninguna pregunta y una cantidad significativa de insultos y groserías difamatorias, del tipo: “Me manifiesto en completo desacuerdo con su opinión, que a todas luces tienen su fundamento en la nada (o en el mejor de los casos en una lectura relámpago de Wikipedia). Sus analogías son sumamente burdas y sus comparativos lamentables e inconexos. Evidentemente no tiene usted idea de la diferencia entre la ciencia experimental y la aplicada. Es muy triste que se pierdan espacios como este en opiniones pletóricas de miseria intelectual” (SinEmbargo). O del tipo: “Qué no te gusta la ciencia vamos... Pues nada oye, vete a interpretar sueños y deja los profesionales trabajar”. (Huffington Post). O: “Que muchos de los escritos que aqui se publican se sientan paridos sin epidural. escribir por escribir que pereza, solo por cumplir con la tarea, me imagino que hasta los temas les dan a ‘pedido’ de los editores… umm que lastima! la verdad hoy escribe cualquiera”. (SinEmbargo).

De esas cuatro categorías, de las dos que saco más conclusiones son la de las preguntas y la de los insultos. Mientras no desarrolle preguntas no habré disparado ningún proceso de construcción colectiva; mientras no promueva inquietudes o preguntas en mi lector, no habré generado nada que valga demasiado la pena. No me refiero a preguntas de comprensión sobre lo que escribí o quise escribir, me refiero a las preguntas de expansión, de búsqueda metonímica. Yo sé que una parte de la ausencia de preguntas se explica por las convenciones del género “comentarios”, que no se usa habitualmente para preguntar o debatir con el autor; pero la otra parte debo explicármela por la estructura, el contenido y la índole general de mis publicaciones. Mientras siga generando más felicitaciones que preguntas deberé estar consciente de que no se está produciendo en mis lectores el efecto esencial. Me toca seguir trabajando.

¿Y qué concluir de los insultos? Lo primero que me llama la atención es que no son homogéneos y constantes; es decir, no son un “modus operandi” de los lectores ante cualquier publicación, ni siquiera ante este autor determinado. Recibo la descarga de insultos solo en algunos de mis artículos; en pocos de ellos. Por eso me parece que vale la pena preguntarse qué características en común tendrán esos artículos.

Me insultan cuando transgredo alguna convención de alta raigambre cultural. Recibí insultos cuando retiré mi aval a los niños lectores; cuando discordé esencialmente con las neurociencias (con el modelo científico en general) en favor de la psicología; cuando rompí el código del género y usé el espacio de un artículo de periódico para escribir como si fuera un adolescente escribiendo una redacción; cuando osé desconfiar de la erudición o retirar mi apoyo político a la ortografía; cuando quise remontar la formación del escritor lejos de los estereotipos; cuando contradije a un columnista célebre y cuando ironicé sobre el modelo de evaluación imperante en escuelas y universidades. Yo sé que no es conmigo, sino con todo aquel que se anime a poner en entredicho esas deidades decimonónicas. Las ideas pueden generar desacuerdos, pero cuando tú te metes con las creencias, el argumento se vuelve agresión y los desacuerdos se expresan como guerra. Mientras la dialéctica trabaje con lo que pensamos somos capaces de mantener la civilidad, pero cuando algo entra en el terreno de lo que creemos (sobretodo en lo que no sabemos que creemos), las formas se pierden y lo visceral emerge en estado puro.

Y tal vez todos tengamos razón; ellos y yo, también. Ellos porque es probable insultar, denostar, ridiculizar, agredir y satanizar a quien está demoliendo tus cimientos como si jugara una partida de ajedrez un domingo por la tarde. Debes reaccionar, porque te estás jugando la vida, esa vida que tienes armada. Pero yo también tengo razón, porque si no nos metemos con esos cimientos, entonces para qué; porque si no pongo en cuestión lo que sostiene todo el tinglado que nos tiene atrapados –aunque a veces creamos que nos sostiene–, cómo haré para trabajar en favor de una transformación que considero imprescindible. Y los dos tenemos razón, al fin y al cabo, porque estamos metiéndonos con las cosas más íntimas, serias, profundas e ideológicas; y esas cosas no se dirimen sin sangre y sin fuego.

Yo lo sé. Ellos no sé si lo sepan.

Pero no quiero concluir que cada publicación que reciba más enconados comentarios será, por eso, mejor; no creo que esa conclusión sea justa. Pero tampoco lo contrario; porque si a cada insulto retrocedo, entonces qué me queda, ¿verdad? Seguiré buscando, simplemente; y que cante quien quiera cantar.

También he notado que dependiendo de tu posición relativa respecto al saber, también dependen los comentarios. ¿Por qué me insultan cuando escribo y me aplauden cuando doy conferencias? Porque cuando escribo, para quien me lee, soy un desconocido desinvestido de saber; simplemente, un hombre oculto detrás de un nombre desconocido en una publicación ocasional. Y como no me reconocen en el lugar del “saber” (profesor, conferencista, autor de libro, etc.), entonces liberan sus energías vitales de la manera más animal posible. Por el contrario, en el mismo momento en que esas mismas ideas provienen del lugar del saber, en cambio de generar ira obligan a la genuflexión. El ritual de la palabra del que sabe obtura cualquier reacción descontrolada. Porque aunque esas ideas osen impugnar algunos símbolos o alterar algunos órdenes celestiales, el orden supremo de los estereotipos del flujo del saber –la voz académica– llamará a la calma y la alineación. Al profesor, al libro de texto, a la enciclopedia y al “experto” en general, siempre palmas y respeto servicial. La relación con ellos es siempre pasiva, por definición. Porque así funciona nuestro orden; porque así se ordenan simbólicamente nuestros íconos.

¿Quién diría que encontraría tantas cosas detrás de unos compulsivos insultos, verdad?

En el seno de los debates pedagógicos más avanzados traemos permanentemente al centro a la participación; no concebimos una nueva y mejor pedagogía, una pedagogía activa, que no jale de la participación de los alumnos de manera sistemática. Y siempre aparecen este tipo de problemas que las mismas participaciones nos traen; cuando ellas son reactivas, o directamente burlonas, si no simplemente planas y desinteresadas. ¿Qué hacer? Leerlas; interpretarlas; jamás por ellas volvernos atrás. Aunque no quieran decir para nosotros lo que dicen, algo nos pueden estar diciendo. Dialoguemos con nuestra propia interpretación del fenómeno y sigamos adelante. Es lo que estoy haciendo. Y movernos a la derecha y a la izquierda, y para arriba y para abajo, hasta dar con el tono exacto, en el tiempo preciso, para que aún entre los ruidos, interjecciones y demás barullos incómodos, aparezca otra voz que concatene con la nuestra y comience algún proceso de alguna construcción que valdrá la pena.

Sé que va a haber un momento en que todo esto haya pasado y los íconos hoy tan susceptibles serán solo recuerdo y a los nuevos –eso sí– les enseñaremos a considerarlos, pero no necesariamente a venerarlos.

Espero tus comentarios.