• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

Vanidades de la ortografía

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Enseñar ortografía o, en el fondo, lo que sea, puede ser objeto de una buena discusión.

A veces, solo a veces, conviene empezar por el principio; por eso comienzo diciendo que a mí la ortografía no me interesa en lo más mínimo. No la considero un saber importante… No la considero un saber, a decir verdad; apenas, una información aplicada, de baja complejidad y ninguna justificación significativa. Aun así, creo que puede funcionar como evidencia de otros procesos pedagógicos y culturales mucho más hondos e importantes, si se la mira bien. Una buena ortografía puede ser –por ejemplo– evidencia de un consistente hábito lector; puede serlo también de una delicada y consciente relación con el lenguaje. O, por el contrario, puede ser cicatriz de un martirio escolar, además irrelevante. El resultado puede ser parecido (lo que solemos entender por una buena ortografía), pero los procesos y las procedencias son diametralmente opuestas. Y el saldo subjetivo, inverso. Conviene tener claras estas diferencias.

Quiero decir, la ortografía que recupero es la que no es objeto de un estudio directo o de una obsesión (que va las dos veces con “s”), sino consecuencia de una sensibilidad que la trasciende y la incluye. La ortografía llega, no la vamos a buscar.

Sin embargo, una y otra vez, el aparato escolar hace lo contrario.

Asisto hace un tiempo a un fenómeno que me indigna: el éxito en Twitter de @ortografía. 2,5 millones de seguidores. ¡Impactante! Desde ahí se dicen cosas como “Mi hermana está «medio loca», es «medio», no «media». Medio es un adverbio (invariable)”./ “Es «echar», no «hechar». Es «o sea», no «osea». Es «no sé», no «nose». Es «yendo», no «llendo». Es «enredo», no «enriedo». Pero de esa dimensión técnico-informativa –vamos a decir así– se pasa rápido a esta otra, más moral –vamos a decir también– que dice cosas como: “Escribir mal, sumar con los dedos, no saberse bien las tablas, y seguir pasando de año. Así se deteriora la educación”./ “El dinero hace personas ricas; el conocimiento hace personas sabias, pero la humildad y la ortografía hacen grandes personas”./ “Quien ignora la ortografía, también ignora que perderá respeto, credibilidad y admiración”. Más moral y más verduga –diría, si la palabra existiera–, y no me sorprende. ¿Que la ortografía hace grandes personas? No. Y luego acaba deslizándose hacia el registro metonímico del autoritarismo elitista con cosas del tipo: “Entre un «hola, ¿qué haces?» y un «ola k ase» hay un cerebro de diferencia”. Detestable, y con 2,5 millones de seguidores. Alguna que otra vez aciertan con: “El peor error ortográfico que existe es que nunca ponemos punto final a aquello que nos hace daño”, cuando la estadística los asiste.

Enseñar ortografía como si fuera en sí importante es poca cosa; ponderarla y buscar sojuzgar a partir de ella es directamente deleznable. Pero el problema no son ellos, somos nosotros. No solo nosotros que los seguimos; sino nosotros que le damos importancia a todo aquello como si la tuviera. Nosotros, que le hacemos la corte. Nosotros, que nos creemos que escribir con faltas es escribir mal y sin ellas es hacerlo bien. Nosotros, que abonamos el circo circunspecto de la ortografía perfecta de las palabras esdrújulas. Nosotros, que jugamos el juego perverso del bien escribir como seña del educado y bien formado. Nosotros, que nos fanatizamos con la relevancia de diferenciar inexorablemente los significantes de los hechos de la acción de echarla. ¡Qué más da!

¿Nunca te preguntaste por qué nadie comete el error ortográfico de escribir asiento con “d” en lugar de “t” y sí el de escribirlo con “c”? ¿O por qué es frecuente que nos equivoquemos haciendo regular un verbo irregular e absolutamente infrecuente lo contrario? No cometemos todo tipo de errores; cometemos errores justamente en aquellos puntos donde la convención ortográfica de la lengua se manifiesta como totalmente discrecional. ¿Será el problema quien comente el error o la estructura de la norma? Si no hubiera verbos irregulares, ¿ganaríamos o perderíamos? Si la “h” muda desapareciera, ¿quién perdería? A las personas en general no nos gusta seguir normas que no comprendemos ni justificamos, salvo si somos detentores sádicos de ellas; y a los adolescentes, menos. Es ley de vida.

Y así como el @ortografía humilla desde su lugar oracular, la escuela –para no ser menos– tortura con el ritual de bautismo hacia aquel oráculo. Dictados tras dictados; lápices rojos corriéndose en el papel de los cuadernos “ensangrentados” de los niños; impostaciones que no existen para diferenciar la “v” de la vaca de la “b” del blanco; pruebas de fuego; escarnios periódicos; insoportables misas del buen escribir de los que nada entienden de la escritura.

Yo sé por qué pasa todo eso. Pasa porque somos demasiados los que gozamos con los efímeros lugares de poder y sojuzgamiento. Pasa porque nos gusta reducir al otro a la evidencia de su insuficiencia. Y cuanto más arbitraria la herramienta de sojuzgamiento, más ostentoso el poder que nos confiere. El goce incontrolable del poder discrecional. El del policía y los permisos de circulación vehicular; el de la maestra y las reglas ortográficas. Nacidos para humillar (que va con esa “h” que es muda y no tiene ninguna consecuencia en los significados).

Para mi felicidad, también anda por ahí un listado sagaz, irónico e ingenioso que se resiste a desaparecer aunque pasen los años y prosperen los @orto… algo. Un listado que trata sobre un espacio contiguo a la ortografía, que se pisa y se desplaza de ella, que podríamos llamar gramática o sintaxis o un poco de ambas, y que solemos sintetizar en las normas de estilo. Dice cosas de la índole de: “La voz pasiva no debe ser usada nunca”./ “No escribas frases en negativo”./ “Evita las comas, que no sean necesarias”./ “Si relees tu trabajo, puedes encontrar al releer muchas repeticiones que podrían ser evitadas al releer y editar”./ “Y no empieces una frase con una conjunción”./ “¡¡¡No abuses de los signos de exclamación!!!”./ “Lo peor de todo son los superlativos”./ “Coge el toro por las ramas y evita mezclar metáforas”./ “Nunca jamás, uses redundancias repetitivas”./ “Si no te lo he dicho una vez, te lo he dicho mil veces: resístete a las hipérboles”./ “Evita el uso excesivo de las ‘comillas”./ “No se debe generalizar”./ “Sé más o menos específico”./ “Sintaxis retorcidas evitar debes”./ “¿Quién necesita preguntas retóricas?”, y así va.

No es lo mismo mediante la ortografía reírte de los alumnos que con la ortografía reírte con los alumnos. El matiz invierte el sentido pedagógico y ético de las cosas. Este ejercicio nos muestra que podemos divertirnos con todo esto y jugar con el lenguaje como cuando juegas con tu mascota; así sí vamos camino al buen escribir, porque estamos en el proceso de construcción de una relación entrañable con el lenguaje. Como sin darnos cuenta, nos envuelve la poesía. Por el otro camino, más serio y jerárquico de las reglas y nuestras sujeciones, acabamos como en aquellos típicos casos donde los niños de la casa hasta miedo a su mascota le tienen; tantas veces les hemos dicho “cuidado y más cuidado” que hasta de la natural caricia se han retirado.

Decía que la ortografía no me importaba y es verdad (como tampoco las normas de estilo, a decir verdad); no me importa nada esa ortografía que ella misma se cree tan importante. Prefiero que nos sumerjamos en las entrañas de las sintaxis donde respira, libre e intuitivo, el lenguaje que nos hace lo que somos…