• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

Rutina en una escuela

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Es sábado, 9:00 am, tengo 16 años y estoy entrando en la escuela.

Todas las buenas historias siempre empiezan así, con algo raro; un desajuste que insinúa una tensión o lo siniestro.

Entro, luego de chocar puños con mis amigos y aspirar varias veces los restos de alergia que traigo en la nariz. Claro, anoche me acosté tarde. No hace frío pero llevo camisetas sobre camisetas y una buena cobertura para mi cabeza. Recuerdo lo de hace unas horas y no consigo encajarlo en el paisaje que me rodea ahora; chirrían los desacoples. Blanco sucio contra dorados destellantes.

Clase de refuerzo de matemáticas. Somos 10 o 12. La miro a Andrea y no se me parece a la Sofía de anoche. No, no digo que no sean parecidas –que no lo son–, digo que parecen especies diferentes. No hay mujeres en las escuelas; ni hombres. Todo lo que nos constituye está neutralizado para que lo insoportablemente artificial sobreviva. Ni siquiera si Sofía estuviera aquí conmigo ahora sería Sofía, ni yo Eugenio… Mientras, habla y habla de espaldas a nosotros y de frente a la pizarra nuestro bien dispuesto Armando, profesor de Matemáticas. El tampoco es él ahora, pero él escoge, yo no.

Trato de mantenerme despierto; no digo de prestar atención, sino apenas de no caer plano en el suelo. Me sostengo la cabeza, como los otros 10, con la mano derecha, mientras con la izquierda toqueteo mi celular que se deja toquetear y me gusta toquetearlo. Como los otros 10. A la hora del repaso, me paso a la fase 2, que es sacar el celular y mirarlo disimuladamente debajo de la mesa de mi banco. Sí, como los otros 10. Hasta a Armando le entran whapp y en el silencio artificial de la mañana artificial de sábado en la escuela se escuchan sus pitidos. Él también es probable que haya tenido su noche y ella o él le esté contando que lo extraña, o deseándolo de nuevo o recriminándole que dejó alguna cosa olvidada o sucia.

Yo miro a Sofía desnuda, como cada uno de los otros 10 a sus otros tantos. La miro moverse y no puedo entender cómo ocurrió hace unas horas aquello y ahora está ocurriendo esto otro; no encuentro la transición ni puedo encajar el duelo. El ejercicio de disociación me supera y no puedo. Pido ir al baño y no soy autorizado. Comienzo a transpirar. Y eso que estamos en clase de repaso.

La escuela está medio vacía y no me ofrece nada que me redima y me justifique al menos por estar ahí. Miro a Andrea que hace lo mismo que yo (¿a qué desnudo estará añorando?) y me da una sensación fea de que algo anda mal. El desajuste con el que empezamos ahora mismo es cisma emocional. Claro que tengo ganas de contar lo que viví anoche, ¿pero cómo?

Viene la parte de las preguntas. Y después vendrá la de los ejercicios, simulaciones de los exámenes que nos caerán. Me agobia tener que alinear mis sinapsis en dirección de aquello que no tracciona en mí. No puedo.

Del celular me vienen hasta los olores y me invaden como si estuviera transportado. ¿Cuál es la derivada de…? Recuerdo cómo empezó y cómo fue ganando cuerpo y cuerpos todo aquello y cómo de pronto estábamos en la que estábamos… ¿Y si fueran 4 en lugar de 3 las variables? Recuerdo cómo me miró, como nunca antes. Quisiera tener la foto de aquella mirada, pero ni Instagram lo resuelve porque no hay fotos de las miradas. Me muerdo los labios casi como un reflejo. ¿Es periódico? ¿Por qué?

Y me rebasa un impulso repentino de desmontar todo aquello y gritarles (si tuviera voz y si valiera la pena) que acaso no se dan cuenta, que tenemos montada una farsa desatinada y bizarra y que no puede ser gratis para nadie, ni para el que hace que enseña ni para los que tratamos de hacer que aprendemos ni para los padres de cada quien, las autoridades de no sé dónde y las expectativas sociales que no sé a estas alturas ni qué son.

Pero no lo hago. Simplemente me remito a eructar, y salir. Fue lo único y tal vez lo mejor. Hasta el próximo lunes o sábado de farsa y de hastío.