• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

Querida escuela

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No es lo mismo seducir que agasajar ni seducir que sojuzgar. Tampoco es lo mismo agasajar que sojuzgar.

La escuela solo conoce dos estrategias. Cuando es recia y se jacta de sí misma, sojuzga. Cuando es insegura, en cambio, opta por agasajar y someterse. O es violenta o es solícita. Habita los extremos y nunca es ecuánime, jamás. Si se siente poderosa, entonces impone las reglas, las ejecuta discrecionalmente y se vanagloria de su “rigurosidad”. Escuelas serias, fuertes y exigentes. Y si se siente débil, entonces desesperadamente busca agradar hasta perderse e hipotecarse en cualquier cosa, ser siempre lo que su cliente alumno/padre desea que sea. Escuela sin identidad, carenciada y necesitada.

Conozco poquísimas escuelas que se dediquen a seducirnos. (Tal vez el sustantivo seducción sea fuerte en este contexto, y hasta algo equívoco; puede mi lector perfectamente leer “atracción” o “interés” en sustitución). El que seduce no busca hacer lo que el otro espera de él; por el contrario, se dedica a hacer lo que mejor hace y con eso constituirse delante del otro. Solo seduce quien antes es alguien. Ponerte ante los otros mostrando quién eres, en qué crees, para qué lo haces; y a ver quiénes se encantan con eso. La escuela que busca atraernos se muestra segura, pero sin arrogancias; no duda en tomar posición, pero sin la pretensión de que el otro se aliene en ella. Es segura de sí, pero no avasalladora y mucho menos, necia. Es inquietante, insinuante, intrigante, inquieta e innovadora. Se mueve al compás de sus creencias y busca fieles, no que crean en ella sino que crean en lo que ella cree; y luego pone a trabajar a todos juntos, siempre.

Cada una de estas escuelas se nota muy rápidamente; no necesitas ser un especialista. La escuela que sojuzga especula con lo que nos obliga; se alía con nuestro superyó; nos pone en falta para imponerse. La escuela que se aliena –en cambio– especula con nuestros narcisismos necesitados y fáciles; nos adula para que nos sintamos lo que no somos y tengamos nuestro momento de satisfacción ingenuo. Y la escuela que seduce, que trabaja para labrar nuestro interés, simplemente confía en que nos dejaremos llevar por el deseo; dialoga con nuestro espacio genuino de querer y no saber, y de intuir y necesitar también. No es lo mismo, en última instancia, superyó que narcisismo que deseo; he ahí el quid de la cuestión.

La primera abusa de mis temores y estereotipos sociales y entonces ostenta su rigor como su valor. La segunda sabe que nos gusta sentirnos agasajados y juega con ese sentimiento honesto, pero superficial. Y la tercera nos obliga a buscar en nuestras propias convicciones. Una se nos impone como modelo a seguir; la otra se dobla para que seamos nosotros quienes ponderemos; y la tercera apuesta por la interacción, por los lugares diferentes y la colaboración como valor. Por eso hay pocas; porque somos pocos los dispuestos a tomar nuestras decisiones en función de nuestras propias y genuinas convicciones. La mayoría de nosotros ansía héroes imponentes o busca constituirse en héroe de barrio. Y con clientes así la escuela se pierde.

Necesitamos –con liderazgo– construir una clientela nueva, una sociedad que se mueva de sus estereotipos sobre la educación como lo ha hecho ya delante de otros íconos sociales, y nos diga que no le digamos (nosotros, escuela) qué debe hacer ni tampoco le digamos que haremos lo que ella quiera; que, simplemente, crucemos creencias y construyamos juntos las nuevas instituciones sociales que tanto necesitamos. Que negociemos; que nos imbriquemos; que corresponsabilicémonos; que potenciémonos; discutamos; disintamos; aceptemos; ganemos y perdamos, pero a partir de que cada uno es y que ninguno deja de ser por o en el otro. No quiero –escuela– que me des sermones; tampoco quiero que me leas la cara y digas lo que quiero oír; quiero ver tu entidad; quiero saber qué deseas y en qué crees para no solo ver si lo tuyo y lo mío tienen que ver, sino fundamentalmente para que me hagas aprender que para ser algo antes hay que ser alguien.

Pon delante de mí, que soy tu cliente, tus mejores deseos; exprésame con arte tus dudas y cántame con encanto tus fracasos; confiésame qué estás buscando; exprésate con fuerza cuando sientas que algo vale la pena; imponte ante mí o ante quien sea si lo impuesto crees que vale la pena; dame la razón si la tuviera y dásela a quien la tenga; aprende antes de enseñar; escucha antes de hablar; luego háblanos y enséñanos; sé fuerte pero no seas necia; empareja para arriba; déjate desestabilizar por lo que nos lleva a más, que yo sabré acompañar tus turbulencias; métete donde haya que meterse; métenos donde debamos meternos; implícanos cuando nos necesites y detennos si invadimos tus espacios; pide ayuda y ayúdanos; ecualiza todo el tiempo; haznos reír y ríete, también de ti misma; pide perdón pero no te dobles; haznos disculparnos; gestiona las tensiones y ponnos a construir en los disensos; muéstranos. No juegues a ser perfecta porque me aburres y muchas veces hasta te me haces patética; no me cuentes historias, que no me gustan; no nos menosprecies; no ponderes como si de todo supieras porque nosotros sabemos que quien sabe todo es porque se ha cansado de buscar; evidencia la complejidad de tu trabajo; pídenos apoyo y comprensión; comprométenos y comprométete; sé honesta y no quieras construir espejismos; date permisos y danos permiso; no seas violenta con eso de siempre querer tener razón; lúcete pero no te exhibas; no evalúes todo; salte del estereotipo, que queda cada día peor. Tampoco me adules, por favor; no me hagas creer que tengo poder; no me confundas porque me confundiré y te haré la vida imposible; no me quieras agradar a cualquier precio; no quieras ser justa para cada quien porque ni Dios…; sé honesta; sé firme cuando creas y sé firme para asumir que no sabes en qué creer. Pero hazlo.

Todo esto del conocimiento se presta para las perversiones, ya lo sé; y tú no estás exenta de los riesgos. El conocimiento es presumido y se espera presunción de quien lo detenta. El sentido común nos tiene jodidos porque nos ha contado una y mil veces la falsa historia de que el que sabe habla y el que no, escucha; y que si eso se altera estamos en problemas. Maldito sentido común que te tiene apretada y te hace hacer las cosas que más me molestan y recibir el festejo de los que más me irritan. Yo sé que la tienes difícil; que apenas quieres ser de otra manera se te vienen encima y te exigen la cursilería del academicismo más deteriorado. Te obligan a semblantear lectura y erudición aquellos que ni al periódico le tienen paciencia y caen en la TV de siempre. Yo sé. Pero, aún así, te lo pido. Porque también sé que hay muchos que no están ni allí ni acá y que simplemente esperan a que tomemos posición.