• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

Al instante

Let it be a la innovación

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Solemos localizar la innovación en las personas. Nos gusta pensar que hay personas geniales y distintas y nos vamos atrás de las consabidas listas de celebridades. Tenemos esa suerte de tesis implícita del talento. Nuestras estructuras mentales nos llevan con facilidad a la individuación de los creativos, estén donde estén y provengan de donde provengan. Yo también suelo hacer lo mismo. Nos parecen milagros ocasionales de las millones de combinatorias genéticas.

En esta nota iré tras una hipótesis que rompe con esa inercia cultural. Pongamos a quien pongamos en las condiciones de tiempo y espacio de Zuckerberg habría devenido también el genial creador y desarrollador del portento Facebook. No fue él, fueron sus circunstancias. Tal vez podríamos moderar la hipótesis reduciendo el “cualquiera” de la primera enunciación a una cantidad de otros candidatos que no acabaron ni acabarán siendo Mark. En cualquier caso, lo que importa es desplazar el peso del asunto hacia el entorno, el ambiente, el contexto general de desarrollo de aquel y de todo aquello.

¿Silicon Valley es el lugar en el que acaban viviendo los genios o es el lugar donde se crían los genios? Hoy, aquí, opto por la segunda opción. Incluso en casos menos obvios en los que surgen personajes creativos como de repente y en lugares sin antecedentes, probablemente podamos también encontrar microentornos que los justifican y los vuelven consecuencia, más que causa. Se necesita de un ambiente catalizador para el surgimiento de lo diferente. Y en general no surge uno, sino que surgen varios talentos, si el ambiente es eficiente y persistente. Y lo contrario también es verdad: en ambientes obturadores es imposible que surja ni siquiera un innovador. La sequía acaba inexorablemente con todo retoño.

La tesis es extrema: con ambientes catalizadores garantizamos la emergencia de lo creativo y con ambientes obturadores garantizamos también la ausencia de lo creativo.

Como se ve, todo esto le devuelve a nuestra discusión escolar un peso de expectativa social que nos cuesta darle. No digo que la escuela haya sido la causa de –por ejemplo– Jobs, porque en aquel caso lo que llamo “ambiente” se definió por otras variables y en otras circunstancias de la vida social de Steve (incluso, como él mismo lo dejó dicho, en esa relación interrumpida y fallida con la universidad), pero sí digo que la escuela tiene una gran oportunidad de ser lo que no ha sido tampoco en Zuckerberg ni en Einstein ni en Paz ni en otros. No son las escuelas de Silicon Valley las que constituyen la atmósfera Silicon Valley, pero podrían haberlo sido y podrían serlo en una nueva historia por contarse.

No hay una sola manera de construir atmósfera social, ni una sola instancia social que la constituya; el juego es múltiple y de variables combinadas enormes. A cada uno de nosotros se le arma su aire en función de sus marcos y sus circunstancias. Para Borges fue su madre y una biblioteca; para Venus Williams un padre tenaz; para Gandhi tal vez una cárcel; para Napoleón lo suyo y para Obama lo de él. Pero hay algunas instancias sociales que tienen un potencial más general; una de ellas, sin dudas, es la escuela.

No parece difícil. Let it be. Solo que para la cultura masiva (para el sentido común dominante), dejar ser es muy difícil. Lo difícil es lo difícil que es para nosotros lo fácil. Si el emprendedurismo necesita de las neuronas bien oxigenadas, ya sé por qué no lo conseguimos: porque somos especialistas en crear atmósferas asfixiantes. Nunca hay tiempo; siempre hay deudas; nos dominan las culpas; todo el rato las jerarquías se nos imponen; el riesgo no tiene espacio y la especulación paga bien; nos regula una ética de la desconfianza y el que confía es ingenuo, y los ingenuos no seducen; somos elitistas y oligarcas, también en lo cultural; estratificamos siempre todo; cerramos, categorizamos, estigmatizamos, estereotipamos, estratificamos, aislamos; somos cínicos y gozamos de los instantes de poder de sumisión; amedrentamos; solemos ser sádicos; ponemos todo difícil y trazamos caminos imposibles. ¿No te reconoces? No digo tú, en lo particular, sino si no te reconoces en esa cultura que nos tiene totalmente envueltos.

Por eso cuando hablamos de innovación debemos hablar antes –lógicamente antes– de condiciones de posibilidad de esa innovación, de atmósfera de cultivo de esa creatividad. ¿No has visto que por lo general los focos creativos tienen un tronco común?, como si provinieran del mismo invernadero. Gabo, Mario, Cortázar, Fuentes y aquellos… Borges y Bioy, con Victoria Ocampo y sus estelas. Pelé, Garrincha y los otros. Son caldos de cultivo. El talento solo germina en atmósferas propicias y –lo que es lo mismo pero al revés– en atmósferas propicias siempre germina el talento.

Esa atmósfera de la que hablo es una cultura, una manera de hacer las cosas en una determinada comunidad. Y esa manera de hacerse las cosas ahí deviene y trasunta una matriz de valores que le confieren consistencia y sentido. Si no hay de eso, ni que nos canten canciones… Digo que ni nos canten canciones, porque en las escuelas siempre cantamos las mismas canciones sobre la innovación. No situamos el problema en el aire y en la cultura institucional, ni en la traza social completa, sino en una práctica específica, en un espacio específico, a una hora específica, con un profesor específico, en una asignatura específica, para un tema específico; y lo fotografiamos mil veces. Y eso no sirve para nada. Luego viene el periodista que busca “innovaciones” y saca sus otras fotos del infaltable puff, reportea a la alumna ejemplar, se deslumbra con una pared colorida y hace un fresco periodístico celebrativo del detalle del detalle. Los llaman “casos de innovación”. Eso no es un caso; eso es una anécdota innovadora, apenas, y sin ninguna permanencia ni consecuencia. El único desafío que realmente tiene relevancia en nuestras escuelas es el de la creación de una atmósfera sustentable que inste a la innovación. Y esa atmósfera no se ve, se respira; no es fotografiable, aunque sí constatable. El periodismo educativo debe buscar esos casos, aunque en esas escuelas no haya vidrios por paredes, ni grafitis por todas partes, porque los acabará habiendo, como consecuencia y no como causa inútil o –lo que es aun peor– como estereotipo. Necesitamos ver expandirse los escasos enormes casos en donde de verdad se sistematiza una cultura en la que el alumno ventila, respira, se equivoca a voluntad, se despliega sin penas, se ve obligado siempre a decir qué piensa, se ve desbordado de ansiedad por hacer, se encuentra compelido a proponer, se sabe imbricado en los otros, se ve necesitado de defender su posición, se carea con su propia ética, se sabe entrenado para poder hacer aproximación crítica, se siente liberado de tener que repetir o –peor aun– hacer como que cree lo que en realidad apenas repite para satisfacer.

Ese es el trabajo de la gestión innovadora. No importa qué pase en cada paso, sino qué ambiente envuelve todos los casos, todos. La innovación es un aire nuevo que desarrolla pulmones nuevos que llevan energías nuevas a unas neuronas nuevas que acaban haciendo sinapsis nuevas para que emerjan visiones nuevas que acaban trayéndonos cosas nuevas de hombres y mujeres nuevas. Esas personas que anhelamos tanto y que veneramos como si tuviéramos la desgracia estadística de no tenerlas cerca. Es simple, pero exige coraje y mucha, pero mucha sistematización. No va de laboratorios; debe ser siempre a la escala del todo de cada institución, porque estamos hablando de su aire general, no de su situación tal o su contraturno cual o de su objetivo equis.

Lo mismo –por cierto– aplica en casa con tus hijos, en el club con las comunidades, en las iglesias o cualquier otra organización social que sirva de marco, es decir, de atmósfera de referencia. Todas, como la escuela, enfrentan el mismo desafío y se encuentran delante de la misma oportunidad. Solo que cambiar de cultura, que parece fácil –ya sabemos–, acaba siendo más difícil que montar esos obscenos y efímeros circos de modernidad e innovación que solemos padecer.