• Caracas (Venezuela)

Pablo Doberti

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Leer es un gran verbo

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Leer es un gran verbo. Además, es un verbo con una altísima imagen positiva; sus detractores son computables en cero. Es un verbo superalabado, aunque siento que infelizmente es cada vez menos alado. Se lo ha ido secuestrando el deber y –naturalmente– se nos ha ido alejando del placer. Es un gran verbo y un verbo que da para todo. Leer hoy quiere decir demasiadas cosas, muchas de ellas que ya nada tienen que ver entre sí. Voy a reflexionar sobre eso. Leer hoy es otra cosa –socialmente hablando– que lo que era hace 300 años, 100, 50, 30 y 10. Voy a reflexionar también sobre eso. Leer es un gran verbo, social e intelectualmente hablando. Y no voy a dejar de reflexionar por último sobre eso.

Leer es un verbo mucho más predicado que practicado; no es el único –lo sé–, pero es uno de esos. Es facilísimo el consenso alrededor de la importancia y el valor de leer, en casi cualquier ámbito; sobre todo si es un ámbito (como la escuela, por ejemplo) poco lector. Ganas cualquier discusión si te respaldas en el valor primordial de la lectura. Y su valor es directamente proporcional a la cantidad; cuanto más lees mejor eres; no importa tanto (a los fines lectores) qué lees. Aunque también es verdad que hay lecturas que no son consideradas lecturas; que suman cero en la cuenta del buen lector. La Biblia es un ejemplo; pero también cualquier cosa que leas en Facebook y algunos autores de autoayuda (es difícil decir que eres lector de Depak Chopra); los manuales de adiestramiento de perros, de cómo reparar cosas en casa, etc.; los libros escolares, todos; las revistas del corazón o de tecnología; Whatsapp. Cuesta hacer pie conceptualmente en este universo que parece contradictorio. Sin embargo, no sientes que la gente en general esté confundida o problematizada con estas inconsistencias; las vive como si el concepto fuera ordenado y preclaro.

Leer es un imperativo de gran consenso. La culpa de las clases medias no lectoras y de sus instituciones más representativas (la escuela, la universidad y la academia en general, entre ellas) ha llevado a la lectura al lugar de los valores sociales puramente positivos y le ha conferido ese halo de obligatoriedad que le va dando ese tono tan de dedo índice alzado que hoy tiene la lectura. Debes leer; ve a leer. No hay lugar psicológicamente más cómodo que el de ponderar con seguridad lo que no practicas ni en la oscuridad. El narcisismo se ordena porque el discurso moralizador lo redime de sí mismo. Ya que no leo, pregono y exijo. Hipocresía endémica hija del eficiente esquema de disociación con el que nuestra consciencia gusta trabajar. Leer debe ser un placer, lo que no quiere decir –¡por amor de dios!– que tal vez sea un placer, sino que es obligatorio que lo sea. Es ese leer –dicho sea de paso– que no admite las ambigüedades ni los desplazamientos de sentido. Es un leer taxativo y cierto que nos pregonan hasta el hartazgo.

Siempre me extrañó que el verbo leer viajara tan cómodo separado de su primo hermano del alma, el escribir. Es más, hasta muchas veces siento que los han separado adrede. Y cuando los separas, a leer le cae como una losa todo el peso de la pasividad porque escribir se lleva el aura –elitizada– de la producción. Leer es para admirar; escribir es para arriesgar. Y ninguno sirve al otro. La escuela los desconectó y los mantiene en pabellones separados (como en su momento hizo con niños y niñas, para que las pulsiones de unos no contaminaran las purezas de las otras; o viceversa). Y la sociedad –antes o después– cogió la misma semiología. Leer, que es como consumir, es obligatorio para todos; escribir es apenas para las élites geniales y eruditas. No hay ningún vaso comunicante entre el que lee un libro y el que lo escribe; son “especies” diferentes. Y nos lo creemos. Pero no es así. No responden a genotipos diferentes.

Hemos llevado a los libros a la canonización y a los no lectores de libros a la estigmatización. Todo libro merece ser leído y toda persona debe ser lectora de libros. Libro y error o libro y fracaso o libro e inutilidad se nos han vuelto contradicción en los términos. No hay libros malos; si eventualmente fuera malo –pensamos– ya habría sido eliminado por esa instancia socialmente sacralizada que es la edición. El juez del libro es su publicador; por eso el público luego solo alaba y canoniza. Más pasividad. Entrar en una librería –debe ser por eso que cierran tantas, también– es entrar a un santuario de élite; y eso es muy incómodo. Cada libro es una verdad y un objeto de respeto, además de una obligación y por consiguiente una culpa y una deuda. Entrar a una librería –podemos ver– es una experiencia abominable, en el fondo; un examen y un espejo moral punitivo. Los libros deben ser leídos; y si no lo lees, pues, pobre de ti.

Sin embargo, cada vez leo más libros pésimos. Y no creo que sea porque me equivoco más en la elección; creo que tiene que ver con ellos. Los leo a medias, a decir verdad, porque no consigo pasar de 30% en general. Nunca en mi vida había abandonado tantos libros a medio leer como ahora. Cuando son conceptuales, porque muy rápidamente se ponen redundantes y/o anecdóticos. Basta con leer su introducción y poco más (que muchas veces comprende una idea esencial muy atractiva), para haberte relacionado con lo mejor de él. Luego, si sigues no solo pierdes el tiempo, sino que muchas veces ensucias hasta lo que valía la pena. Déjalo, pues; pero de nuevo, ¿quién ha recibido el permiso para abandonar los libros, o para leerlos salteado, o para aburrirnos de ellos? Autorizarse a dejar un libro es un proceso de poscanonización, casi solo reservado para los dioses y los outsiders. Aguántatelo, es lo que nos llega por todos lados; incluso, en tu aguante se pone a prueba tu verdadera condición lectora. Lector que se precie debe acabar con sus libros… Y nadie voltea a esos muy malos escritores que hacen libros de 200 páginas –o de 300 o de 400 o más– porque si no tiene un cierto grosor su producción corre el ignominioso riesgo de no acabar siendo libro. Entonces rellena y nos harta y se pierde. Y luego la exigencia nos queda a los lectores. (Esto que digo aplica igualito a los libros escolares, solo que con un grado de gravedad sustancialmente mayor y un daño social elevado a la enésima potencia).

A ciencia cierta, también voy notando que la literatura se alarga. ¿Será por eso que esos best sellers todos iguales del tipo novela histórica o novela documentada siempre orillan las mil páginas? Sospecho que el género prevé también esas magnitudes; si quiere ser novela histórica debe traer al menos 50% de cantinela histórica, mejor aún si incluye datología chismosa y sensacionalista. Creo que los libros en general conviven mal con el punto y aparte; todo para ellos es siempre y seguido. No se soportan los libros cortos. Extenuar al lector es parte del modelo. Y luego obligarlo a leer. (¿Les resuena todo esto en la escuela?).

Pero leer es un gran verbo. Sabe salir airoso de toda esa atmósfera y recuperar su carisma siempre. Reaparece por fuera de la academia y la erudición y rebrota desde los espacios sociales más insospechados. Se camufla, se contornea y se flexibiliza para poder ser lectura aún separado de los tótems y los rituales que lo han secuestrado. Hay lectura fuera de los libros, de la academia, de la escuela y las clases de literatura o lenguaje; hay lectura interrumpida, crítica, harta, salteada y lectura totalmente interesada; hay lectura en voz alta; hay lectura para escribir y hay muy buenas lecturas de lo escrito; hay lectura íntima y secreta. Hay mucha más lectura voluntaria que lectura obligada, aunque sigan obligándonos; y por supuesto hay mucha menos lectura de la que podría haber si nos dejaran un poco de joder. Leer es como respirar y como algunas otras acciones esenciales a las que no les sienta bien la obligación; no da resultados y les mata el alma. No se puede –ni se debe– obligar a gozar, como tampoco a leer. Dejémoslos explorar sus propios goces, ¿no?

Como para todo lo demás, también leer es leer para algo. No hay leer en sí; es impostación, gesto vacío para impresionar a alguien o a ti mismo. La lectura que sirve es la que nos lleva a otra instancia que la trasciende y que nos llevó a leer. Leer es una estación en el viaje. La lectura, como la erudición, si no progresan a alguna producción se hacen tóxicas y acaban intoxicando al sujeto; la lectura debe respirar hacia otra cosa. A escribir, a pensar y a crear, por ejemplo. La lectura no es una intencionalidad; debe haber una intencionalidad previa –un proyecto– que nos llevó a esa lectura y que luego sigue a partir de ella. No es fin. No leemos porque sea genial, sino porque nos es útil para ser quienes queremos ser.

Por eso digo que la lectura está mal ubicada en la escuela. Porque la escuela la concibe como fin y no se da cuenta de que lo que debemos hacer es ponerla como medio de un proceso (que es la construcción de proyectos) que –dicho sea de paso– la escuela tampoco está sabiendo llevar adelante.

Leer –también– es una habilidad. No hablo de comprender (que es otra y sobre la que tengo muchas dudas tal como la trabajamos hoy), sino de la técnica de la lectura. Exige técnica y exige entrenamiento. Hay que saber leer para que la lectura pueda ser un pilar en tu vida; y para saber leer debes prepararte. Faltan cursos de eso porque creemos que esta dimensión técnico-mecánica de la lectura es trivial, pero yo creo que no lo es. Es esencial, aunque no sea final. Es condición necesaria, aunque no sea suficiente. Neymar también –aunque no quiera y lo deteste– trota todos los días y hace sus mil abdominales; si no, no sería Neymar.