• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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La policía que queremos

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Hace algunos días acompañamos a la agrupación “Valencia Organizada” en una protesta pacífica que consistió en llegar hasta la Comandancia de la Policía del Estado Carabobo, en la calle Navas Spínola de Valencia, y entregar un comunicado explicando cómo debería ser la policía que queremos y nos merecemos los venezolanos. Para esa actividad, quienes participamos en la movilización, no nos identificamos con ningún color partidista, ni tampoco con consignas en contra del régimen, solo llevamos un mensaje para la policía, que en lo particular creo que, en esta cadena de brutal represión, ese cuerpo, en buena parte, ha ejecutado acciones en contra de su voluntad. Muchos de ellos, sus familiares y amigos, acá en Carabobo, estudian en la universidad; y como todos sabemos, han sido los estudiantes los más perjudicados y los que han respirado más “gas del bueno” y recibido perdigonazos en las protestas cívicas.

La policía que queremos no solamente debe actuar en el marco constitucional y desobedecer cualquier orden contraria a los derechos humanos, sino que debe garantizar celosamente el ejercicio y disfrute de esos derechos, como lo establece el artículo 55 constitucional: “Toda persona tiene derecho a la protección por parte del Estado a través de los órganos de seguridad ciudadana regulados por ley, frente a situaciones que constituyan amenaza, vulnerabilidad o riesgo para la integridad física de las personas, sus propiedades, el disfrute de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes”.

 

El policía debe ser un aliado

Soñamos con una verdadera policía. Esto es, integrada por ciudadanos de primera, con principios y valores inquebrantables. Que el organismo policial no sea visto como agencia de colocación para activistas del partido de gobierno, o como una agrupación represora de quienes tenemos ideas contrarias al régimen.

La policía debe ser una institución profesional, constituida para prevenir y reprimir la delincuencia. Repito, no como brazo armado para evitar la protesta de la gente, que es una garantía fundamental.

Un policía debe tener cubierta sus necesidades básicas. Por ejemplo, debe tener un buen sueldo, acceso a una buena vivienda, y automóvil. Que sus hijos puedan estudiar en buenos colegios y tener buen seguro de hospitalización, cirugía y maternidad. Todos esos privilegios vengan aparejados al cargo de policía, y si por alguna razón ese policía se ve tentado a caer en la corrupción, los perdería. Si al policía se le forma y se le paga bien, y, además, se le concede todas esas prerrogativas, muy difícil caerá en corrupción, pues valoraría más su status y sabría que al fallar sacrifica el bienestar de su familia. El policía debería estar supervisado, controlado y premiado por la comunidad a quien le sirve, nunca por los gobernantes.

 

El policía y el maestro

Los maestros y los policías deben tener los mejores sueldos en el sector público. Son quienes te enseñan y te deben cuidar.

Lamentablemente, ellos son los peores pagados en la administración pública. He tenido información de que muchos maestros ganan menos del salario mínimo. Quizás eso también ocurre con los policías rasos.

Sí queremos tener un mejor país, debemos fijarnos primero en quiénes enseñan y en quiénes nos cuidan. Comenzar por lo básico. La educación es primordial para el desarrollo y la libertad de las naciones. Los países educados tienen abierta la puerta para encontrar un futuro promisorio. Desde luego, la protección de las personas y sus bienes también es imprescindible ya que nos garantizaría mayor inversión y atracción de capitales foráneos para impulsar el progreso.

 

Régimen del terror

Es inocultable la perversión gubernamental al castigar a la población con maestros mal pagados y policías en condiciones infrahumanas.

Los malandros están mejor formados, informados, armados, pagados y, sin ninguna duda, mejor equipados que nuestros cuerpos policiales. Muchos de nuestros policías, por decir algo elemental, ni siquiera cuentan con su chaleco antibalas, y por tal motivo su integridad es fácilmente vulnerable a la hora de afrontar una situación de peligro.

Al régimen le interesa tener una policía con estas características, es decir, mal formada, y peor equipada; comenzando por los sueldos de hambre con los que jamás podrían mantenerse ellos y su familia. Y le interesa eso, porque este es un régimen opresor que se empeña en mantener al ciudadano aterrorizado para evitar que proteste o se queje por los malos servicios, por la escasez, inflación o inseguridad. Al régimen castro-madurista le interesa que malandros y policías se confundan en una sola masa, para que la gente no tenga confianza en la institución policial, cuando en realidad la policía también sufre por la desgracia institucional.

La mayoría de los efectivos policiales son hombres y mujeres honestos, pero ellos necesitan el respaldo de la comunidad. Son gente humilde, como la mayoría de los venezolanos, que también siente terror frente a la delincuencia desatada, la que muchas veces es patrocinada desde las altas esferas del poder. El policía de hoy no cumple sus funciones. No porque no quiera, sino porque no puede cumplirlas. Es política de Estado que no lo haga. Insisto, en los regímenes totalitarios de corte comunista, como el que padecemos, la delincuencia no es su enemiga. Sus enemigos son los ciudadanos de bien que quieren que el país progrese.

 

¿Mientras más pobres más leales?

No es casual que el gobernador de Aragua haya pronunciado esas infelices palabras. Decir que mientras más pobre es el pueblo es más leal al proyecto oficialista, no solo es una mentira sino que es una manipulación. Aquí y en cualquier parte del mundo el pobre quiere dejar de ser pobre, es algo inherente a la persona humana. Si tiene un rancho quiere vivir en una casa, si tiene una moto, quiere tener un carro; si come una vez al día, quiere comer más veces; quiere vestirse mejor y que sus hijos estudien en los mejores colegios y en buenas universidades.

Lamentablemente, desde este lado, no hemos querido darnos cuenta de que no nos enfrentamos a un gobierno como otro más de los anteriores. Esto no es un gobierno, esto es un régimen opresor que pretende moldear nuestro pensamiento y nuestras preferencias, y eso pasa por la información. Son pocos los medios de comunicación que no han caído en las fauces del régimen, bien sea, vía confiscatoria, o por la autocensura, los cuales evitan para no ser sancionados, dar cabida a opiniones contrarias a los designios de los capitostes.

Frente a esa realidad no podemos esperar transmitir los ideales libertarios solamente a través de los pocos medios de comunicación independientes o autónomos que quedan en Venezuela, es necesario predicar personalmente en el barrio y en todas las comunidades la realidad de lo que ocurre. Decirles la verdad a los pobres, que les quede claro que el régimen los ha utilizado en estos largos años, que son ellos los más perjudicados. Porcentualmente son los que más sufren por la inseguridad, la escasez y por la inflación. Mientras a los pobres los nombran como bandera, quienes dirigen la política del país, desde Miraflores, las gobernaciones, alcaldías o desde los cuarteles siguen enriqueciéndose. Bajo la premisa que esgrime el gobernador de Aragua, que mientras más pobre es el pueblo, mayor es la lealtad hacia el régimen, pudiéramos afirmar entonces, que el alto mando militar lo más seguro es que no sea tan leal a su comandante en jefe.

Debemos concluir en que el régimen se mantiene no por los pobres que palmariamente no son sus aliados sino sus víctimas. Amigos lectores, se mantiene haciendo de las suyas es por los malhechores que tratan de evitar que en el país se proteste y específicamente los pobres en sus barriadas expresen su descontento.

No creo que el régimen rectifique, porque esa es su política definida: sumergir en la pobreza y en la esclavitud al país, no para convertirnos en sus aliados, sino para hacernos absolutamente dependientes del tirano. Por ello, hoy más que nunca debemos abandonar la comodidad, y todos los que sientan que vamos por el camino equivocado, transformarnos en predicadores de la libertad. Esa debe ser nuestra tarea, los tiempos se acortan y el peligro sigue acechándonos.

pabloaure@gmail.com

@pabloaure