• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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El caliche de Miraflores

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Decir que en Venezuela gobierna la delincuencia no debe sorprender a nadie. Como tampoco asombra hablar de inseguridad, impunidad y de corrupción.  Quizá el Topo de la mina Atenas o el Picure de Guárico no sean tan temidos como “el caliche de Miraflores”. No es exageración. Miraflores se ha convertido en la oficina responsable de los más horrendos crímenes del país. Intentar acabar con las esperanzas de un pueblo no solo es detestable sino que es imperdonable. Miles de venezolanos han muerto víctimas del hampa. Eso es una realidad. Inmensa cantidad de ciudadanos ha dejado de cumplir con su tratamiento médico porque no encuentran los remedios; miles de niños están desnutridos por haberse abandonado los programas sociales de alimentación, centenares de miles de universitarios están a punto de quedar sin clases porque las casas de estudio en cualquier momento pudieran cerrar sus puertas ya que el gobierno las asfixia con recortes presupuestarios. Miraflores debe responder ante ese sistemático ataque a la educación, a sus ciudadanos a la economía y a la estabilidad social

El Picure tiene su centro de operaciones en Guárico, el Topo en las minas de oro del estado Bolívar, el “Conejo” lo tenía en Margarita, pero “el caliche”, en toda Venezuela.

 

Corrupción por donde lo veas.

La corrupción no se limita a cogerse unos reales –que lo han hecho con las dos manos, y bastante–. Han sido miles los millones de dólares los que durante este régimen se han robado. Dinero para suplir de energía eléctrica a Venezuela, los “bolichicos” se encargaron de desaparecer, y los resultados, los sentimos todos los días con el racionamiento eléctrico. Confiscaciones y ocupaciones de empresas y fincas pujantes, que hoy las vemos convertidas en chatarras, ruinas y terrenos enmontados. Millones y millones supuestamente destinados a suplir de insumos a los hospitales, pero la realidad es que están en el abandono. Si nos referimos a lo que se robaron y se siguen robando con la importación de alimentos y medicamentos, o los dólares que ingresan a un valor y lo venden al cambio del paralelo, a las empresas de maletín, al sobreprecio de todo lo que compran o disponen para construir, que, o lo hacen mal o dejan de hacerlo, hablaríamos de cifras astronómicas. 

 

El carnet bolivariano.

El sábado 12 de marzo en la marcha “antiimperialista” del régimen, Nicolás Maduro, acorralado por el grito ensordecedor del soberano exigiendo su renuncia, anunció que iba a  censar a sus seguidores para dotarlos de un carnet “bolivariano” para contraatacar a los opositores que se empeñen en sacarlo de Miraflores. Dijo: “Ha llegado el momento de que cada chavista esté plenamente identificado y lleve un carnet con un chip del siglo XXI, capaz de recibir instrucciones en tiempo real”. No tengo ninguna duda de que muchos serán los infiltrados, porque presumirán que quien no tenga ese carnet bolivariano no podrá comprar alimentos ni tampoco ser atendidos en los hospitales. Vaya contraataque el de Maduro. 

 

Enfrentar al caliche.

Estamos muy cerca del definitivo quiebre institucional. La Asamblea Nacional muy pronto tendrá que disminuir la diplomacia y ponerse el traje de torero para entrar a matar. Enfrentar al “caliche”. 

Hay que estar claros en que el malandraje que forma parte de la corte de Maduro no permitirá su renuncia, porque ellos saben que perderían sus ilícitos negocios. Un eventual pacto para la transición pudiera darse con los que han robado, pero hay otros que están en cola, quienes esperan ansiosamente suplir la falta de los actuales bandidos. Los de la cola torpedearán esas negociaciones. Por esa razón, hay que insistir en tender puentes con las Fuerzas Armadas; en el momento del quiebre necesitaremos un cuerpo militar regularmente armado y al servicio de la institucionalidad democrática que proteja al pueblo. 

Ya basta de convivir bajo un sistema oprobioso. El tiempo corre en detrimento de los ciudadanos, frustrando la esperanza que se tiene en la Asamblea Nacional. Repito: hay que enfrentar “al caliche”. Pidámosle con coraje su partida de nacimiento, declaremos el abandono del cargo, asumamos a los tres diputados inconstitucionalmente desproclamados, destituyamos a los magistrados exprés, invoquemos el artículo 25 constitucional y desconozcamos las aberrantes sentencias del TSJ. Demostremos, amigos diputados, que el cuarto motor al cual se refirió Henry Ramos el sábado pasado está a tono.