• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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¡Hasta Cuándo!
Presos políticos

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Nunca los gobiernos de cualquier parte del mundo han reconocido la existencia de presos políticos. Los regímenes de talante totalitario siempre han tenido una excusa para justificar el encarcelamiento o persecución de líderes políticos, argumentando que son terroristas o subversivos, y que atentan contra la sociedad. Eso es una constante. Revisen la historia de todos los países y se darán cuenta de que los dictadores se niegan a reconocer que en las cárceles hay presos políticos. Aquí en Venezuela son más cínicos e invierten las palabras, pues al referirse a los presos políticos dicen que no son presos políticos, sino políticos presos.

Para discutir sobre este tema es indispensable recurrir a la doctrina y ver cuál es el significado de la expresión “preso político”. Se dice que “es cualquier persona física a la que se mantenga en la cárcel o detenida de otra forma, por ejemplo bajo arresto, porque sus ideas supongan un desafío o una amenaza para el sistema político establecido, sea este de la naturaleza que sea”. Desde luego, para entender este concepto es necesario conocer el fundamento de la detención y los supuestos delitos por los cuales se persigue o se encarcela. Pero no solamente conocer el supuesto delito sino también hay que estudiar e identificar los pormenores del juicio.

Empezando por el juez que conoció la causa y todas los demás elementos que constituyen el debido proceso. Derecho a la defensa, presunción de inocencia, beneficios procesales y una garantía constitucional muy importante en el sistema penitenciario y que ha venido siendo soslayada, que está establecida en el artículo 272 de la carta magna, la cual establece que “las fórmulas de cumplimiento de pena no privativas de libertad se aplicarán con preferencia a las medidas de naturaleza reclusoria”. Solo para citar un caso que corrobora lo que escribo lo tenemos con Enzo Scarano. Díganme ustedes si es o no un preso político. Que me expliquen con argumentos jurídicos cuál es la razón para mantenerlo tras las rejas y bien lejos de su residencia. No hay explicación lógica posible.

 

La MUD y el futuro

La semana pasada recibimos la buena noticia (con sinceridad lo digo, me contentó) de que la MUD había nombrado como nuevo secretario general a Jesús “Chúo” Torrealba, quien refrescará la imagen que en los últimos meses tuvo la Mesa de la Unidad Democrática. Quiero que se entienda: Ramón Guillermo Aveledo lo hizo muy bien. Pero es sano que en toda organización periódicamente se deban refrescar imágenes.

Para el amigo “Chúo” es un gran reto. Esperemos que salga bien parado después del cataclismo que indefectiblemente provocarán las elecciones parlamentarias. Las ambiciones de los partidos políticos y demás representantes de la sociedad civil pronto se harán sentir. En todos los estados del país hay evidencias de división en la oposición. Por cierto, es común escuchar hablar de unidad (de hecho la MUD conlleva esa palabra) en momentos de la proximidad electoral, pero no se distingue si la unidad es en torno a las personas o al propósito de conquistar la democracia. Ojo con esta distinción, porque suele chantajearse al pueblo con la palabra unidad para favorecer parcelas políticas.

 

¿Habrá diálogo?

He manifestado muchas veces mi posición con respecto al diálogo, y siempre he concluido que con ese fulano diálogo lo que se busca es oxigenar al régimen, y también “acomodar” a algunos disfraces de opositores. Sin embargo, hay quienes de buena fe lo promueven y por lo tanto no debemos satanizarlos.

Espero que la MUD no vuelva a cometer la torpeza de sentarse a la misma mesa para conversar con el régimen sin que antes el país no obtenga del mismo demostraciones inequívocas de respeto a la Constitución. Y esto comienza con vaciar las cárceles de los presos políticos y el sobreseimiento de las causas de todos los perseguidos por las mismas razones.

 

Reconocer los pecados

Iré un poco más allá. Es necesario que haya sinceridad, al menos de forma aparente, por parte del régimen, en querer evitar un desenlace no deseado. Me refiero a un estallido social, que sin temor a equivocarme, lo tenemos más cerca de lo que podamos imaginar. Las causas de ese estallido están a la vista de todos: inseguridad, escasez, inflación, desempleo, malos servicios, corrupción descarada, y muchísimas más que golpean a la vista y los sentimientos de quienes otrora daban la vida por el “comandante supremo”. Con preocupación lo digo: la situación en Venezuela está color de hormiga. Aquí nadie se salvará de cualquier convulsión social. Pues bien, quien tiene en sus manos garantizar la paz y evitar lo que ni tirios ni troyanos quieren es el gobierno, más nadie. Los gobernantes deben entender que el pueblo no puede estar sometido a fuerza de mentiras y que será imposible perseguir y encarcelar a todos los dirigentes opositores. La disidencia se multiplica cada día. El miedo surte efectos o tranquiliza a la oposición temporalmente, pero jamás de manera definitiva. Confieso que no creo que el régimen desee el mal para los ciudadanos en general, aunque sí estoy convencido de que erróneamente se imagina que ocasionándole daño a individualidades de manera selectiva logrará su permanencia en el poder o el bienestar colectivo. Falso: eso fomenta que se despierten pasiones y emerjan nuevos liderazgos en defensa de los derechos humanos.

Les decía que es el alto gobierno el que puede detener lo que sería inevitable si todo continúa igual. No hablo de adelantar las elecciones parlamentarias, en lo cual cada vez se insiste más. Hablo de algo mucho más serio: el gobierno debe reconocer que no hay separación de poderes, pero que asumirá el compromiso de facilitar se retome el sendero democrático y, en consecuencia, en ese diálogo se deben incorporar el Tribunal Supremo de Justicia, la Fiscalía General de la República y el Alto Mando Militar. Lo repito: solo así el diálogo traerá buenos resultados, se oxigenaría todo el mundo e incluso la economía.

No creo que alguien pueda estar interesado en “tumbar” al gobierno para caer al vacío. Y si existe esa idea, la misma solo podría partir de sectores que estén muy bien con la Fuerza Armada, o sea, de nadie de la oposición.

Mientras el régimen siga empeñado en negar su talante antidemocrático es imposible solucionar la crisis.

 

La universidad y la crisis nacional

Esto lo escribo como manifestación sincera de lo que siento. Expreso mi deber ciudadano. No abrigo ninguna otra intención que no sea la de convivir en sana paz, en democracia, donde exista justicia y en libertad. Lo digo como ciudadano, pero hay algo más que me obliga a alertar de esta terrible situación, y es mi condición de profesor de Derecho e integrante de una institución centenaria como lo es la Universidad de Carabobo. A la universidad corresponde colaborar en la orientación de la vida del país mediante su contribución doctrinaria en el esclarecimiento de los problemas nacionales. Para mí es un deber ineludible hacer estas consideraciones.

Sobre Venezuela hay una oscura nube que puede desencadenar en peligrosas tempestades. En nosotros está amainar ese peligro.

Las universidades en la Venezuela de todos los tiempos han sido pieza clave para el desarrollo de la nación. Pero hoy tienen la obligación de comportarse con arrojo, sin miedo, y de hablar de cara al país. Esto no quiere decir que se sacrifique la institucionalidad. Lo que quiero significar es que debemos comportarnos como aquellos ciudadanos de quienes la república espera mucho más. Y si acaso nos invade el temor, les ruego saber vencerlo. Porque la libertad, la paz, la justicia y la democracia priman sobre nuestra propia libertad.

La universidad venezolana también debe llamar al diálogo e integrar las mesas de negociaciones. Por qué no. Pero bajo las condiciones aquí expuestas. O sea, que el gobierno asuma el compromiso de facilitar enrumbar la nación por el sendero democrático.

pabloaure@gmail.com

@pabloaure