• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

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¡Reaccionemos carajo!

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Hace poco más de un año leí un artículo en El Universal escrito por José Toro Hardy intitulado “El periodo especial en Venezuela”. Hacía una comparación de lo que ocurrió en Cuba a finales de los ochenta  y principios de los noventa, cuando la URSS por la baja de los precios del petróleo le recortó los auxilios financieros y el suministro de hidrocarburo a la isla caribeña. Recordemos que ese desmoronamiento del sistema económico soviético también fue decisivo en la caída del Muro de Berlín. La dictadura cubana era un satélite de Rusia, que la mantuvo por más de treinta años. La época del destete obligado fue para los cubanos de sumas dificultades, y el régimen instauró el “periodo especial” en el que se implementó con severidad la ya conocida “libreta de racionamiento”.

Aquellos terribles momentos de escasez que vivió Cuba –y quizá siga viviendo, pero de manera resignada– cada día se parecen más a los que hemos comenzado a sufrir los venezolanos en estos tiempos de la revolución “bonita”. Aquí en Venezuela, aunque no existe una boleta de racionamiento como tal, ya la han asomado por ahí y nadie pone en duda que es una realidad la imposición de limitaciones para comprar alimentos y artículos de primera necesidad. No los podemos adquirir a precio “justo” todos los días, sino cuando nos corresponde atendiendo a nuestro número de cédula de identidad, eso sí las raciones que fije el régimen y por una sola vez, ya que los captahuellas evitan la doble compra del producto.

Ayer antes de escribir esta columna conversaba con un amigo que pasaba largas temporadas en Cuba durante ese “periodo especial”, me decía que había cola para todo pero no tan largas como las de aquí, por ejemplo, para comprar pan. Un pan diario, ½ libra de aceite al mes para los adultos y ½  libra de carne de soya. El café era un lujo, porque no se conseguía, como casi ningún producto básico. Los cubanos que podían hacerlo recurrían al “mercado negro” pero a un precio mayor que el regulado por Fidel. Lo que soportamos en Venezuela es exactamente igual, solo que a ese mercado negro lo llamamos “bachaqueros”; en Cuba, me comenta ese amigo, el salario mayor oscilaba entre 22 y 25 dólares al mes, que los ganaban los médicos y los educadores (vayan sacando la cuenta y comparándolo con nuestra realidad). Es en tales condiciones cuando el desempleo, la prostitución y el chuleo comienzan a proliferar con mayor auge. La mayoría de los carros sin repuestos y el transporte era insuficiente. Allá nadie era propietario de nada. Las casas no son de sus ocupantes (misión vivienda), porque todo le pertenece al Estado. No era difícil concluir que los hermanos cubanos estaban desmoralizados (no sé si aún lo están o ya pasaron a la etapa de la resignación plena). Durante el “periodo especial” eran comunes los apagones por el racionamiento de la electricidad. Algunos dicharacheros de la isla los denominaban “alumbrones”, porque era más el tiempo que estaban sin luz, que el tiempo en que la recibían. Esa es otra particularidad en la que nos parecemos a los cubanos. Podemos estar frente a una tragedia y nuestro humor hace que saquemos un chiste para la ocasión.

El “periodo especial” acabó con el sueño de muchos jóvenes, mató a ancianos por falta de medicamentos, los estudiantes fueron enviados a los cañaverales y al campo, ya que nadie quería trabajar por los malos sueldos. Todo lo manejaba Fidel. Se popularizó el refrán “déjame comer hoy porque mañana no sé si como”.

Algo de lo cual ellos “disfrutaban” y que nosotros aquí sufrimos es que no sentían el peligro de ser atracados, secuestrados o asesinados. En eso era mejor aquella revolución.

 

Navegando por el mar de la felicidad.

Así las cosas, es ahora cuando logro entender cuál era el mar de la felicidad del que nos hablaba y para el que nos quería llevar Hugo Rafael. La “revolución” criolla lo ha logrado, no ha perdido el norte de su brújula, y hoy navegamos en ese rumbo. Cierto, lo peor de Cuba se ha imitado casi a la perfección. El régimen solo ha fracasado en la seguridad y presumo que la razón es porque quizá todavía no hemos pisado la tierra que baña ese “mar feliz”. Falta el trecho de la resignación total. Cuando todos los venezolanos pensemos que será imposible zafarnos de esta tiranía probablemente conviviremos en la miseria sin que nadie nos robe, porque no tendremos nada que nos puedan robar, ya que hasta la dignidad la habremos perdido.

 

Tiempo de acción.

Si después de todo lo que arriba hemos dicho no reaccionamos, pues lamento decir que nos merecemos vivir en la indigencia. Advierto que en lo que a mí respecta, no me resignaré y, en consecuencia, seguiré luchando por mis ideales, sin hacerle el juego al régimen complaciéndolo en sus extrañas propuestas de diálogos de sordos que no es otra cosa que ganar tiempo para deslegitimar la Asamblea Nacional.

Ya lo hemos dicho: el tiempo favorece al régimen, porque avanza en su travesía. Quienes queremos cambiarle el rumbo a esta barca, claro que debemos dialogar, pero no para que el régimen siga atornillándose. Nuestro diálogo tiene que ser con los que quieren salvar al país; con aquellos que creyeron en la “revolución” y hoy están convencidos de que se trataba de una farsa. También podemos dialogar con algunos malandros en cargos importantes para intentar que salten la talanquera, ofreciéndoles una  figura parecida a la “de testigos protegidos” que puedan lograr rebajar sus penas por la colaboración que presten. Eso es a lo que pudiéramos denominar puentes. Sí, puentes con los ex adversarios que ahora pueden ser nuestros verdaderos aliados. Me refiero a civiles y militares que sean escuchados en los cuarteles, no para dar un golpe militar sino para hacer respetar la Constitución y recuperar la democracia.

Tenemos poco margen para realizar esta maniobra. Si no lo hacemos pronto, muy probablemente nos quedemos anclados en este tenebroso mar de la felicidad.