• Caracas (Venezuela)

Pablo Aure

Al instante

Murió el tirano, y sigue la tiranía

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Imposible no comenzar esta columna semanal con el anuncio oficial de la muerte del tirano del Caribe. Por fin no es rumor sino que de la mismísima boca de su hermano Raúl el mundo se enteró del fallecimiento de Fidel Castro. Algunos lloran su muerte y otros tantos la festejan. No me alegra ni mucho menos me entristece. Lo cierto es que Fidel Castro les hizo demasiado daño a los cubanos. El que era un alegre país lo sumió en la más profunda miseria y desolación. Fidel fue un dictador inclemente, que llevó al paredón a miles de compatriotas, que ordenó la desaparición de otros miles. Más de 2 millones de cubanos tuvieron que emigrar huyendo de ese genocidio. No conforme con su cruel conducta dentro de su país, exportó su odio a muchas otras naciones. Venezuela fue víctima de ese odio. Fidel fue un legendario criminal al que no se le aguaba el ojo para sus ejecutorias. Hay testimonios fotográficos donde aparece él junto a su hermano Raúl vendándole los ojos a un campesino que iba a ser fusilado. Por eso, si a mí me correspondiera hacer un epitafio sobre su tumba o en el lugar donde esparcirían sus cenizas, pondría lo siguiente “Aquí yace un criminal que durante toda su vida se dedicó a hacer el mal” ¡Murió el tirano, y queda la tiranía!

 

¿El Papa lo absolvería?

SS el papa Francisco envió el siguiente telegrama a Raúl Castro: "Al recibir la triste noticia del fallecimiento de su querido hermano, el excelentísimo señor Fidel Alejandro Castro Ruz, expresidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República de Cuba, expreso mis sentimientos de pesar a vuestra excelencia". Entiendo que es un deber cristiano perdonar a los que nos ofenden y rezar por el descanso de los muertos, pero, de allí a calificar a ese tirano de excelentísimo hay mucho trecho. Cómo olvidar que Fidel Castro ordenó torturar y expulsar en el año 1961 a monseñor Eduardo Boza Masvidal obispo cubano. Recomiendo seguir la cuenta del padre Palmar (@PadreJosePalmar) para mayores datos sobre lo que hizo Castro con la Iglesia católica. Pues bien, no sé si SS el Papa le habló a Fidel de la encíclica Rerum novarum, documento fundamental para los católicos. Recordemos que esa fue la respuesta de la Iglesia católica al Manifiesto comunista, el Papa León XIII desarrolló en esa encíclica la doctrina social de la Iglesia, donde se explica muy bien el derecho a la libertad privada; no sé tampoco si SS el papa Francisco lo confesó y le dio la comunión, pero de lo que sí estoy seguro es de que la historia no lo absolverá, sino por el contrario lo condenará. Su legado está en los cementerios, deambulando por las calles solitarias de la otrora nación alegre, y millones están en el exilio. Cualquiera que no haya leído la historia y se detenga a escuchar los discursos de Fidel Castro refiriéndose a los pobres y a los campesinos, sin dudas quedará abrumado. Pero los únicos pobres que salieron de la pobreza con el “castrocomunismo” fueron los líderes del partido, los militares de alto rango, y los familiares de todos ellos. Lo mismo pudiéramos aplicarlo acá en la Venezuela de los últimos diecisiete (17) años.

 

Esquizofrenia opositora.

Quizá el término esquizofrenia suena un tanto duro pero pienso que es el adecuado para alguien que demuestra pérdida del contacto con la realidad. Eso parece sucederle al grueso sector de quienes dirigen la vocería opositora. En efecto, prefiero pensar en que padecen de una especie de esquizofrenia y que espero sea temporal antes que imaginar que están sufriendo del “síndrome de Estocolmo” que la doctrina lo conceptualiza como aquel “trastorno psicológico temporal que aparece en la persona que ha sido secuestrada y que consiste en mostrarse comprensivo y benevolente con la conducta de los secuestradores e identificarse progresivamente con sus ideas, ya sea durante el secuestro o tras ser liberada”.

Aquí en Venezuela pudiéramos entonces estar entre estas dos hipótesis. Tengo otra adicional, pero implicaría que los negociadores actúan de mala fe para proteger o procurarse intereses particulares.

Refirámonos entonces a la esquizofrenia. Un dirigente, un líder que haga algo distinto a lo que la realidad le impone tiene que ser esquizofrénico. Difícil pensar que no vean lo que la mayoría observa. Estaba cantado que el diálogo era para oxigenar a Nicolás Maduro, y sin embargo accedieron a sentarse y, lo que es peor, a llegar a acuerdos leoninos. Renunciar a todo a cambio de nada. Se sentaron sin fecha para el revocatorio en 2016, que era una exigencia de honor, sin liberar a los presos políticos que era otra, separar a los diputados de Amazonas y engavetar la Carta Democrática. Díganme si aceptar eso es un asunto de alguien que escucha o ve lo que exige el clamor popular. Pues bien, la inmensa mayoría estuvo en desacuerdo con el acuerdo (valga el juego de palabras). Se enfrió la calle, se descalificaron como dirigentes y se transmitió un mensaje de desesperanza.

Entiendo muy bien que otro camino es riesgoso pero es un camino que nos conduce a otra parte. Mientras que el escogido por los negociadores no nos llevará a ningún lado; esto para contestar a quienes preguntan: ¿y qué querían que hiciéramos?

Tengo la certeza de que en los próximos meses emergerán nuevos voceros y de que líderes distintos sabrán interpretar y conducir el sentimiento popular. No crean que salir de esto será fácil, pero de lo que no tengo ninguna duda es que si la salida es pactada, a esa mesa de negociaciones no se puede ir sin antes presionar suficientemente al tirano. Eso se logrará en la calle con todos los riesgos que amerite. Lamentablemente que por los resultados de las negociaciones que acabamos de sufrir los presionados parecían ser los opositores en lugar del régimen. El régimen negoció la salida de la oposición y no al revés. En consecuencia de no hablar claro los voceros opositores que se sentaron a dialogar quedará a la imaginación de los ciudadanos cuál fue la causa de haber hecho lo que hicieron. ¿Se entregaron a cambio de nada? ¿Los engañaron?